Archive for 22 abril 2009

La Casa.

abril 22, 2009

Teníamos que caminar unas siete cuadras. Cruzar la séptima, y subir hacia los cerros otras tres cuadras. Y ahí estaba. Justo en la esquina. Con su antejardín gigante venido a menos. Ni siquiera tenía garaje, nada, solo lo que alguna vez fue prado, y una fuente rota. Nunca entrábamos por la puerta principal, era muy obvio. Dábamos la vuelta y había un hueco en el muro y por ahí sí se podía entrar. La primera vez recorrimos la casa completa. Lo que había sido la sala estaba llena de basura reciente, lo que nos señaló que no era recomendable ir en las noches. Detrás de la sala había un patio. Uno de esos patios antiguos, de esos que están rodeados de cuartos. Ese patio era el sitio más importante de la casa, en el centro había un árbol, no tengo ni idea qué árbol era, igual ese sitio era nuestro favorito. El segundo piso estaba lleno de polvo, se veían marcas de patas muy pequeñas. Cuando subíamos se escuchaba como las ratas corrían a escoderse. Los últimos dueños habían dejado algunos muebles, unos muebles tan viejos que ya eran inservibles cuando la casa fue abandonada. A ese segundo piso apenas fuimos dos veces, y porque la lluvia nos sacó del patio.

Casi siempre íbamos los jueves al medio día. Los jueves son días raros, tan cercanos al viernes pero con un aire de angustia a lunes. Yo llegaba a su casa y silbaba, tres minutos después ella salía corriendo por la puerta de su casa con el pelo todavía mojado. Nos íbamos caminando a veces dando pasos largos a veces dando pasos cortos, eso sí siempre evitábamos pisar las líneas de las calles.

Por el camino comprábamos chocorramo y coca cola, o sandwich y cerveza, todo dependía de lo que dijera el sol sobre nuestras cabezas. Y nos metíamos a la casa abandonada a comer y hablar. Ella me contaba sobre las películas raras que le gustaban, películas en las que nadie hablaba y sin embargo la conmovían hasta las lágrimas, me hablaba sobre Picasso y Ernst, me contaba sobre lo que estaba pintando o sobre las cosas que tejía. Yo le hablaba de Sabato, de Kundera, de Led Zeppelin, de los Ramones, de lo que pensaba los domingos por la tarde, del olor a vainilla, del sabor ácido del maracuyá. La charla lentamente se iba apagando y llegados al punto del silencio total, yo me acostaba mirando las nubes y ella recostaba su cabeza en mi hombro, la rodeaba con el brazo derecho y fingía dormir mientras olía su pelo y me sentía en casa, mientras una paz infinita nos llenaba.

Hace poco pasé por ahí. Ya no está la casa, ahora hay un edificio de apartamentos.

Mientras suena: Notion. Kings of Leon

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El jardín.

abril 13, 2009

Al dar vuelta a la esquina la vi. Vista desde lejos parecía igual, cerré los ojos un momento para recordar como era, no es fácil recordar cosas que pasaron hace veinte años. Cada paso que daba era una grieta, una mancha de humedad, un cesped descuidado, unas rosas que no volverían a florecer, maleza invadiendo un jardín que veinte años atrás admiraba y ayudaba a cuidar.

Puerta del jardín oxidada, el rojo óxido casi la soldaba, con un chirrido me dejó pasar. El timbre no funcionaba. Nadie vive acá, pensé. Golpeé con la aldaba tres veces. Unos pasos vacilantes se arrastran hasta la puerta. ¡Mijito! gritó la anciana al reconocerme. Doña Margarita, ¿cómo está? no creí que me reconociera tan rápido. Mijo usté habrá crecido mucho, y tendrá cara de adulto y lo que quiera, pero a mí su mirada de curiosidad eterna nunca se me olvida.

Traté de reir y salió un graznido, era imposible reir en una casa que se caía a pedazos, era imposible reir frente a esa anciana triste que me miraba con ojos de sueños rotos. ¿Está Jaime? le pregunté más por acabar con el silencio incómodo que por verdadera curiosidad. Claro que está, está en su cuarto, siga mijo usted sabe donde. Permiso, le dije y seguí, recorriendo un camino que sabía de memoria. Jaime fue mi mejor amigo de infancia. Me gustaba jugar con él por tres razones básicas: su casa gigante y vacía. Un palacio de mejores tiempos, cuartos y más cuartos llenos de cosas acumuladas por años, basura, tesoros para dos niños de ocho años. El jardín. Un paraíso en Chapinero, parecía salido de otro sitio, un jardín imposible en Bogotá. El silencio.  Jaime era un niño muy callado, nunca me ha gustado hablar, ni que me hablen, por eso me gustaba jugar con Jaime, era casi como jugar solo, como con un amigo imaginario.

La puerta del cuarto estaba cerrada. Toqué tres veces, siga dijo una voz áspera. Entré. La impresión me obligó a agarrarme de la puerta. El cuarto era exactamente igual a como yo lo recordaba. Ahí adentro no había pasado ni un día en veinte años. ¿Jugamos en el jardín? preguntó Jaime. Traté de hablar y la voz no me salió. Para él no ha pasado el tiempo, bueno, para su cabeza, dijo doña Margarita a mi espalda. Lo miré fijamente y noté su mirada perdida, tenía un carro en cada mano, una mancha de helado casero de mora en el pecho y manchas de pasto en las rodillas. Así recordaba a Jaime, a un Jaime de ocho años, no uno de veintiocho. Tuve que sentarme. La cabeza me daba vueltas. ¿qué pasó? le pregunté a doña Margarita. No sé, me dijo. Un día volvió del colegio más callado que siempre, no respondía a ninguna pregunta, no hablaba nada, y nunca volvió a salir. Pero no me importa, continuó, es un niño muy bueno. Sus últimas palabras hicieron que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo. Giré y la miré fijamente, y vi en sus ojos todo el peso de la locura de veinte años de sufrimiento, su mirada vacía y su sonrisa maníatica me paralizaron. Quédese mijo y jueguen, yo llamo a su casa y les digo que se va a quedar, dijo doña Margarita mientras cerraba la puerta y le daba dos vueltas a la llave. Lo siguiente que recuerdo es que grité, porque veía el jardín acercarse a mi cara, supongo que salté desde la ventana del cuarto de Jaime, caí mal, me fracturé la clavícula izquierda, por eso tengo un hombro más arriba que el otro. En ese momento no sentí dolor, me paré como si nada y corrí durante cincuenta y tres minutos hasta mi casa.

Tengo miedo. Doña Margarita me sigue. Cada vez que volteo la cabeza está ahí detrás, caminando muy despacio con sus pasos lentos y decididos de loca. Tengo miedo. Ayer encontré una nota encima de mi cama. “Venga y jugamos. Mi mamá me dijo que usted podía quedarse, Jaime”.

Sé que me siguen, sé que lograron meterse a mi casa. La cabeza me da vueltas, tengo miedo.

 

Mientras suena: Down in a hole. Alice in chains.

Espejo.

abril 3, 2009

Éramos un parche grande, todos entre los 17 y los 19 años, usted sabe la energía que uno tiene a esa edad, quiere hacer de todo, no parar nunca, todo segundo de quietud es un segundo de muerte, lo que más me acuerdo es de esos días de diciembre llenos de sol y de una inexplicable sensación de paz, y vea viejo que con los años cada vez es más escasa esa sensación; por las tardes nos íbamos a unos lotes desocupados que todavía quedaban por ahí cerca, nos tirábamos en el pasto a mirar al cielo y a hablar mierda, estábamos todos muy de acuerdo en que no había futuro, que la fuerza, la energía, todo lo que teníamos se estaba acabando, ese fue el último diciembre que pudimos mirarnos la caras y no sentir tristeza ni vergüenza, porque en el fondo sabíamos que si había futuro, nunca el que habíamos soñado, porque viejo las cosas nunca salen como usted las planea y ya no se si eso sea bueno o malo, es y punto; pero bueno el único que de verdad creyó que no había futuro fue Mauro, la noche del 27 de diciembre lo encontró la hermanita, doce años viejo, solo doce años tenía Catalina cuando lo encontró caído en el baño, se tomó frasco y medio de unas pepas terminadas en “al” ya no me acuerdo como se llamaban, había escrito en el espejo del baño  “no future for me”, hermano cuando supimos eso se murió ese parche, supimos que lo habíamos matado nosotros, con esas charlas de mierda de tardes de diciembre, parce nos conocíamos todos desde chiquitos y nunca nos dimos cuenta que Mauro era el único que de verdad iba a cumplir lo que decíamos, fuimos muy boquisueltos, aprendimos a las malas a no hablar tanta mierda; Catalina nunca fue la misma, su hermano mayor era su héroe, su modelo a seguir, ella quería parchar con nosotros pero no la dejábamos era muy chiquita y había que cuidarla, después de eso ella se quedaba mirándonos fijamente sin decir nada, solo nos miraba, y no nos quedaba de otra que bajar la cabeza y meternos a las casas a chillar o a madrear no había más opciones. Una vez me encontré con la mamá de Catalina, muchos años después y me contó que todos los 27 de diciembre Catalina escribe en los espejos de la casa “no future for me”, hermano me acuerdo de eso y no puedo dormir.

Mientras suena: Big Empty. Stone Temple Pilots.