Archive for 24 junio 2010

Pobre

junio 24, 2010

Odiaba sus pecas. Las detestaba. Ojalá pudiera verse como su abuelito la veía. A veces pasaba horas enteras frente al espejo imaginando que era su abuelo, buscaba esa belleza que nunca hallaba porque su cara pecosa y sus ojos grandes se interponían.

Apoyó la quijada sobre su rodilla izquierda mientras dejaba caer el pie derecho sobre el agua helada. Le gustaba sentarse en el muelle. El tacto duro de la madera le recordaba la banca del parque en la que se sentaba con Cecilia. Extrañaba a Cecilia. Sus padres nunca le explicaron porque un día Ceci se fue de casa llorando. Ella sospechaba que a su mamá no le gustaba que el novio de Ceci la visitara, y mucho menos que se encerraran dejándola a ella sin más compañía que el televisor.

Dejó que el pie izquierdo cayera en el agua acompañando al solitario derecho, mientras ponía sus manos bajo los muslos. El frío del agua empezaba a apoderarse de todo su cuerpo. Pateó el agua varias veces recordando que su hermano mayor odiaba el agua. El abuelo le dijo una vez que era porque cuando niño estuvo a punto de morir ahogado. Ella no le creyó, sostuvo que su hermano mayor odiaba el agua porque a ella le encantaba. El abuelo sonrió y la animó a seguir hablando. Ella le contó como todos sus juguetes favoritos caían uno a uno en sus manos y cuando regresaban no eran los mismos. El abuelo sí la entendía. A veces pensaba en decirle a su mamá que quería vivir con él. Pero ella nunca estaba y cuando estaba no quería quejas, ni reclamos, en realidad no quería que nadie le hablara. Ni siquiera su papá. Pobre papá siempre tan callado, como si pensara todo el tiempo en cosas muy tristes.

Sacó los pies del agua, saltó varias veces porque así se secaría más rápido. Recordó que no debía ponerse los zapatos con los pies mojados. No sabía muy bien porqué pero si lo hacía su mamá enloquecería y gritaría muy fuerte por mucho tiempo. Lentamente recorrió el ascendente camino empedrado que la llevaba a “la casa del lago”, como llamaban sus padres a su sitio favorito en el mundo. Para ella ésa era su verdadera casa. La de la ciudad era un sitio aburrido en el que debía estar encerrada.

Sin hacer ruido, para no provocar a su hermano mayor entró en la casa. En la sala su mamá y el tío Pipe, el mejor amigo de su papá, se daban un beso como los de Ceci y su novio. Confundida emprendió el camino de regreso al lago. Pobre papá.

Mientras suena: Just Breathe. Pearl Jam.

Joyas

junio 17, 2010

Tres pasos. Dos pasos. Un paso. Se detuvo jadeando. Ignoró el latido de su corazón y el chillido de sus pulmones, inclinó la cabeza aguzando el oído. “Cuadra, cuadra y media tal vez” pensó. “Pendejo” se dijo a sí mismo. Una catarata de imágenes inundó su cabeza. Un domingo gris como todos sus domingos, una corta caminata hasta la panadería, una bolsa de leche fiada, un pan robado en un descuido, una corta caminata de regreso. ¿Un golpe de suerte? “Ladrón que roba a ladrón” pensó encogiendo los hombros mientras guardaba el producido de la semana de ‘Las Joyas’, como llamaban en el barrio a la pareja de hermanos que cuchillo en mano aligeraba a los transeúntes del terrible peso del dinero. “Que jinchera tan brava” pensó sintiendo el sabor metálico de la emoción. ‘Las Joyas’ dormían sobre una sucia mesa en la tienda de siempre. Pendejo si no aprovechaba semejante papayazo fue su reflexión. Había entrado a pedir fiada una cerveza y un cigarrillo; nadie por aquí nadie por allá y en su bolsillo una semana de trabajo. Sonriente traspasaba la puerta cuando un “agarre a ese perro” le dio el impulso a sus piernas que veloces lo llevaron frente a esa vieja puerta de madera maciza que entreabierta lo invitaba a esconderse. “Buena tigre, siga elevándose” se dijo mientras daba el paso que lo separaba de una cuchillada segura. Cerró la puerta maldiciendo el chillido de protesta de la vieja puerta a la que sin duda no le gustaba el cambio de posición. Arrugó la nariz y soportó las ganas de vomitar que le provocaron el olor a podredumbre de la vieja casa y el miedo a morir acuchillado.

Cerró los ojos durante once segundos, se obligó a bajar el ritmo de sus pensamientos que enloquecidos se empecinaban en mostrarle macabras escenas llenas de sangre. Gritos cercanos lo obligaron a abrir los ojos de nuevo. “Ya están acá” susurró una histérica vocecita que habitaba profundos y casi nunca visitados rincones de su mente. Tres patadas y la vieja puerta empezaba a ceder; desesperado miró en todas direcciones, un escondite, algo que sirviera como arma.

Viejos periódicos arrumados en una inverosímil pila, una estufa portátil que alguna vez funcionó, un bidón de plástico amarillo y una rata que se pudría, nada más. “Les mando esa rata por la cara y listo” pensó mientras ahogaba una carcajada enloquecida.

En un rapto de desesperación se escabulló atrás de la inverosímil pila, contuvo la respiración mientras rogaba que el fuerte latido de su corazón no lo traicionara. Mitad cayendo mitad en pie entraron “las joyas” en la vieja casa. El que iba adelante entrecerraba un ojo tratando de enfocar la escena que bailaba aderezada en cerveza. Su hermano inclinaba la cabeza aguzando el oído. Un crujido surgido en las entrañas de la vieja casa los empujó en una torpe carrera hacia el interior de un oscuro corredor.

Una lenta exhalación surgió de la pila de periódicos, con la inspiración del desesperado destapó con mano temblorosa el bidón de plástico amarillo. Un fuerte olor a combustible surgió agradecido por la inesperada libertad. Musitando una incoherente oración a un recién inventado dios del fuego esparció rápidamente los restos de combustible sobre la pila de periódico, la vieja estufa, la rata que se pudría, las paredes, el suelo, y un poco sobre sus zapatos.

Al tercer intento su encendedor cumplió los designios del nuevo dios del fuego y brillante encendió un charco de combustible que pronto llegó hasta la pila de periódicos.

Una sensación de ligereza lo invadió haciéndole creer que flotaba, no que corría mientras se alejaba de la vieja casa que encendida daba color a un gris domingo.

Cazador

junio 9, 2010

Ahí está. De nuevo con su sonrisa fingida. Pretendiendo ser muy cool, muy ocurrente, un portento de genialidad. Pide cerveza importada, la sostiene de manera relajada, en una pose estudiada hasta la saciedad, practicada hasta que parece natural; lleva el ritmo de la canción de moda con su cabeza hace un movimiento suave que contribuye a que se note su cuidada y sana melena. Apoya los codos en la barra, acomoda sus anteojos de sol color ámbar sobre su cabeza cuidando de doblar exageradamente su brazo izquierdo para que su gigantesco biceps se marque en la camisa blanca abierta a la altura del pecho.

Con mirada de profundo desdén recorre la totalidad de su territorio, el bar es suyo así no lo sea, es su coto de caza. La ve. Alta, curvas infinitas e imposibles llenan un ajustado vestido blanco que parece fabricado exclusivamente para ella, a nadie más podría quedarle, nadie más podría verse tan bien en ese vestido blanco. Pelo negro y brillante, mirada de cazadora.

Sin dudar un segundo él cruza el bar. Ella le pertenece, así está escrito. No tiene otra opción. Se sonríen y empieza el cortejo, el resultado es previsible. Hablan cada vez más cerca, un beso que más parece un preludio a una mordedura interrumpe una insulsa conversación. Desde una distancia nada prudente observamos la escena. Sonreímos crueles. El cazador se arrepentirá de haber engañado a la pequeña hermana de Juanjo. De engañarla, obtener lo que buscaba y obligarla a abortar. Nos costó una pequeña fortuna contratar y convencer a la travesti más femenina de la ciudad de los cerros para que fuera parte fundamental de nuestro plan. Mañana un hombre que juega ser cazador no podrá mirarse de nuevo en el espejo. Porque le va a gustar lo que está a punto de experimentar, le gustará y se odiará por eso. Bueno, eso nos prometieron. Por ese precio, esperamos que así sea.

Mientras suena: Lola. The Kinks.

Espejo

junio 2, 2010

Una y otra vez repasó la lista de números de su increíble y moderno teléfono celular. Una lista de nombres y números que nada decían, ante cada uno su cabeza solo decía: “nadie, nadie, nadie”. Hastiada lo lanzó sobre el sofá tapizado en cuero blanco que hacía juego con la decoración minimalista que su amiga la diseñadora había creado para ella con la condicón de que la recomendara entre sus amigos y conocidos. Una lista de amigos en facebook de dos mil quinientos cincuenta y dos personas. Y su cabeza solo decía “nadie, nadie, nadie”. Su última fotografía en flickr había recibido trescientos veintidós comentarios. “Nadie, nadie, Nadie”.

Dando pasos rápidos y energicos caminó hasta el baño, encendió la luz, necesitaba comprobarlo, buscó con temor su cara en el espejo. Sí, ahí estaba. De nuevo esa mirada triste que no lograba alejar. Llenó su puño derecho de furia y con toda la fuerza que le producía la desazón de la soledad descargó un golpe sobre el espejo. Su mirada ahora vacía siguió el hilo de sangre que roja brillaba sobre el blanco inmaculado de la porcelana del lavamanos. Al final del hilo un trozo de espejo triangular llamaba con voz sugerente a la vena principal de su brazo izquierdo. Con mano temblorosa levantó el trozo de espejo, mientras escuchaba arrobada sus promesas de paz, silencio, sosiego; un simple corte, nada más y la paz sería suya para siempre. Acomódó el trozo de espejo en su mano, una extraña imagen silenció la sugerente voz que tanta paz prometía. Un hombre sentado en una banca hablaba con un perro. Intrigada dejó caer el trozo de espejo y caminó hasta la ventana. Hombre y perro reían. La luz del sol de octubre caía sobre el pelaje del perro produciendo reflejos dorados que al llegar a sus ojos le produjeron deseos incontenibles de sonreír. Vendó su nudillo lastimado. Apagó su celular y su ultra moderno mini laptop. Bajó corriendo las escaleras, necesitaba hablar con ese hombre y su perro.

Mientras suena: Society. Eddie Vedder.