Archive for 28 octubre 2010

Sin la sombra verde

octubre 28, 2010

Siempre con la sombrilla. Verde. No importa si hace sol o si llueve. Cada vez que la veo pasar frente a mi ventana, lleva la sombrilla abierta. Eso me ha llevado a obsesionarme con la idea de verla bajo la luz del sol. Tal vez sus pecas sean de chocolate. Si les da el sol se derretirían, por supuesto. Si les cae agua, escurrían desde su nariz hasta el suelo.

Tengo mucho tiempo libre. Nunca salgo de casa. La última vez que lo hice pasó eso que me tiene acá encerrado. No, no quiero hablar de eso. El día se va entre paseos que van desde la ventana, pasan por la sala, el corredor, lo que queda de la cocina, otro corredor, y la puerta que da al patio. Tampoco salgo al patio. Lo importante, es estar frente a la ventana a las nueve de la mañana y a las cuatro de la tarde. El día que no veo a la sombrilla verde y a ella debajo, es un día negro. A veces subo las escaleras; no todos los días, solo cuando cae ese sol decembrino. Los primeros años fueron duros. No podía entender porque nadie me visitaba. Los pocos que han entrado, huyen aterrorizados cuando les hablo. Los últimos visitantes fueron una pareja de quinceañeros que huían de la lluvia y de las miradas de los adultos.

Voy a salir. Debo verla sin la sombra verde que siempre la acompaña. Aun no sé como lo lograré. Ni siquiera sé si llegue a dar más de dos pasos después de cruzar la puerta. La última vez que salí morí atropellado. No me importa experimentar una segunda muerte. Lo único que me importa es verla, ver sus pecas, su pelo, sus ojos, su boca; verla bajo el sol y que todo lo demás desaparezca.

Mientras suena: De hacerse se va a hacer. Los Tres.

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Cada quince segundos

octubre 21, 2010

La luz de las ocho y trece minutos de la mañana a duras penas logra colarse. El cielo gris y lluvioso se ha unido a las persianas cerradas para dar  una ilusión de luminosidad. Lleva un largo rato despierto, mirando hacia el techo, no ha cambiado de posición. No quiere que se altere el ritmo de la respiración que está a su lado. No quiere despertarla. Ni siquiera se ha atrevido a girar y mirarla. Ya no resiste más.

Deja escurrir su pierna derecha hasta que toca la madera del piso. Lentamente deja que su cuerpo siga la misma dirección de su pierna derecha. Sabe que la clave está en la temperatura alcanzada por la colcha de plumas. Si hay un cambio, por mínimo que éste sea, ella despertará y él no podrá mirar. Termina de escurrirse. Sentado sobre la fría madera escucha la rítmica respiración, no hay cambios, sonríe animado por el triunfo parcial. Lentamente camina hasta la ventana, gira el mango que abre las persianas un cuarto de giro cada veinte segundos. El cambio en la luz debe ser imperceptible. La respiración continúa imperturbable. Ahora viene la parte más difícil. Camina en la punta de los pies hasta situarse al lado de la cama. Debe destaparla. Sin despertarla.

Un pequeño halón cada quince segundos. Pacientemente, sin desesperar, ve como se va formando su cuerpo en la semipenumbra del cuarto. Pasa saliva. Ahí está lo que ansiaba mirar. Le encanta el contraste. Su suave piel, y el negro de sus tatuajes. Podría quedarse horas enteras viéndola dormir adornada con sus múltiples dibujos, cada uno esconde una historia. Extasiado la mira sin parpadear. No esconde su sonrisa cuando ella abre los ojos y ríe traviesa. Ha estado despierta todo el tiempo. Le encanta que la mire así.

Mientras suena: See the world. The Kooks.

Doble

octubre 14, 2010

-Sin darse cuenta es como se van formando los recuerdos. Te explico: ¿Sí escuchas esa canción? Bueno, la próxima vez que suene te vas a acordar de esa tarde de un octubre desubicado y caluroso en la que me invitaste a una cerveza.

Ella asiente y deja vagar su mente.  Recuerda cómo surgió esa amistad sin nombres entre un librero canoso de caminar muy lento y ella, que aún celebra los veintitrés; melómana insaciable desde el instante, ya lejano, en el que escuchó a Elvis por primera vez.  Libros y música. Corría huyendo de la lluvia, solo faltaban tres cuadras para llegar a casa. Un poco más y no se mojaría tanto. Un afiche de Elvis igual al que regalaron una navidad de su infancia, la hizo detenerse e ingresar en el oscuro local. Un café, una toalla y una increíble charla con el canoso librero fueron razón suficiente para olvidar la lluvia y para, a partir de ese instante, visitarlo dos veces por semana.

-Veo que regresaste -sonrió el canoso librero- siempre haces la misma mirada cuando te elevas. Me recuerdas a alguien que conocí hace muchos años. El mismo amor por la música, la misma pasión por todo lo que haces, la misma mirada expresiva, las mismas pecas. Es como viajar en el tiempo. Así es como se forman los recuerdos dobles.

Ella echa la cabeza hacia atrás en una larga carcajada y eleva su cerveza brindando con el librero canoso. También él le recuerda a alguien. Aun no sabe a quién, tal vez su abuela lo sepa.

Mientras suena: Cosmic Girl. Jamiroquai.

Extraño

octubre 6, 2010

Los que iban esa noche de jueves en la buseta lo recordaron inmediatamente. Para tres de ellos, dos hombres y una mujer, fue el último pensamiento racional que cruzó su cerebro. Para los diecisiete restantes, nueve hombres ocho mujeres, representó una sensación de arrepentimiento.

En un descuido del conductor se subió por la puerta trasera. Su mal olor, sus ojos desquiciados que no se quedaban fijos en nada, su barba larga y descuidada no lograron ganar la simpatía de su indiferente público. “Otro que se sube a pedir plata” fue el pensamiento generalizado. Logró captar su interés cuando inició su discurso anunciando que no iba a pedir plata, “porque desde mañana a las cinco y treinta y siete de la mañana la plata no les va a servir para nada”, él estaba en ese bus para advertirlos, porque ellos por un capricho del azar eran los únicos que sabrían la verdad. El fin del mundo iniciaba el viernes a la hora ya mencionada, no habría salvación pero él les daba el consuelo de la verdad, al menos ellos podrían prepararse y morir en paz. Risas e indiferencia seguidas de un “bájese hermano o lo bajo” dicho por el conductor le demostraron que su advertencia no era tomada en serio.

-¡Van a ver, mañana van a ver!- gritó desesperado mientras se bajaba. Una mujer de sesenta años lo siguió con la mirada hasta cuando la oscuridad de la carrera décima se lo permitió.

Los veinte pasajeros comprendieron que aquel hombre extraño les había dicho la verdad cuando a las cinco y treinta y siete de la mañana inició el cataclismo que habría de destruir la Tierra. Y tenía razón, no podían hacer nada al respecto.

Mientras suena: World wide suicide. Pearl Jam.