Archive for 28 diciembre 2010

En su cabeza, solo en su cabeza

diciembre 28, 2010

-No va a funcionar chico-, dijo el anciano dirigiendo su mirada vacía hacia donde suponía que se ubicaba el joven que se apretaba las sienes; su mano derecha ejercía una presión total que buscaba mitigar el dolor que inundaba su cabeza, la mano izquierda ejercía una presión parcial, estaba ocupada sosteniendo el revólver con el que había amenazado al anciano.

Era tan sencillo. En su cabeza, todo era más simple en su cabeza. Y terminaba bien. Ella conmovida regresaba. Olvidaba los celos irracionales, las persecuciones, las golpizas. Todo. Solo que el anciano no quiere colaborar y todo el plan se va al carajo.  Deja el revólver sobre una mesa atiborrada de papeles, se sienta en un sillón viejo y con olor a húmedo; hace mucho nadie se preocupa de asear en esta casa. Cuanto abandono. Las fotografías en blanco y negro muestran un pasado dorado, muy distinto a este presente sucio y maloliente.

El plan era: llegar a la vieja quinta perdida en la montaña en horas de la tarde, importante contar con unos veinte minutos de luz, esperar a que saliera el mayordomo, o el ama de llaves, quien fuera que trabajara para él. Dejar que llegara la noche, y aprovechar la oscuridad para colarse en la casa del anciano. Y salió perfecto. Excepto que el viejo está frente a él, ríe sabiéndose dueño de la situación y no colabora.

La siguiente fase del plan era la parte sencilla. En su cabeza, siempre en su cabeza. Le hablaría sobre Martina, le contaría todo lo que sintió la primera vez que la vio, cuanto anhela poder conquistarla; jamás le contaría sobre los celos, las persecuciones, las golpizas. Su historia conmovería al anciano y éste accedería a firmar los diecisiete libros que había publicado, que Martina atesoraba como su posesión más valiosa y que él había sustraído. Era perfecto al día siguiente se los devolvería a Martina, todos firmados y dedicados por su autor favorito. Así la recuperaría.

El anciano sigue riendo. Lágrimas bajan por sus mejillas, no puede dejar de reír. El sonido de las carcajadas empujan al joven en una espiral descendente. Sacude la cabeza y observa el cuarto apestoso en el que sus esperanzas mueren con cada carcajada. Una ventana grisácea de polvo; bajo ésta una cama cuyas sábanas al parecer nunca han sido cambiadas. Frente a los pies de la cama una cómoda de madera. Al lado opuesto de la cama una mesa llena de papeles, sobre los papeles un revólver. Junto a la cómoda un polvoriente sillón, sobre éste un joven de mirada huidiza.

-Hace trece años estoy ciego. Hace cinco no puedo caminar. Una vieja mezquina viene cada dos días a cocinar. Y llegaste tú, chico. Mi boleto a la inmortalidad, mejor que el suicidio es morir asesinado por un fan loco. Gracias chico-, dice el anciano sonriendo ante su buena fortuna.

El joven toma el revólver, es hora de actuar. “¿Mi sien o la suya?” piensa desesperado. Levanta el revólver lentamente, no quiere, pero debe hacerlo.

Mientras suena: 5iliconeator. Calvin Harris.

Antonia

diciembre 22, 2010

“Péinate” dice mamá, ella no entiende. No quiero. No importa si lo aliso, o lo dejo crespo. Si lo desenredo o lo dejo hecho un nido de pájaro; no importa lo que haga al final seguiré siendo yo y no quiero.

Esta mañana mientras me las arreglaba para vestirme sin pasar frente al espejo, me di cuenta de algo: mis mejores momentos no existen. Todos esos instantes que recuerdo con cariño, nunca pasaron. He sido más feliz en mi cabeza, armándome videos, que allá afuera con la gente de verdad. Son más chéveres acá adentro, pero cuando están frente a mí, en la vida real, nada. Nada de nada.

Me puse los converse azules. Y un pantalón que me queda suelto; no quiero que los tipos me miren el culo, ni que me lo agarren en el Transmilenio. Quiero caminar cerca a la universidad. Tanto anhelar las vacaciones, salir, ser libre; y ahora corro al sitio del que hace diecisiete días no quería saber nada. Caminaré hasta la pastelería francesa. Planeo comer tanto dulce como el cuerpo resista. De bajada pasaré por las ventas de afiches. Buscaré uno en blanco y negro, uno de una película italiana que vi el semestre pasado. No me acuerdo el nombre, pero me sé algunos diálogos que me encantaron.

Quiero y no quiero ser yo. Nunca me siento satisfecha. Quiero caminar y olvidar mientras creo otros recuerdos. Regresar cuando los pies pidan a gritos libertad. Cuando las luces estén apagadas, cuando esté tan cansada que por fin pueda dormir, sin sueños ni sobresaltos, dormir, dormir, dormir y despertar en otro sitio, otro tiempo, ser otra persona pero recordar quien fui y así poder reír de como era de rara Antonia.

Mientras suena: Rocks Off. Rolling Stones.

Cielo gris, mar verde

diciembre 14, 2010

Recuerda sus años de colegio, cuando en la última banca, al lado de la ventana, dejaba vagar su mano sobre el papel. El resultado no tenía que ver nada con un proceso consciente, era un continuo fluir de imágenes que a veces formaban frases con sentido sobre el papel. Esos papeles ya no existen, los quemó un día lleno de brumas en los que decidió borrar su pasado. Sacude la cabeza, su labor es ahora, muy distinta.

Las manos, las manos; se repite una y otra vez como si recitara un mantra y se concentra de nuevo en su trabajo. Trabajar con las manos despeja su mente. Por eso abandonó su carrera. Por eso y por el hueco gigantesco que encontró dentro de sí una mañana de lunes cuando se vio en el espejo y el plateado en sus sienes le recordó que el tiempo se iba, que tenía todo, todo lo que otros habían deseado para él. Siempre hubo alguna voz que le dijera qué hacer. Su padre cuando era niño, sus amigos durante su juventud, dios cuando fue religioso, el escepticismo cuando fue ateo…hasta esa mañana. Nunca antes escuchó su voz, estaba acostumbrado a acallarla, a no obedecerla por hacer “lo correcto”. Del gigantesco hueco salió su voz y no pudo ignorarla nunca más.

Se seca el sudor de la frente. Observa sus manos ásperas y curtidas. Levanta la cara hacia el cielo gris, un viento que presagia lluvia llega desde el occidente. Observa el verde de los cultivos de café que se extienden por la ladera de la montaña en cuya cima se ubica su casa. Toma las herramientas y continúa la construcción del cajón de madera en el que se dispone a enviar los escritos, los bocetos, las ilustraciones, y sobretodo el cuadro que una y otra vez a lo largo de su vida ha pintado. Ella recibirá el cajón, ojalá no haya olvidado la promesa. Ella sabrá qué hacer.

Mientras suena: Society. Eddie Vedder.

 

Cielo gris, lluvia helada

diciembre 2, 2010

La lluvia entra hasta el último rincón de su negra melena. Suspira y de reojo mira el cielo gris, ya no recuerda si de verdad alguna vez fue azul. Una gota salta de su pelo y baja por su nuca haciéndola brincar. Resignada, sabe que saltará muchas veces durante las próximas horas, su largo y negro pelo tarda mucho en secar; no lo sabe ni lo sospecha, pero más de uno suspira y voltea al verla con su pelo mojado.

“Voy a raparme” piensa por enésima vez, aunque nunca cumplirá esa amenaza. Acomoda el cuello de su chaqueta de cuero negra, mete la mano en el bolsillo derecho de su jean y presiona play. Solo en la música encuentra el alivio que el cielo le niega. Cierra los ojos por un momento y se deja llevar por la voz del rey. Él nunca le ha fallado, ahí ha estado para ella desde siempre. Mira hacia su niñez, cuando solo le preocupaba trepar árboles, y él ya estaba ahí. Abre los ojos justo para esquivar a la señora que se cubre la cabeza con un periódico. Pasa junto al vendedor de minutos a celular que siempre está frente a la puerta del parqueadero. Mira en todas direcciones, no recuerda dónde dejó el carro. Los ojos se le llenan de lágrimas. Los últimos días no han sido fáciles. Levanta de nuevo la mirada al cielo gris y deja que la fría lluvia calme su ánimo. Quisera estar en casa, bajo una tonelada de cobijas y una bandeja sin fin de rollos de sushi. Decide caminar sin rumbo entre los carros, no le importa. Dos filas de carros más adelante, junto a un escarabajo gris metalizado ve su carro. Corre haciendo saltar agua de los charcos que encuentra en su camino. La tibieza del interior del carro sumada a la agitación de la carrera suben su ánimo. Sonríe, sabe que la lluvia se cansará pronto. Enciende el motor,  se une al lento tráfico sin saber que esa sonrisa es la señal que el sol esperaba para salir de su encierro.

Mientras suena: Suspicious minds. Elvis Presley.