Archive for 29 marzo 2011

Cuerda

marzo 29, 2011

Pasa caminando entre los carros detenidos desde hace horas, esquiva un motociclista que “culebrea” esquivando obstáculos; levanta la cabeza, a doscientos metros rodeado de árboles está el edificio de ladrillo al que se dirige. Apura el paso, el sol cae fuerte sobre su cabeza que empieza a doler. Pasa la línea divisoria formada por los árboles y se detiene a observar. Un riachuelo artificial rodea y refresca el edificio, un grupo de niños se zambulle y huye de los vigilantes que corren a sacarlos; no es una construcción alta, son apenas dos pisos, extendidos ampliamente, y una terraza en la que venden café. Es uno de sus sitios favoritos. Revisa su morral, trae los libros que va a devolver, revisa una vez más la fecha, solo por estar seguro.

Se estira en su silla con ruedas, se quita las gafas y se frota la nariz, es un gesto inconsciente que repite mucho sin notarlo. Se pone las gafas de nuevo y se concentra en la pantalla. Participa en un divertido debate, con personas que no conoce y que tal vez jamás conocerá, acerca de los gustos musicales imperdonables.  Ella no lo sabe, aunque lo sospecha, esos tres segundos en los que se estiró, movió su pelo rojo y liberaró sus ojos arrancaron más de un suspiro en la sala de lectura. Ve que alguien se acerca a la puerta de la biblioteca y en su pecho parece que se pierde un latido. Rápidamente introduce el nombre del visitante en el sistema, en teoría no sabe cómo se llama, una larga lista de libros y películas se despliega. Le gustaría sentarse un día a hablar con él.

Cruza la puerta de vidrio, el clima en la sala de lectura es distinto al de la calle. La frescura ocasionada por el riachuelo artificial se le antoja paradisíaca. La ve. Siempre tan seria. Quisera ver como se mueve su pelo rojo o ese gesto de frotarse la nariz que le produce un ligero temblor de manos. Busca una mesa libre desde la que pueda observarla con libertad sin ser visto. Abre uno de los libros que trae para devolver. Ya lo leyó, finge para poder darle rienda suelta a sus ojos. Apenas han intercambiado frases prefabricadas, saludos, gracias, despedidas. Le gustaría sentarse un día a hablar con ella.

Regresa al debate. Ya no le interesa. Cierra la ventana y se concentra en la lectura de un archivo sobre el que debe preparar una presentación. No puede concentrarse, se siente observada. Se pregunta cómo romper la cuerda. En cada extremo está una persona muy callada. Quieren comunicarse y no encuentran la vía. Hace mucho se prometió no dejar pasar los días sin tener algo con qué recordarlos. Toma la decisión de romper ella la cuerda y tener algo con que recordar ese día. Levanta la mirada y ve al visitante acercarse, en un acto reflejo arregla su pelo y se sienta derecha. Se pregunta qué puede decirle, cómo lograr un acercamiento real. Abre la boca sin saber qué va a decir, no dice nada; por una fracción de segundo el vistante se adelante:

-Hola, vengo a devolver estos libros- se interrumpe y rectifica -no, vengo a invitarte a un café.

Mientras suena:

A cómo

marzo 25, 2011

En esa época no había tantos edificios en Laureles como ahora. Por ahí, qué, unos dos o tres; el resto eran casas. Yo venía de otro barrio, lejos. Y al otro lado del río. Allá estaban todos mis amigos. Recuerdo que a esa edad para tener amigos solo se necesitaba un balón o una bicicleta y unos cuantos vecinos. Y cuando llegué al barrio nuevo, nada; pues tenía la bicicleta y el balón, pero de vecinos nada. Y además nos cambiamos de casa con patio y árbol a un apartamento. Nos tocó regalar al perro; mi mamá se sintió muy culpable por separarme del Monito y me compró cicla nueva.

Al menos podía salir en la bicicleta a recorrer las lomas. No había tanto carro como ahora, y menos manejados por pelaítos que bajan a 110 y música a todo volumen,  era muy seguro. Quitaba los pies de los pedales y me dejaba descolgar por la pendiente. Buscando lomas nuevas para botarme encontré la casa de Francisco. Casi caída, habia sido una mansión; alguna vez me contó la historia de su bisabuelo, uno de esos patriarcas que de la nada construyó un imperio. En esa casa solo vivían Francisco, su mamá, y su abuelo. Un viejo loco, muy loco al que Pacho y doña Marina temían con un miedo negro e irracional, como el miedo que tenían los antiguos a sus dioses más oscuros.

Francisco fue mi primer amigo allá. Él me enseñó a cazar chuchas y botarlas en el huerta del colegio de señoritas que quedaba cerca. Era muy bueno verlas correr muriendo de terror. Chuchas y niñas; todas corrían y no se sabía quién huía de quién. Yo le enseñé a montar en bicicleta, al poco tiempo montaba mejor que yo. Después entendí que solo le temía a su abuelo y por eso era capaz de hacer piruetas increíbles y suicidas. Creo que eso fue lo que nos alejó. Cada vez corría más y más riesgos. Un día, adolescentes ya, dejé de ir a su casa, ya no me divertía ni cinco, alguna excusa pendeja inventé y me perdí.

No imaginaba volver a verlo así. En un cartel con una cifra debajo. Y es mucha plata. En voz baja se comenta su escondite. Nadie sabe dónde es. Yo sí. Un día me dijo: vea hermano ese hueco en el cerro, ahí me va a encontrar cuando me pierda.  Lo que no sé es que hago caminando hacia el hueco, ni qué le voy a decir cuando lo vea. No creo que tenga tiempo de hacer mucho, ojalá pueda meterle al menos un tiro. En la explosión del último carro bomba cayó Marianita. Y solo tenía once años. Vamos a ver de a cómo nos toca, carajo.

Mientras suena: 

PS: Hay mucho de esta historia que le debo a una amiga muy querida. Viene siendo una historia a dos manos. Más información: Lalu

Regreso

marzo 23, 2011

Sacude el polvo de sus botas antes de entrar. Gira la llave y hala la puerta, ésa es la “mañita” para abrirla. Entra, los viejos olores conocidos parecen nuevos después de unos días de ausencia. Descarga el morral al lado del balcón, sale a mirar los cerros que desaparecen en la oscuridad. Piensa en esos otros cerros que ha conocido, ahora entiende. Tal y como le djieron, sí son más agrestes y llenos de una belleza muy fuerte.

El frío y la lluvia que empieza a caer lo obligan a entrar. Camina hacia la cocina mientras sonríe recordando los últimos tres días. Prepara una bebida caliente, aunque en realidad está a cientos de kilómetros de allí. Se pregunta en qué consiste la diferencia, quiere saber porqué esa ciudad lo ha embrujado de esa manera. Abre un cajón para sacar una taza y comprende. Todo lo ha visto a través de los ojos de su increíble guía. Y ella ama su ciudad. En ella reside la clave. Espera regresar pronto.

Mientras suena: 12:51 The Strokes.

Dos días

marzo 16, 2011

Las patas del gato golpeando sobre el piso de madera terminan con su concentración. Echa una última hojeada a los libros de contabilidad y sonríe. Le va mejor vendiendo empanadas y café que libros; sin embargo el aviso que cuelga afuera dice ‘Librería’.

Se quita las gafas para ver de cerca, se levanta de la silla de cuero vieja, gastada y muy cómoda, camina hacia donde ve que el gato juega. Bicho ha atrapado una polilla. Juega con ella antes de matarla. Ríe al ver al tigre en miniatura en acción. No es su mascota, es su socio. Los visitantes regulares los saludan a los dos. Los visitantes nuevos que saludan a Bicho se convierten de inmediato en sus favoritos. Deja de mirar al gato para mirar su reloj de pulsera. Justo a tiempo. Le encarga el negocio a Bicho que apenas lo mira con sus grandes ojos verdes. Pone el cartel de “Cerrado” y emprende su caminata diaria.

Siente deseos de ver gente, toma la calle Florida y esquivando a los turistas, perdiéndose entre los acentos camina buscando un pequeño negocio de sánduches muy buenos que hace mucho no prueba. Pide su almuerzo para llevar. Bolsa de papel en mano continúa su caminata. Hace treinta y dos años llegó impulsado por el amor hacia una ciudad que había idealizado en las madrugadas de insomnio. Ahora, años después ha aprendido a quererla en su realidad tan distinta al ideal que había creado en sus ensoñaciones.

Llega a Plaza San Martín, camina despacio, busca un banco bajo un árbol y lejos de los niños que juegan. En los últimos días ha sentido una extraña añoranza por cosas que nunca tuvo y que a su edad serían una irresponsabilidad. Encuentra uno desde el que se divisa la Torre de los Ingleses. Se pregunta qué sucede con la luz del otoño, cómo es que logra embellecer todo.

Mastica despacio y deja que su mente vague. Sorbo tras sorbo de té helado su mirada se concentra más y más en el infinito. Se limpia las manos y la comisura de la boca. Observa a una joven pasear con su perro mientras habla por celular. El pelo rojo y ondulado y el caminar lento y despreocupado, le recuerdan a alguien que ya no le espera en la Ciudad de los Cerros. Saca la billetara y mira el calendario. Un círculo marca una fecha a dos días de distancia. En dos días debe pasar por los resultados de los exámenes médicos. De lo que digan, depende su regreso a La Ciudad de los Cerros. Sólo dos días. Su pelo rojo y ondulado.

Mientras suena: Tomo y obligo. Carlos Gardel

Loco del pueblo

marzo 9, 2011

Se acerca a la ventana del desván buscando algo de brisa. El sol sigue firme en su posición de medio día. Mira los árboles estáticos a lo largo de la calle, parecen quemarse ante sus ojos. “Al menos en esta calle quedan árboles” piensa Jota mientras mira al Babe, el vendedor de paletas del pueblo que se seca el sudor bajo la sombra de un  árbol. El Babe no envejece, ha vendido paletas a varias generaciones y no ha cambiado nada. Que duerme entre su carrito refrigerado para conservarse, dicen en la escuela.

Desde la colina donde estaba el monasterio llegan gritos. Pone la mano sobre su frente formando pantalla. Una nube de polvo se alza alrededor de un grupo de muchachos en bicicletas. “Otra vez” piensa Jota mientras baja corriendo. Tiene que encontrarlo y obligarlo a entrar. Baja corriendo las escaleras de los tres pisos. Salta donde están rotos los escalones. Alguna vez fue la casa más elegante y visitada del pueblo. Ahora se cae a pedazos y solo están él y sus abuelos.

Es la hora de la siesta, todavía tiene dos horas de entera libertad, sin adultos. El problema es encontrar al Bicho. La única que lo sigue llamando Julio es la abuela, por supuesto. No sabe lo que planean los muchachos del pueblo, la última vez que lo encontraron antes que él, lo dejaron amarrado a una cerca y lo golpearon con mandarinas  podridas. Corre pegado a las casas, rogando porque al dar la vuelta a la esquina lo vea venir como siempre, con su sombrero gigante, sonriente y guapo y hablando con la gente que siempre camina a su lado y que nadie más ve. Recuerda que cuando era niño el Bicho (él aun le decía tío) le llevaba unos grillos de colores imposibles para que jugara, nunca le dijo donde los encontraba. Se detiene a secarse el sudor y quitarse la camisa empapada. Corre en dirección al río.  Los abuelos no hablan de eso. Nunca han querido contarle qué pasó; solo sabe que está relacionado con lo que le pasó a sus padres. Sabe que la respuesta está en el desván, sabe que entre los papeles amarillentos que se deshacen está la clave de la locura de su tío y la desaparición de sus padres. Tiene que encontrar pronto al Bicho para poder regresar, una extraña inquietud lo domina cuando está mucho tiempo fuera del desván. Además le pareció ver un grillo azul leyendo los papeles. Jota gime angustiado y sigue su carrera por el pueblo. Queda poco tiempo.

Mientras suena: El loco de la calle. El último de la fila.

Espera, nada más

marzo 2, 2011

Revisa la guantera, bajo los asientos, en los bolsillos del forro de los asientos. Nada. No queda ni un pañuelo desechable. No tiene como secar el sudor que baja por su cara, empapa su pecho y su espalda. Las ventanas de las cuatro puertas están abajo y no importa, la brisa no corre. El sol cae con furia. Mira el reloj, las cuatro de la tarde con diecinueve minutos. Algo no está bien. Ese sol corresponde más al medio día que a la tarde.

El aire acondicionado no funciona. No con el motor apagado. Hace dos horas lo apagó. No tiene sentido mantenerlo encendido si la fila de interminable de carros no se mueve. Abre la puerta, baja del vehículo, se para sobre la llanta delantera y mira hacia adelante. Todos quietos. No hay ni siquiera vendedores ambulantes.  Entra de nuevo, el sol es demasiado fuerte para soportarlo mucho tiempo. Le habla a su esposa que duerme encogida sobre la silla del copiloto. No responde. La sacude. Nada. Está fría. Muy fría. Mira a su hija, su melena roja se desparrama sobre el asiento trasero. Es idéntica a su esposa. No tiene necesidad de tocarla para saber que también está fría y que tampoco responderá. Quiere gritar, quiere correr. Cierra los ojos y se domina. Marca en su teléfono móvil el número de emergencias. También está colapsado, como todo. Una gran mancha negra empieza a apoderarse de su mente. Se recuesta y espera. Algo está mal, muy mal.

Mientras suena: World wide suicide. Pearl Jam.