A cómo

En esa época no había tantos edificios en Laureles como ahora. Por ahí, qué, unos dos o tres; el resto eran casas. Yo venía de otro barrio, lejos. Y al otro lado del río. Allá estaban todos mis amigos. Recuerdo que a esa edad para tener amigos solo se necesitaba un balón o una bicicleta y unos cuantos vecinos. Y cuando llegué al barrio nuevo, nada; pues tenía la bicicleta y el balón, pero de vecinos nada. Y además nos cambiamos de casa con patio y árbol a un apartamento. Nos tocó regalar al perro; mi mamá se sintió muy culpable por separarme del Monito y me compró cicla nueva.

Al menos podía salir en la bicicleta a recorrer las lomas. No había tanto carro como ahora, y menos manejados por pelaítos que bajan a 110 y música a todo volumen,  era muy seguro. Quitaba los pies de los pedales y me dejaba descolgar por la pendiente. Buscando lomas nuevas para botarme encontré la casa de Francisco. Casi caída, habia sido una mansión; alguna vez me contó la historia de su bisabuelo, uno de esos patriarcas que de la nada construyó un imperio. En esa casa solo vivían Francisco, su mamá, y su abuelo. Un viejo loco, muy loco al que Pacho y doña Marina temían con un miedo negro e irracional, como el miedo que tenían los antiguos a sus dioses más oscuros.

Francisco fue mi primer amigo allá. Él me enseñó a cazar chuchas y botarlas en el huerta del colegio de señoritas que quedaba cerca. Era muy bueno verlas correr muriendo de terror. Chuchas y niñas; todas corrían y no se sabía quién huía de quién. Yo le enseñé a montar en bicicleta, al poco tiempo montaba mejor que yo. Después entendí que solo le temía a su abuelo y por eso era capaz de hacer piruetas increíbles y suicidas. Creo que eso fue lo que nos alejó. Cada vez corría más y más riesgos. Un día, adolescentes ya, dejé de ir a su casa, ya no me divertía ni cinco, alguna excusa pendeja inventé y me perdí.

No imaginaba volver a verlo así. En un cartel con una cifra debajo. Y es mucha plata. En voz baja se comenta su escondite. Nadie sabe dónde es. Yo sí. Un día me dijo: vea hermano ese hueco en el cerro, ahí me va a encontrar cuando me pierda.  Lo que no sé es que hago caminando hacia el hueco, ni qué le voy a decir cuando lo vea. No creo que tenga tiempo de hacer mucho, ojalá pueda meterle al menos un tiro. En la explosión del último carro bomba cayó Marianita. Y solo tenía once años. Vamos a ver de a cómo nos toca, carajo.

Mientras suena: 

PS: Hay mucho de esta historia que le debo a una amiga muy querida. Viene siendo una historia a dos manos. Más información: Lalu

Anuncios

4 comentarios to “A cómo”

  1. Lalu Says:

    Te quedò muy bacano y creo que reconozco mis “aportes”. La verdad es que la historia es tuya por completo.

    • Danilo Says:

      Muchas gracias Lalu.

      Debes reconocer la fuerte influencia que tuviste en este relato. No te hagas la loca. Tan modesta.

      Los planes, los toures, las visitas guiadas, las conversaciones. Todo. Lo máximo.

      Un abrazo.

  2. La ReiNa Roja Says:

    Hay tantos Franciscos y algunos tan cínicos que ni escondite buscan.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: