Cuerda

Pasa caminando entre los carros detenidos desde hace horas, esquiva un motociclista que “culebrea” esquivando obstáculos; levanta la cabeza, a doscientos metros rodeado de árboles está el edificio de ladrillo al que se dirige. Apura el paso, el sol cae fuerte sobre su cabeza que empieza a doler. Pasa la línea divisoria formada por los árboles y se detiene a observar. Un riachuelo artificial rodea y refresca el edificio, un grupo de niños se zambulle y huye de los vigilantes que corren a sacarlos; no es una construcción alta, son apenas dos pisos, extendidos ampliamente, y una terraza en la que venden café. Es uno de sus sitios favoritos. Revisa su morral, trae los libros que va a devolver, revisa una vez más la fecha, solo por estar seguro.

Se estira en su silla con ruedas, se quita las gafas y se frota la nariz, es un gesto inconsciente que repite mucho sin notarlo. Se pone las gafas de nuevo y se concentra en la pantalla. Participa en un divertido debate, con personas que no conoce y que tal vez jamás conocerá, acerca de los gustos musicales imperdonables.  Ella no lo sabe, aunque lo sospecha, esos tres segundos en los que se estiró, movió su pelo rojo y liberaró sus ojos arrancaron más de un suspiro en la sala de lectura. Ve que alguien se acerca a la puerta de la biblioteca y en su pecho parece que se pierde un latido. Rápidamente introduce el nombre del visitante en el sistema, en teoría no sabe cómo se llama, una larga lista de libros y películas se despliega. Le gustaría sentarse un día a hablar con él.

Cruza la puerta de vidrio, el clima en la sala de lectura es distinto al de la calle. La frescura ocasionada por el riachuelo artificial se le antoja paradisíaca. La ve. Siempre tan seria. Quisera ver como se mueve su pelo rojo o ese gesto de frotarse la nariz que le produce un ligero temblor de manos. Busca una mesa libre desde la que pueda observarla con libertad sin ser visto. Abre uno de los libros que trae para devolver. Ya lo leyó, finge para poder darle rienda suelta a sus ojos. Apenas han intercambiado frases prefabricadas, saludos, gracias, despedidas. Le gustaría sentarse un día a hablar con ella.

Regresa al debate. Ya no le interesa. Cierra la ventana y se concentra en la lectura de un archivo sobre el que debe preparar una presentación. No puede concentrarse, se siente observada. Se pregunta cómo romper la cuerda. En cada extremo está una persona muy callada. Quieren comunicarse y no encuentran la vía. Hace mucho se prometió no dejar pasar los días sin tener algo con qué recordarlos. Toma la decisión de romper ella la cuerda y tener algo con que recordar ese día. Levanta la mirada y ve al visitante acercarse, en un acto reflejo arregla su pelo y se sienta derecha. Se pregunta qué puede decirle, cómo lograr un acercamiento real. Abre la boca sin saber qué va a decir, no dice nada; por una fracción de segundo el vistante se adelante:

-Hola, vengo a devolver estos libros- se interrumpe y rectifica -no, vengo a invitarte a un café.

Mientras suena:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: