Archive for 30 abril 2011

Adiós al héroe

abril 30, 2011

Hace un año estaba en Argentina. Entre los sitios que deseaba visitar estaba Parque Lezama en Bueos Aires, sitio donde se conocen Martín del Castillo y Alejandra Olmos. Martín y Alejandra son muy cercanos a mí, son los personajes principales de “Sobre héroes y tumbas”, el libro que más veces he leído, al que regreso una y otra vez, el que siempre me deja con un nudo en la garganta y los ojos llenos de agua.Por supuesto, fui a Parque Lezama, vi las estatuas, las bancas donde inicia todo. Otro de los sitios que deseaba ver era Santos Lugares y visitar al autor de “Sobre héroes y tumbas”: Ernesto Sabato.

A Santos Lugares llegué en tren (para un colombiano viajar en tren siempre será una gran experiencia), es un pueblito pequeño y tranquilo; lo recorrí varias veces a esa hora muerta que es el medio día. Entré a una pizzería comí pizzas de sabores que nunca había imaginado y le pedí a la chica de los ojos más bonitos que he visto las indicaciones para llegar a la casa de Sabato. Dibujó un mapa en el reverso de un individual y así llegué. Una casa extraña, frente a un colegio y al lado de una tienda de barrio. Toqué el timbre y una chica muy joven salió. Le conté quién era y porqué estaba ahí, sonrió y me explicó que Sabato ya no recibía a nadie, que estaba en cama y muy débil. No sentí tristeza ni desilusión. Llegar a su casa y verla; estar tan cerca del héroe fue suficiente para mí.

Sus libros me han sacado de días muy negros. El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abaddón el exterminador, La resistencia, Antes del fin…todos. Solo puedo estar agradecido. La vida es linda y terrible a la vez; sobre eso Sabato ha escrito mejor que nadie. Gracias Ernesto Sabato.

Un fragmento de “Antes del fin”:

“Me estremeció una noticia que leí esta mañana en el diario; la recorté y la guardé en uno de los cajones de mi archivo, entre esos tantos retazos que en estos años me han ayudado a vivir.
Una mujer, en un crudo invierno, apenas con una remera y un pantalón, se escapó del Hospital Psiquiátrico con el deseo de ir a buscar a su compañero. Aprovechando la distracción del maquinista, robó una locomotora y haciéndola funcionar sin dificultad, comenzó su odisea. Él había trabajado en el ferrocarril y le había enseñado a conducir trenes y “muchas cosas más”.
‘Si ustedes supieran lo que es el amor, me dejarían seguir’, le decía al oficial que la detuvo y, mientras la llevaba a la comisaría, con llantos desesperados, gritaba: ‘¿Vos nunca hiciste nada por amor?’.

He querido rescatar esta historia de entre mis papeles, ya que de alguna manera, cuando el razonamiento nos conduce al borde de la psicosis colectiva, estos actos son lo más parecido a una salvación.”

Mientras suena:

Un café muy negro

abril 25, 2011

Se aburre de la llovizna eterna; parece detenerse pero nada, solo toma descansos cada vez más cortos. Desde la ventana ve como sube el nivel del agua. Quisiera sentir más tristeza por las personas que viven en los primeros pisos pero no lo logra y se siente mal por eso, mala persona. El cura que dice misa en la cancha, y que no deja dormir, dice que hay que arrepentirse, qué vaina con esa secta que llena de culpas a la gente; les quita la responsabilidad del aquí y ahora y les promete humo, educa seres incapaces de creer que merecen más, siempre grises, agachando la cabeza, pensando que algo hicieron para merecer esa lluvia que nunca para, esos políticos que no dejan de robar, que el mundo entero esté de cabeza y no pasa nada, nadie hace nada, porque en un mañana que nunca llega vendrá la recompensa. Que hipocresía, tanto golpe de pecho, tanto arrepentirse cuando el daño está hecho.

El nivel del agua sigue subiendo, abre la ventana y escucha como el cura llama a la calma, pide que recen con fe, con verdadera fe y que se tomen de las manos. Saca la cabeza por la ventana y les grita que corran, que el agua los va a cubrir, que ahí quietos no están haciendo nada. Una señora la mira mal, y la señala, muchas cabezas se mueven en un gesto de desaprobación.  Encoge los hombros y cierra la ventana, no quiere que la lluvia entre. Prepara un café muy negro y lo bebe despacio mientras el agua cubre las cabezas.

Mientras suena:

Cuadro a cuadro

abril 14, 2011

Se acerca y se aleja del espejo. Sus pupilas se dilaten y se contraen. Debe concentrarse, sus ojos son tan oscuros que es casi imperceptible el contorno. No es vanidad, es ejercicio de concentración; frente a sí no se pierde en videos, ensoñaciones, diálogos, realidades paralelas que tan fácilmente inventa. Se pregunta por una cura para la memoria, para la buena memoria, contra la buena memoria. Momentos, caminatas, palabras, películas, olores, sabores, texturas, roces, caricias, polvos, libros, diálogos, riffs de guitarra, bajos injustamente ignorados, actores y actrices de reparto, la brisa, la lluvia, los cerros, las calles empedradas, el ruido de los carros, y demás elementos que forman sus escapes del aquí y el ahora. Todo tan extraño, tan sobrevalorado, los ceros acumulados, la carrera a ninguna parte, el afán por no llegar a ningún lado, acumular, acumular, acumular, siempre algo más, siempre algo falta, correr, nunca hay tiempo, el que piensa pierde, nos vemos y no nos encontramos, no nos entendemos, tantas pistas sueltas dejadas casi al azar (como en las pinturas de Juan Pablo Castel) , tantos futuros que nunca llegan, el futuro nunca llegó. A veces quisiera adelantar la película y saber que pasa más adelante, pero no puede tiene que seguir viviendo cuadro a cuadro.

Mientras suena:

La decisión*

abril 12, 2011

Le gusta la sensación del sol tibio sobre sus pezones, los toma con sus dedos, un corrientazo de placer baja por su cuerpo; pasa las manos por su abdomen, su cabeza empieza a dar vueltas, se estira sintiendo el roce de la hierba en sus nalgas y en su espalda. Se detiene, abandona la labor de exploración para concentrarse en un ruido al parecer cercano. ¿Será él? Él le dice que es demasiado curiosa, que debe controlarse y seguir la ley.

Se levanta y camina hacia el lugar de donde proviene el ruido, abre los ojos hasta que duelen, quiere verlo todo, se concentra en sentir cada olor, en identificar cada sonido. Se muerde el labio inferior, no sabe qué hacer. La voz en su cabeza es tan atractiva. De otro lado está él. Siempre deteniéndola, siempre con miedo. ¿Existirán otros? Ha caminado examinando cada piedra, detrás de cada árbol, bajo el agua…y nada. Parecen ser los únicos.

El ruido desaparece. Se aburre. Todos los días tan iguales. Necesita más. Sabe que hay más, tiene que haber más. Detiene su caminar. Ha tomado una decisión. Va a hacer caso a la voz en su cabeza. Va a hacer lo que en verdad desea. ¿Y él? Adán que se joda, igual siempre anda detrás de ella muerto de miedo, sin decidir nada, solo obedeciendo. No más. Eva es la que manda.

 

Mientras suena:

 

*A partir de una frase de León Ferrari: “De los relatos bíblicos rescato a Eva. Es una figura maravillosa, es lo mejor de la biblia. Una figura literaria, la primera que se enfrenta con dios y arriesga todo por el conocimiento, debería ser la madrina de los científicos”

Hay un exposición de León Ferrari en el Museo del Banco de la República en Bogotá. Muy recomendada.

En el café

abril 5, 2011

Se estira mientras mira por la ventana. Mira el reloj de pared ubicado sobre el mostrador. Intercambia una mirada y un levantamiento de cejas con el cocinero, los lunes son días de poco trabajo en el café, pero hoy ha sido un día demasiado lento; apenas un grupo de estudiantes y una señora de pelo blanco y caminar lento han entrado durante la tarde.

El sol débil de las cinco de la tarde entra por la puerta principal, mira de nuevo el reloj y camina hacia la puerta. Nada, la calle está desierta. Regresa mientras se acomoda su pelo rojizo y ondulado. Aceptó el trabajo de mesera por puro gusto. Le gusta su trabajo y puede alternarlo con sus clases de economía en una universidad cercana. A veces piensa en renunciar a todo. Dedicarse a su piano y a sus canciones. Su voz es uno de los secretos mejor guardados en la Ciudad de los Cerros. Mira el reloj de nuevo. Nada.

Una sombra impide el paso del sol por un segundo. Lo ve entrar. Chaqueta de cuero, camisa azul, jean, morral. Le gusta su actitud despreocupada y seria a la vez. Un buen contraste con sus sienes grises. Sabe que es profesor, sabe que la dobla en edad. Se sienta en la mesa de siempre, saca una libreta del morral y a un ritmo febril empieza a escribir.

De reojo la ve acercarse. Su mesera favorita. Sabe que estudia en la misma universidad en la que él es profesor, sabe que trabaja los lunes, miércoles y viernes; los mismos días que él ha decidido ir al café.  Regresa la mirada a la libreta. Debe trabajar en la novela. Nunca está lista. Nunca está satisfecho. Una voz en el fondo de su cabeza le dice que no la va dará a conocer jamás. Levanta la mirada de nuevo, y recibe el menú que ella le pasa. Se las arregla para rozar sus dedos; sabe que la dobla en edad, sabe que le gusta la textura de sus manos, sabe que nadie lo espera en casa. Se miran por un instante demasiado largo y apartan la mirada. La Ciudad de los Cerros es demasiado grande, todo va demasiado rápido, y el miedo se apodera y planta su bandera en sus habitantes.

Mientras suena:

Platanal

abril 1, 2011

“Carajo otra vez”, piensa mientras se interna en el cultivo de bananos. El sol cae perpendicular sobre su cabeza. Trata de convencerse de lo afortunado que será en diez segundos, podrá estar bajo la sombra de los árboles mientras sus amigos están en la cancha improvisada recibiendo el sol directamente.

Recuerda una tarde hace dos años y siete meses. El balón picaba mansito en el área del equipo contrario, era un tiro muy fácil. Sin embargo, falló y mandó el balón al platanal. En medio de las burlas y los golpes amistosos, corrió a buscarlo. Le costó acostumbrarse a ver bajo la sombra producida por las hileras de árboles. A seis metros estaba el balón, esperándolo. Caminó disfrutando de la temperatura. Se agachó a tomar el balón, y no pudo moverse. Una serpiente amarilla con vetas verdes lo observaba fría y tranquila. Solo cuando sintió el calor húmedo y tibio que bajaba por sus piernas comprendió que le tenía terror a esos animales.

Sacude la cabeza, no quiere recordar esa mirada fría y vacía, no quiere tener que buscar el balón cada vez que lo bota. No quiere que sus amigos se burlen de nuevo. Camina despacio, sus ojos se mueven frenéticos, en cada rama cree ver una serpiente que lo espera. A unos pasos hacia la derecha ve el balón, avanza de mala gana, internarse en el verdor del platanal le produce arcadas. Se detiene en seco. Detrás de un árbol un hombre levanta con su mano izquierda un brazo y en la derecha un machete. Otro hombre sostiene el cuerpo de una mujer al que le faltan las piernas. “Ábrase chino”, dice el hombre del machete “usté no ha visto nada” termina señalándolo con el machete. El balón está ahí, tan cerca; del machete cae sangre negra, los hombres lo miran con ojos fríos y vacíos. Da un paso, no puede regresar con las manos vacías.

Mientras suena: