Archive for 25 mayo 2011

En ningún otro

mayo 25, 2011

Por el camino besa un par de niños, sonríe abrazando a una señora gorda que vende pandebonos; el flash es testigo de sus acciones. Choca las manos que se estiran. Sube a la tarima ubicada en la plaza principal del pueblo frío y lejano de cualquier ciudad. Saca el trapo. Ahora agita uno de color zapote. En años anteriores ha agitado rojos, azules, verdes y amarillos. No importa el color ni  mucho menos la idelogía. No tiene ningún problema en volver a colores anteriores; en últimas a nadie le importa. Por cada cambio de color ha emitido un comunicado argumentando “profundas diferencias ideológicas”; es un trámite, una forma más de guardar las apariencias.

Grita y se deja llevar por la fantasía. Promete, esucelas, hospitales, vías de acceso. Progreso. Pro-gre-so. Y ante esa palabra el entusiasmo del público se desborda. No recuerdan que llevan viviendo esa escena cincuenta y siete años. Cambia el color del trapo y la cara del que lo agita. Nada más. El resultado es siempre el mismo.

Termina su discurso, camina de regreso a su camioneta, los escoltes se abren paso a empujones. A duras penas puede respirar. Se sienta en el asiento trasero rápidamente afloja su cinturón, se quita la camisa. Está a punto de explotar. Respira despacio, calmándose. Ha sido un buen día. Nadie sabe que el candidato nunca come, nunca bebe. La amnesia es la que le provee el alimento, si recordaran su trabajo sería imposible y se consumiría. No come, no bebe; su alimento son las expectativas de la gente. Duerme. Se despertará en siete días, hambriento, dispuesto a cazar. En ningún otro país podría sobrevivir.

Mientras suena:

Quince niños

mayo 18, 2011

Sonriente se para frente a la puerta del jardín infantil, aun no abren,  faltan treinta y dos minutos. No tuvo que esperar a que sonara la alarma para levantarse, durmió bien, solo que la emoción la despertó temprano. Es su primer día como profesora de preescolar.  Recuerda que quiso darle gusto a su mejor amigo, su abuelo e hizo dos años de derecho, el día que debía inscribirse para el tercero, simplemente entró a otra oficina de otra facultad y se inscribió en lo que llevaba años deseando estudiar. A la mierda la plata, dijo esa tarde cuando le contó a su familia sobre la decisión que había tomado.

Observa a los padres llegar con sus niños de la mano, sonríe feliz, los ve angelicales a todos. Por fin podrá poner en práctica su proyecto de grado. Así se lo aseguró la directora el día que la contrató. Le preocupa que el año escolar ya esté avanzado y que no haya podido comunicarse con la anterior profesora. Irresponsable, piensa mientras ingresa a la antigua casa en la que funciona el jardín infantil.

A media mañana observa el reloj, se acerca la hora del refrigerio. El día ha sido tan bueno como esperaba. Uno, dos…nueve… quince. Seguramente contó mal. En la lista hay catorce nombres. Uno, dos…nueve…quince. Tal vez sea un niño de otro salón. Toma la lista, llama uno a uno y los compara con las fotos al lado de cada nombre. El niño de pelo negro, liso y ojos pequeños no ha respondido, ni está en las fotos. Se acerca, le habla, le pregunta el nombre. El niño no responde. La mira con sus ojos oscuros sin decir nada. Repite la pregunta sin obtener respuesta. Toma su mano para llevarlo a la dirección, allá la ayudarán. La mano del niño está helada, es como tocar hielo, el niño la mira a punto de llorar, se levanta, corre y atraviesa la pared que separa su salón del patio. La profesora grita, llora y ríe a la vez. Los niños la miran confundidos, no entienden por qué llora, no entienden por qué todas las profesoras gritan cuando descubren a Federico, lo único que saben es que ella tampoco volverá.*

*Muchas, muchas gracias a Juli Ospina por sus acertadas correcciones y observaciones.

Mientras suena:

Así es mejor

mayo 11, 2011

Puntual, al igual que las dos semanas anteriores, suena el teléfono a las 11:43 de la noche. Escucha la voz suave, delicada al otro lado de la línea. La deja hablar sin decir nada, no lo va a escuchar. O sí, pero no va a importarle. Hace dos semanas vive en ese apartamento ubicado en un punto medio entre el centro de la Ciudad de los Cerros y la zona financiera. Desde la primera noche llamó. No preguntó por nadie, simplemente saludó y dio inicio a una retahíla de quince minutos. El ritual siempre es el mismo. Llama a la misma hora, y habla sin parar durante el mismo lapso de tiempo. Él se ha acostumbrado, apura sus quehaceres de soltero que vive solo y a las 11:41 se sienta en la cama, observa el teléfono hasta que éste suena, lo deja sonar dos veces y se prepara para escuchar.

Le gusta escucharla, no por su voz delicada, sino por lo que dice. Su discurso es estructurado, convincente, perturbador. Habla del mundo, de la gente, de la ciudad, no se guarda nada; no hay tema vetado ni fuera de su análisis. Ha tratado de hacerla hablar más, le ha formulado preguntas, pero ella o bien dice “ya se te acabó el tiempo” o ríe mientras contesta “no te voy a responder nada”.

Falta poco para que se cumplan los quince minutos, y ella le confiesa que viven en el mismo edificio, se han visto en el ascensor. En ese apartamento vivía uno de sus amigos, alguien que nunca la escuchaba, fingía hacerlo para llevársela a la cama; así que ella se desquita con alguien que no conoce. Jamás lo escuchará, jamás responderá sus preguntas, jamás le dirá quien es. A él no le importa. Se acuesta y como todas las noches juega a inventarle una cara, un color de pelo y de ojos; no hay tedio, no hay rutina, no hay desgaste, nunca un “¿y qué más?”. Así es mejor.

Mientras suena:

Luz rojiza sobre el escenario

mayo 4, 2011

La luz cae débil y rojiza sobre el escenario. Es pequeño, apenas para una persona y su guitarra. Se pierde observando los dedos correr sobre los trastes, el color de la luz lo lleva a imaginar que las manos del hombre en el escenario sangran, como si llevara demasiado tiempo tocando su guitarra. Bebe otro sorbo de cerveza y deja de imaginar, ya no lucha contra sus ensoñaciones, se acostumbró, lo acompañan desde niño. Hace un gesto a la chica que atiende esa zona del bar; por un segundo considera coquetear con ella pero se siente viejo y ridículo, desecha la idea. Sonríe con amabilidad, pide otra pinta de cerveza (negra, su favorita) y una porción de pizza (con mucho queso).

Se concentra en la música, se fija en el hombre que toca, es joven, muy joven y bueno. Nunca llenará un estadio, nunca pegará un éxito en una emisora de moda. Sus letras son cotidianas y llenas de fuerza. “Honestas” se dice después de un rato de buscar la palabra adecuada. Amparado por la oscuridad observa a la pareja que ocupa la mesa junto a la suya. La mirada esquiva de la chica refleja un sentimiento profundo que no logra identificar (¿aburrimiento? ¿melancolía?). Se pregunta porqué la necesidad de compañía, porqué tantos de sus conocidos se aburren consigo mismos, porqué sumar soledades y multiplicar frustraciones.

Bebe despacio y termina su porción de pizza. Observa a su alrededor, grupos y parejas. La soledad no es bien vista en estos días del dos por uno, se dice alegre. Disfruta de sus planes consigo mismo. Espera a que el hombre sobre el escenario termine su actuación. Aplaude con ganas, conmovido. Toma su abrigo y se dispone a salir al frío de la madrugada. Camino a la puerta del bar la chica que tomó su pedido le pone un papel en su mano. Es su nombre y su teléfono. ¿Y por qué no? se dice, y emprende el camino de regreso con las manos en los bolsillos mientras tararea una de las canciones que acaba de escuchar.

Mientras suena: