Archive for 28 junio 2011

Diez historias y ninguna

junio 28, 2011

Pone el punto final a la última de las historias. Con ésta completa los diez cuentos que le prometió a su editora. Se levanta de la silla giratoria, camina hasta la cocina, prepara un café, revuelve la alacena buscando el último pan que se resiste a ser encontrado. Se para frente a la ventana, bebe lentamente su café y muerde hambriento el pan. La ventana da a un moderno edificio de oficinas, antes daba a una casa con patio y perro; pero así es el “progreso”.

Se sienta de nuevo, es hora de repasar lo escrito. Lee el último cuento. Una gota de sudor baja por su sien y cae desde el cuello. No puede ser. Vuelve a leer lo escrito. Ha reescrito algo que Cortázar escribió (mucho mejor) años atrás. Su respiración se acelera, lleva el cursor hasta la primera línea del primero de los diez cuentos. Uno por uno los repasa. Todos son nuevas (y mediocres) versiones de cosas ya escritas. Corre al baño y vomita. Abre la llave y bebe agua fría. No puede ser.

Con la mente en blanco y la mirada vacía se prepara para salir; en trece minutos debe encontrarse con su novia. Ella no tiene porque enterarse de lo que ha pasado, la editora tampoco. Va escribir diez historias, tal y como era el plan desde un principio. No ha pasado nada, un extraño lapsus; nada más.

Pide pasta, ella pide pescado. Disimula lo que pasa por su cabeza, ríen, se miran a los ojos. En la mitad de una frase se detiene. Ella lo mira interrogante, lo ha notado ausente, acartonado, como si recitara un parlamento mal aprendido.  Él le devuelve la mirada pone el tenedor sobre el plato y sale del restaurante dando pasos cortos, siente las piernas muy pesadas.  Se da cuenta que durante toda la cena ha repetido frases hechas, clichés, diálogos de libros y películas, estrofas de canciones.  Su mente está vacía, ya no queda nada propio, todo es un gran plagio. Toma la vía que conduce al mirador, calcula que llegará antes del amanecer y mirará por última vez a la Ciudad de los Cerros.

Mientras suena:

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Seis veces

junio 15, 2011

Por quinta vez revisa su reflejo. Abre el gabinete y saca un tarro verde brillante. Unta dos dedos de su mano izquierda y se echa otra capa de gel. Le parece oír la voz de su abuela “mijo no se eche  de eso que se le va a caer el pelo”, nunca le hace caso. Al menos no en eso, en otras ocasiones la voz de la abuela le ha evitado problemas; como los que se buscó Jota por querer plata rápido. Nunca se volvió a saber de él. La última vez que hablaron fue  tres semanas atrás cuando Jota le regaló el Álgebra de Baldor; “yo veré” le dijo encendiendo un cigarrillo, “vos pa’ eso sí servís” remató señalando el libro.

Revisa los bolsillos, cuatro billetes arrugados y un arrume de monedas. Le alcanza para pagar el pasaje en bus. ¿Pero y si después necesita? Decide caminar. Nunca se sabe. Busca el walkman amarillo. Las pilas están en las últimas. Toma las del control del televisor, la abuela se va a molestar sino puede ver la novela de las 4. Ojalá la vea para que se la cuente.

Antes de salir pasa por sexta vez frente espejo. “Perfecto” se dice. A matar o morir. Decide tomar el camino largo, toda la avenida El Poblado hasta el centro comercial. Dos cuadras subiendo la loma hasta el edificio blanco de la esquina. Se sabe las señas de memoria. Tiene las de perder. Ella tan mona, tan blanca, tan niña bien de colegio de monjas. Y él tan… sacude la cabeza y deja el pensamiento inconcluso. Y sin embargo la conoció en el concierto de Bajo Tierra,  le dio el teléfono y compartieron una cerveza tibia. Sale de la casa, le da dos vueltas a la llave, se echa la bendición, se pone los audífonos, sube el volumen y se va dando pasos largos. Ojalá el desodorante nuevo funcione, porque el temblor de las piernas no tiene como disimularlo.

Mientras suena:

Silencio por fin

junio 8, 2011

No. No es como escuchar la lluvia. Eso se dice, eso le dice a sus amigos cuando camina hasta la tienda por una cerveza. Pero no es así. Claro que se desconecta por momentos e imagina a su cerebro encogiéndose, quemándose; sus neuronas saltando a un vacío negro, cualquier cosa es mejor que ese suplicio.

No importa cuántas veces asienta, diga sí, voltee la cara, finja dormir o salga a caminar. De algún modo milagroso (y que hasta ha llegado a admirar) el suplicio continúa en el punto exacto donde había sido pausado. Mala decisión. Lo supo desde el principio, porque tocaba, porque ya era hora, porque no le iba a hacer perder todos esos años, porque que dirá la gente. No quería, nunca quiso  y sin embargo ahí está.

Se desconecta de nuevo. Mira la botella vacía, quiere y necesita otra cerveza. Mira a su esposa. Sigue moviendo los brazos a una velocidad que no parece humana, ve como se mueve su boca, no entiende lo que dice, solo escucha ese incesante sonido que nunca para, nunca va a parar. Cierra los ojos, y rompe la botella en la cabeza de su esposa. Silencio por fin. Ya no soportaba la cantaleta.

Mientras suena:

Chocolates con semáforo

junio 1, 2011

Empiezan a escucharse los colectivos que pasan por la quinta. Aun no sale el sol. Ni siquiera se sabe si vaya a salir; en los últimos meses la llovizna eterna se transformó en una lluvia eterna. Finge dormir y escucha a su esposo salir de la cama. Sin necesidad de verlo sabe lo que está haciendo, el ritual es el mismo desde hace treinta y siete años. Alista la camisa, y los zapatos, la corbata y el pantalón serán los mismos del día anterior. Deja la ropa lista sobre la silla que está al lado de la puerta. Tres pasos hasta el baño, el ruido del agua al caer, un grito ahogado. Se baña con agua fría, dice que lo mantiene joven y vigoroso; ella sabe que lo hace para dejarle la caliente.

Calcula diez minutos,  se levanta a calentar el chocolate que dejó preparado la noche anterior. Debe haber un pan o una almojábana en algún lado. Revuelve la cocina. Cada vez son más frecuentes esos olvidos pequeños. Ella sabe que él lo ha notado, pero los dos lo ignoran. Un pacto tácito producto de una convivencia que ya no necesita palabras, solo paciencia, mucha paciencia.

-¿Cómo me veo? -pregunta él entrando en la cocina. -Delicioso -responde ella con una sonrisa que en algún tiempo fue pícara. Arregla el nudo de la corbata, él trata de ocultar el cada día más fuerte temblor de sus manos. Ella se las toma y las aprieta, están heladas. “Ya no debería bañarse con agua fría y menos en la madrugada y mucho menos en un barrio tan frío como La Perse”, piensa ella divertida. En voz alta siempre dirá La Perseverancia, jamás hablará “como los muchachos de ahora”.

Toman chocolate con pan. Hablan de las pequeñas tragedias domésticas que proporciona el gato, no lo admiten pero es su gran fuente de diversión. Ella le pasa el maletín, le da un beso cotidiano y lo acompaña hasta la puerta. Lo ve alejarse bajando hacia el occidente; entra y empieza a preparar los chocolates para los próximos días; él los vende en un semáforo. A esa edad solo en eso puede trabajar. El trabajo podrá ser muy humilde, pero él se viste así en señal de respeto a sus clientes y a ellos les encantan los chocolates artesanales que vende el anciano de corbata.

Mientras suena: