Archive for 7 septiembre 2011

Placas grabadas en piedra

septiembre 7, 2011

El sol de las cuatro de la tarde decembrina cae oblicuo, es la luz perfecta para sacar fotografías otoñales en una ciudad sin estaciones. Las libélulas suben y bajan de la superficie del lago artificial. A sesenta y tres metros del lago, en la entrada, un hombre vestido de uniforme oscuro mira su reloj; la orden es: hasta las cuatro si no hay nadie o hasta que salga el último visitante.  Esas son las condiciones para cerrar. Hace visera con su mano, aun quedan algunas personas, sería inhumano ir y apurarlas.

-Mamá quiero irme. Mamá estoy aburrido, ¡vamonos!

El niño arruga la cara, “nunca me presta atención”, piensa. Corre por la hierba, abre los brazos y simula ser un avión. Planea en medio de las placas grabadas en piedra y aterriza cerca a su mamá.

-Mira mamá ya sé leer: Ja-co-bo Díii-az. ¡Jacobo Díaz! Mamáaaaaa.

Harto de ser ignorado corre y se esconde tras un gigantesco panteón. Saca la cabeza y espía a su mamá. Se aburre de esperar, se aburre de ver que no es buscado. Recuerda donde se encuentra y siente miedo; sale a correr hacia donde ve a su madre. Su mamá de rodillas sobre la hierba, limpia una placa casi nueva.

-Mamá, ¿por qué lloras?

Nada. No hay respuesta. Cansado, mira la placa que limpia su mamá.

-Qué raro, se llama igual que yo.

Mientras suena:

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El olor de las galletas

septiembre 1, 2011

Saca las manos del bolsillo, no importa que el viento baje fuerte desde el cerro, si gira la cabeza lo ve, ahí está a tres cuadras de ascenso. Le gusta el viento en las manos, en la cara no tanto, no sabe bien por qué, otra de las mañas que la gente tiene y que nunca comparte, son detalles tan pequeños y tan insignificantes que ni siquiera repara en ellos de manera consciente.

El olor a galleta de chocolate lo desvía de su camino, entra a la tradicional pastelería y pide cinco galletas, come tres ahí mismo, acompañadas de café, y guarda las otras dos, no sabe a quién se las dará. Mira el local, la gente va y viene, un europeo que no conoce el concepto de ducha lee un libro de bolsillo mientras come un trozo de pastel.

Tiene los audífonos puestos, pero no escucha nada, sube el volumen, adelanta canción tras canción, necesita algo nuevo, un nuevo paisaje, nuevas caras, algo, la música repetida que le produce tanto hastío solo es una muestra de esa necesidad. Busca su canción favorita, sube el volumen, sale de la pastelería sonriendo por lo contradictorio de su necesidad de algo nuevo y su deseo de visitar el hotel más antiguo de la Ciudad de los Cerros. Le contaron que ahí asustan.

Mientras suena: