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Algo para la visita

octubre 31, 2011

El cuarto del fondo, el que limita contra el patio, es el mejor de la casa. En el patio hay un papayo y un rosal rodeados de otras plantas más pequeñas, casi todas dan unas flores chiquitas y coloridas que son visitadas por colibríes y copetones. Por la mañana el sol llena el cuarto, y si nadie se mueve los pájaros se paran en el marco de la ventana. Es por eso que la abuela está ahí. Mamá va y viene de la cocina. No ha hecho más en todo el día. Viene y la mira, le acomoda la almohada y le pregunta si quiere agua. Cada vez que sale del cuarto llora.

Ahí viene otra vez con el agua. Desde el viernes no toma sopa, solo agua. El agua se la doy yo con una cuchara, toma un sorbo y cierra los ojos. Despierta y toma otro sorbo. Ya van tres veces que señala la esquina detrás de donde estoy. La primera vez seguí su dedo y miré. No puedo hacerlo de nuevo.

-¡Mija!

Mamá viene corriendo, la abuela no ha dicho nada en tres días, le acaricia la cara y le pregunta que qué quiere. “Ofrézcale algo a la visita” dice la abuela y señala el rincón. Mamá, llora y le dice que ahí no hay nadie. Pero yo sé que sí. Hay una mujer de pelo muy negro ahí parada desde por la mañana y se va a llevar a la abuela.

Mientras suena:

Aviso parroquial: Hay una página muy buena sobre cine. La leí toda, increíbles reseñas. Quedé muy antojado por ver las películas que ahí se mencionan. Muy recomendada, se llama Zootropico.

Veintitrés días*

octubre 23, 2011

Abre la llave de la ducha. Sólo la de la derecha. Mete una mano bajo el agua. Helada. Cierra los ojos y pone la espalda bajo el chorro. Sus dientes castañean. Deja que el agua caiga sobre su cabeza, empape su pelo largo y negro. Eso bastará. Por ahora. Se pregunta hasta cuándo funcionará.

Se envuelve en una bata y camina hasta la cocina. Se obliga a caminar descalza a pesar del frío propio de la hora. Bebe tras tazas de café negro muy cargado. Se sienta en una butaca sin espaldar y enciende el televisor. Pasa de canal en canal, lucha contra la pesadez que se apodera de su cabeza. Veintitrés días sin dormir. No puede dormir. No debe dormir.

Deja el canal de televentas. Toma su libreta y se obliga a tomar notas de los productos que ofrecen. Cabecea. Lanza la libreta contra el televisor. No funciona. Empieza a quedarse sin ideas. Se asoma a la ventana. Un solitario taxi dobla la esquina y se pierde en una calle vecina. Humo y metales retorcidos. Agita la cabeza y aprieta fuerte los ojos. No quiere recordar, lo detesta casi tanto como soñar.

Las primeras veces fue divertido. Hasta que empezó a ser borrosa la línea. Ya no estaba segura de lo que veía en sueños. Cada noche crecía la duda. Humo, metales retorcidos, y su mano, (tan familiar, la reconocería entre miles de manos), apoyada contra el timón del carro destrozado. Sólo es un sueño, se repitió una y otra vez, al borde la histeria. Se derrumbó cuando sonó el celular y la voz en él confirmó lo que había visto mientras dormía. Veintitrés noches han pasado desde ese instante. Veintitrés noches sin dormir. Veintitrés noches en las que no ha podido enfrentarse a su duda. No lo soporta. No quiere saber si sueña con lo que va a pasar, o si lo que sucede es causado por sus sueños. No quiere dormir, no quiere soñar.

Mientras suena:

*Inspirado en una historia contada por Juli Ospina

Hambre*

octubre 10, 2011

Olor a hierba húmeda que se filtra por el pequeño espacio que queda entre el piso y la puerta cerrada por fuera, lleva mucho tiempo encerrada, no puede calcular cuánto. Sin ver la luz del día es muy complicado. Hace mucho no ve ninguna luz, sus ojos se han habituado a las sombras. Parece que hace sol, ya era hora, el tic tac de la lluvia sobre el techo la tenía muy nerviosa.

Se arrastra hasta donde le permite la cadena asegurada sobre su tobillo derecho. Pega la cara al suelo, aspira el poco aire fresco que logra entrar bajo la puerta de madera. Enfoca cerrando un ojo. Algo alcanza a ver del patio interior. El árbol está ahí, como siempre.

“¡Tamaleeeees, tamaleeeeees!” grita una mujer en la calle. Es domingo y debe ser temprano. Aun no son las nueve de la mañana. Tiene hambre. Está tan cerca de la puerta. Si alguien la ayudara. Quiere gritar, pedir auxilio. La idea es clara y la ejecución pobre: de su garganta solo sale un bramido. Tiene mucha hambre, necesita aliviarla. Se agazapa en la oscuridad. Alguien se acerca. Una oportunidad, solo eso necesita. Nunca se la dan, tienen tanto miedo, no saben, no entienden (ni siquiera ella). Se saborea pensando en un pedazo de carne que no va a llegar. Babea sin control, la saliva baja por su cara y gotea desde la barbilla hasta el suelo. Recuerda como sus dientes se hundieron sin dificultad en la suave carne de un muslo. El sabor metálico de la sangre inundó su boca. Nunca antes sintió un placer mayor. Fue tan fácil. Trepó al árbol del patio interior, el niño no la vio, no la escuchó, nunca supo qué cayó del árbol. Ver sus ojos sorprendidos y asustados le ocasionó el primer orgasmo. El sabor metálico de la sangre el segundo. Cuando terminó de comerlo se masturbó durante cincuenta y siete minutos sin parar. Carne y sangre. No necesita nada más.

Mientras suena:   

*A partir de una visión de Caro Rueda.