Archive for 31 enero 2012

Paredes rojas

enero 31, 2012

Aprieta su mano y se levanta de la mesa. “Ya vengo, voy al baño”, dice, gira la cabeza y le manda un beso. La ve alejarse y perderse en el corredor que pasa junto a la barra.  Aprovecha para mirar el menú con detenimiento, hace un rápido cálculo mental, sí le alcanza lo que tiene en el bolsillo; es otro de los sitios que ha sucumbido a la moda de no recibir ningún tipo de tarjetas.

Examina una a una las entradas, pasa por las sopas, sigue por los platos fuertes. Mira hacia el corredor con la esperanza de verla venir. Sigue con los postres. Observa con calma las fotos que decoran el menú. Siente que aumenta la sensación de hambre. No escucha venir al mesero, salta cuando le pregunta si desea ordenar. “No todavía”, se arrepiente y lo llama, le pide dos coca colas. “¿Dos?”, sí, dos. A veces no entienden su acento. Mira hacia el corredor. Saca el celular del bolsillo, ninguna llamada perdida, ningún mensaje. Nada nuevo. Repasa los mensajes de texto guardados. Mira hacia el corredor y mira el reloj del teléfono. Muy raro

Hace calor en el restaurante. Hay solo un aire acondicionado y no parece ser suficiente para enfrentar el verano. “Tacaños” piensa mientras mira el color rojo de las paredes. Todo es rojo. Las letras del menú, los adornos de las lámparas, el marco de las puertas. Rojo en todas partes. Se pregunta por qué. Parece ser un acuerdo tácito en ese tipo de restaurantes. Se abanica con el menú, el mesero se acerca con dos latas de coca cola y un solo vaso. Le dice que traiga otro vaso. No sabe cómo interpretar la larga mirada que le dedica el mesero. Mira hacia el corredor. El mesero se acerca con el vaso y le pregunta si desea ordenar. Por ahora una sopa de la casa, responde. Se concentra en las fotos que decoran el local. Algún día le gustaría ver la Gran Muralla.

Mira el reloj. El mesero se acerca con un plato humeante. Con cuidado prueba la sopa. Deliciosa. A ella le encantará. Le gustan mucho las sopas. Mira hacia el corredor. Se levanta de la mesa y se dirige hacia los baños. El calor es más fuerte de lo que pensaba, debe sostenerse de la pared roja que lleva a los baños. Entra al baño de hombres y se moja la cara. El calor no disminuye. Sale y sin importarle si hay alguien más, aparte de ella, abre la puerta del baño de mujeres. Vacío. Seguro salió mientras se echaba agua en la cara. Sale caminando despacio, el sudor cubre su frente y empapa su espalda. En la mesa tampoco está. Pregunta al barman. “No ha salido nadie”, responde y sigue limpiando un largo vaso. Camina hacia su mesa. Toma al mesero del brazo y le pregunta por ella. El mesero se suelta y con agilidad lo conduce a su silla. “Señor tómese la sopa y se sentirá mejor”. No. Insiste. Pregunta por ella. “Señor usted llegó solo”, responde el mesero. A su lado, el barman confirma esa afirmación. Toma la cuchara con mano temblorosa, el sudor  cae de su frente y se mezcla con la sopa. Bebe la sopa a grandes cucharadas. No puede ser. No sabe por qué duda, no sabe por qué el mesero y el barman lo miran con lástima. No entiende cómo pueden estar tan seguros; mira las paredes. Tan rojas que parecen calientes.

Mientras suena: 

Receso

enero 13, 2012

“Por partes” entra en receso de dos semanas por vacaciones.

Pronto volverá a su programación habitual.

Mientras suena:

Empanadas rellenas de papa

enero 3, 2012

Sale  de la estación, en su reproductor suena la lista llamada “Para caminar”. Cinco cuadras separan el edificio donde vive de la estación. Le gusta esa corta caminata, las calles son amplias y rodeadas de árboles. Antes vivía en un barrio gris que la deprimía. Camina y llega a su cuadra favorita, llena de casas gigantes y viejas con jardines bien cuidados. Le gustaría vivir ahí. Por ahora está feliz en su pequeño apartamento.

Lo que más le gusta de su nuevo apartamento es el local de empanadas rellenas de papa del primer piso. Las empanadas más ricas que ha probado en su vida preparadas por la misma viejita dulce que atiende. “¿Qué va a llevar mijita?” dice cada vez que la ve entrar. No le gusta entrar cuando está solo el hijo de la anciana. Y no es por su coqueteo descarado, sino por la mirada huidiza que sin embargo siente muy clara clavada en su culo.

Recuerda que dos noches atrás entró al local que desde afuera parecía vacío. La anciana no salió a recibirla como de costumbre. Se quedó sentada mirando al vacío sin notar su presencia. Al lado opuesto estaba su hijo, mirando por la única ventana. No parpadeaba, apretaba los puños apoyados sobre una mesa. Esa noche el “mijita” sonó diferente, tenso tal vez, apagado probablemente. Distinto. Pidió dos empanadas para llevar y una coca cola.

Pasa frente al local de empanadas. El hijo de la anciana está atendiendo solo, sigue de largo sintiendo su mirada clavada. “Arroz con atún” piensa mientras sube las escaleras. Come mientras escucha la banda sonora de su película favorita. Pronto se queda dormida. Un ruido monótono y repetitivo la despierta. Alguien está martillando. Mira su teléfono móvil, la una y tres minutos de la mañana. Histérica se levanta y llama al vigilante. Pronto se detienen los martillazos. Busca el lado frío de la almohada, no puede dormir, gira una y otra vez hasta que suena la alarma.

De nuevo ve al hijo de la anciana, está solo. No hay rastros de ella. Pasa frente al local y mira al hombre fijamente. Ya empieza a perder el pelo, lleva una barba de tres días, un pantalón arrugado y una camisa sucia. Parece en verdad solo, muy solo. Sus miradas se enfrentan por un segundo, él baja los ojos y hace tronar sus dedos. Sube a su apartamento y se acuesta sin comer. Duerme por ratos, se despierta varias veces, tiene pesadillas que no consigue recordar al despertar. Una y siete minutos de la mañana. Un martillo golpea sin parar. Aguza el oído. Es en la pared en la que está apoyada la cabecera de su cama. Más asustada que furiosa llama al vigilante. Le pregunta por el vecino desconsiderado. “Ahí viven don Joaquín y la mamá. Los de las empanadas”, responde con voz somnolienta. Un escalofrío baja por su espalda. Se acuesta de nuevo. Sueña que está acostada en un ataúd, un hombre (de camisa muy sucia) clava la tapa sin importarle que ella está viva.

No lo soporta más. Lleva dos semanas escuchando que martillan en el apartamento de al lado. Hace dos semanas desapareció la anciana. “Ni mierda”, piensa, y decidida entra al local dispuesta a enfrentar al hijo de la anciana. Le pregunta por ella. “No se puede levantar”, responde mientras se encoge de hombros y disimula una sonrisa. Por un momento levanta los ojos. Es ahora ella quien baja la mirada. No puede enfrentar esos ojos.

Ni siquiera trata de dormir. Sabe que aún quedan dos horas para que el hijo de la anciana cierre el local. Tiempo suficiente para entrar en el apartamento y rescatar a la vieja. Llora adolorida. Al cuarto intento la puerta cede a su peso. Agradece más que nunca vivir en un barrio antiguo. Camina despacio, mientras sus ojos se adaptan a la oscuridad. “Huele a anciano”, piensa mientras recuerda el olor del cuarto de su abuelo. Sus piernas tiemblan, siente que le cuesta respirar, solo escucha el fuerte martilleo de su pecho. Se dirige al cuarto que limita con el suyo. Se prepara para el horror. No sabe qué puede encontrar. Vacío. La cama destendida, un fuerte olor a orines invade su nariz. Gira para huir. Sonrientes avanzan hacia ella la anciana y su hijo. “Te dije que sería tuya bebé”, dice la anciana mientras levanta un martillo.

Mientras suena: