Empanadas rellenas de papa

Sale  de la estación, en su reproductor suena la lista llamada “Para caminar”. Cinco cuadras separan el edificio donde vive de la estación. Le gusta esa corta caminata, las calles son amplias y rodeadas de árboles. Antes vivía en un barrio gris que la deprimía. Camina y llega a su cuadra favorita, llena de casas gigantes y viejas con jardines bien cuidados. Le gustaría vivir ahí. Por ahora está feliz en su pequeño apartamento.

Lo que más le gusta de su nuevo apartamento es el local de empanadas rellenas de papa del primer piso. Las empanadas más ricas que ha probado en su vida preparadas por la misma viejita dulce que atiende. “¿Qué va a llevar mijita?” dice cada vez que la ve entrar. No le gusta entrar cuando está solo el hijo de la anciana. Y no es por su coqueteo descarado, sino por la mirada huidiza que sin embargo siente muy clara clavada en su culo.

Recuerda que dos noches atrás entró al local que desde afuera parecía vacío. La anciana no salió a recibirla como de costumbre. Se quedó sentada mirando al vacío sin notar su presencia. Al lado opuesto estaba su hijo, mirando por la única ventana. No parpadeaba, apretaba los puños apoyados sobre una mesa. Esa noche el “mijita” sonó diferente, tenso tal vez, apagado probablemente. Distinto. Pidió dos empanadas para llevar y una coca cola.

Pasa frente al local de empanadas. El hijo de la anciana está atendiendo solo, sigue de largo sintiendo su mirada clavada. “Arroz con atún” piensa mientras sube las escaleras. Come mientras escucha la banda sonora de su película favorita. Pronto se queda dormida. Un ruido monótono y repetitivo la despierta. Alguien está martillando. Mira su teléfono móvil, la una y tres minutos de la mañana. Histérica se levanta y llama al vigilante. Pronto se detienen los martillazos. Busca el lado frío de la almohada, no puede dormir, gira una y otra vez hasta que suena la alarma.

De nuevo ve al hijo de la anciana, está solo. No hay rastros de ella. Pasa frente al local y mira al hombre fijamente. Ya empieza a perder el pelo, lleva una barba de tres días, un pantalón arrugado y una camisa sucia. Parece en verdad solo, muy solo. Sus miradas se enfrentan por un segundo, él baja los ojos y hace tronar sus dedos. Sube a su apartamento y se acuesta sin comer. Duerme por ratos, se despierta varias veces, tiene pesadillas que no consigue recordar al despertar. Una y siete minutos de la mañana. Un martillo golpea sin parar. Aguza el oído. Es en la pared en la que está apoyada la cabecera de su cama. Más asustada que furiosa llama al vigilante. Le pregunta por el vecino desconsiderado. “Ahí viven don Joaquín y la mamá. Los de las empanadas”, responde con voz somnolienta. Un escalofrío baja por su espalda. Se acuesta de nuevo. Sueña que está acostada en un ataúd, un hombre (de camisa muy sucia) clava la tapa sin importarle que ella está viva.

No lo soporta más. Lleva dos semanas escuchando que martillan en el apartamento de al lado. Hace dos semanas desapareció la anciana. “Ni mierda”, piensa, y decidida entra al local dispuesta a enfrentar al hijo de la anciana. Le pregunta por ella. “No se puede levantar”, responde mientras se encoge de hombros y disimula una sonrisa. Por un momento levanta los ojos. Es ahora ella quien baja la mirada. No puede enfrentar esos ojos.

Ni siquiera trata de dormir. Sabe que aún quedan dos horas para que el hijo de la anciana cierre el local. Tiempo suficiente para entrar en el apartamento y rescatar a la vieja. Llora adolorida. Al cuarto intento la puerta cede a su peso. Agradece más que nunca vivir en un barrio antiguo. Camina despacio, mientras sus ojos se adaptan a la oscuridad. “Huele a anciano”, piensa mientras recuerda el olor del cuarto de su abuelo. Sus piernas tiemblan, siente que le cuesta respirar, solo escucha el fuerte martilleo de su pecho. Se dirige al cuarto que limita con el suyo. Se prepara para el horror. No sabe qué puede encontrar. Vacío. La cama destendida, un fuerte olor a orines invade su nariz. Gira para huir. Sonrientes avanzan hacia ella la anciana y su hijo. “Te dije que sería tuya bebé”, dice la anciana mientras levanta un martillo.

Mientras suena: 

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8 comentarios to “Empanadas rellenas de papa”

  1. Tatiana Says:

    Lo que menos me imaginé. El post empieza tan feliz, tan soleado…
    Cuando leí sobre empanadas de papa y el barrio del que hablabas, sentí que la pelada podría ser yo. Me dio miedo.

    • Danilo Says:

      Lalu:
      El personaje principal está inspirado en alguien real, pienso que por eso lo sentiste tan cercano. La idea era justo esa, que se sintiera una espiral descendente que desembocara en un susto final.
      Me gusta asustar.
      ¡Saludos!

  2. Pau Says:


    Por un momento creí estar en “Psicosis” 🙂

  3. Andreita Says:

    Me encantó… suspenso buenísimo!

  4. Pablo Medina Uribe Says:

    Me quedé pensando en las empanadas. Debería comer mejor.

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