Una cajetilla roja y blanca

-Tráigame cigarrillos chino.

El niño la observa. Abre la boca dos veces, duda si debe preguntar. La cierra al ver la mirada que recibe. Sacude la cabeza, está confundido.

-¿Y la plata? -pregunta finalmente.

-¡Usté verá cómo hace! -responde la mujer y le cruza la cara con un golpe de su mano derecha.

No era eso lo que imaginaba. Los cuentos, las películas, la tv, o cuando iba a la casa de sus amigos; esperaba algo muy distinto. Baja la loma caminando con lentitud, como si pensara cada paso. Pasa por el potrero, ya están escogiendo los equipos. Quere jugar, quiere estar fuera de su casa, quiere pensar en otra cosa, quiere jugar un partido eterno, de esos que duran toda la tarde y se acaban cuando se oculta el sol, quiere regresar a la casa y que ella no esté ahí, que nunca vuelva, quisiera no haberla conocido, extrañarla sin conocerla, añorar lo que nunca tuvo, imaginar cómo sería.

Pasa de largo, agita la mano saludando al “Negro” y a Harry, los cracks del barrio, los que escogen los equipos siempre. Camina hacia la avenida. Allá hay tiendas. Ojalá se encontrara una cajetilla en el piso. Ilusionado por esa idea se dedica a examinar el suelo, cambia de acera cada vez que ve una caja similar a la que busca. Llega a la avenida con las manos vacías. No puede regresar así. No puede evitarlo, se echa a llorar y entra a la farmacia.

En la mano derecha lleva una cajetilla blanca y roja. Llena. Nueva. Sin destapar. En la mano izquierda una bolsa con un frasco de vidrio. Se siente culpable. Se promete conseguir el dinero para el viernes. Además, lo otro es verdad, la casa está llena de ratones. Se siente mejor al notar que puede resolver el problema de la cajetilla y que no ha mentido para conseguir el frasco.

No está. Ojalá no vuelva. Por si acaso, se pone en movimiento. Saca una cuchara y examina detenidamente el frasco. Una cucharada aliviará todos sus problemas. Vierte el líquido espeso en la cuchara. Destapa la cajetilla. Uno a uno humedece el filtro de los cigarrillos en el líquido. Emplea una cucharada y tres cuartos de otra en impregnar los veinte cigarros. Toma la cajetilla y la deja encima de la cama. Sabe que volverá en la noche sosteniéndose de las paredes. Nunca imaginó que así fuera su mamá. Nadie va a extrañarla.

Mientras suena:

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4 comentarios to “Una cajetilla roja y blanca”

  1. Andreita Says:

    Wow… cuántos no se levantarán pensando lo mismo. Mientras unos no tienen a su progenitora consigo, otros desearían no haberla conocido. Escalofriante y triste a la vez. Cheeevere!

  2. Pau Says:


    Una bomba. (Qué buenas letras y música siempre).

    Saludos D.

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