Archive for 27 abril 2012

Charco bajo la nevera

abril 27, 2012

No puede evitar que el clima afecte su estado de ánimo. Un cielo gris, callada e introspectiva. Una tarde lluviosa, cobija y películas. Un día de sol, felicidad total. Se frota los ojos, casi puede escuchar una voz gruesa que le dice que eso no es bueno para sus ojos, le arden. Se pregunta si ha visto demasiadas películas en los últimos días. Es culpa de la lluvia, no ha dejado de llover durante una semana. Se supone que aun no ha llegado el invierno, pero con el clima nunca se sabe.

Apaga el monitor y camina hacia la cocina, observa preocupada el charco formado bajo la puerta de la nevera. Alguna vez alguien le dijo que las cosas sienten, que con sus precarios medios se comunican. Ríe al recordar esa conversación y no puede evitar entrecerrar los ojos y preguntarse si la nevera sospecha algo. Seca el agua mientras piensa en lo mucho que le gusta mantener su casa limpia y ordenada, le gusta la persona que es, le gusta lo que le han enseñado los días.

Coca cola con mucho hielo, el último paquete de frituras de un lote numeroso. Se felicita por haber tenido la fuerza de voluntad y no haberlas comido todas en una semana. Disfruta el momento, ese sabor conocido la transporta. Al terminar comprueba que la lluvia se ha detenido, el sol evapora los charcos que se han formado al lado de las aceras. Baja las escaleras, no quiere tomar el ascensor, quiere caminar la ciudad y llenarse de sus imágenes. Los árboles que dan sombra a la calle se mecen suavemente con la brisa de las cuatro de la tarde, al igual que la guacamaya que vivió en el árbol de la casa de su infancia, es momento de partir. Quiere nuevas historias. Sabe que las historias la buscan, siempre ha sido así. Tiene la certeza de que las mejores historias están por venir. Los ojos muy abiertos detrás de los lentes oscuros, la libreta y el lápiz listos. Lo mejor está por venir.

Mientras suena: 

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Perros calientes y parque

abril 23, 2012

Mira hacia la puerta, sigue cerrada, tiene hambre, ya es hora de desayunar. Siempre desayuna tarde los domingos que pasa con su papá. Su mamá le prepara desayuno temprano y después van al parque. La verdad prefiere ir al parque con su papá, pero él nunca tiene tiempo. No está seguro de por qué, pero sabe que es mejor no contarle a su mamá que con ella no se divierte tanto jugando. Ella ha llorado mucho en los últimos días. Siempre lloraba pero desde que están solos los dos, llora más. Mucho más. Escucha un ruido en el cuarto. Pega el oído a la puerta, unos pasos lentos se acercan. Corre, no sabe por qué siente que debe disimular; y sigue jugando con los carros y los soldados, la puerta se abre, experimenta una sensación que se queda a la mitad entre el miedo (no importa lo que haga siempre encuentra una razón para regañarlo), y la felicidad de otro domingo con su padre.

-Recoge los juguetes, hermanito, puedo pisarlos sin darme cuenta, romperlos y no quiero verte llorar. Ya sabes que no me gusta el desorden-, dice su padre con voz áspera.

De mala gana guarda los juguetes, deja dos carros por fuera para no aburrirse. Su padre pasa, le revuelve el pelo y le informa que irán a desayunar perros calientes y después al parque. ¡Perros calientes y parque!

Observa a su hijo. Está feliz. Perros caliente y parque bastan para hacerlo feliz. Se promete no regañarlo más, quisiera dejar de hacerlo, quisiera dejar de pensar en ella cada vez que ve su pelo castaño y sus ojos idénticos. Voy a ser un buen padre, se dice. A partir de ya. No logró ser buen esposo y aun no decide si es buena persona o no. Pero será un buen padre. A partir de ya. Tal vez se haga una despedida de mal padre. Una pequeña. Veinte minutos. Solo dos billetes y nada más. Veinte minutos no son nada.

Acelera. Su hijo está concentrado en mirar la calles que pasan veloces por la ventana. No se va a demorar, se merece esa despedida, no por lo que ha hecho, por lo que hará y lo que será una vez pasan esos veinte minutos. “No me demoro, espérame que ya vuelvo”, baja del carro, y camina a pasos rápidos y entra al casino.

La luz de las cinco de la tarde golpea sus ojos al salir del casino. No entiende cómo se extendieron esos veinte minutos. No entiende cómo triplicó esos dos billetes en apenas diez minutos. No entiende cómo perdió todo en los siguientes cinco. No entiende cómo se le pasó el día entero tratando de recuperar los dos billetes, el reloj, la cuota de alimentos y el cupo completo de su tarjeta de crédito. No entiende nada de eso, aunque tiene ciertas sospechas, su esposa (ex esposa, corrige su mente), sabría explicarlo perfectamente. Lo que verdaderamente lo deja perplejo y sin capacidad de reacción es la ausencia de su carro con su hijo adentro. Nunca será buen padre.

Mientras suena: 

Aunque se le canse la espalda y le pese la cabeza

abril 9, 2012

Se lleva las manos a la nariz, sí ahí están las gafas, a veces olvida si las tiene puestas o no. Ya no sabe si es por costumbre o es otra de las cosas que los años se llevan. Aprovecha el movimiento y acomoda los anteojos, enfoca en la oscuridad que empieza a caer y se agacha. Patas arriba, respetando la costumbre que sus antepasados han seguido durante miles de años, yace muerta una cucaracha. Se admira al observar su tamaño. Hasta ese momento creía que cucarachas de tales proporciones solo existían en las películas. Lleno de asco la golpea suavemente con el bastón para darle la vuelta. “Cualquier cosa menos morir en el suelo”, piensa mientras imagina una caída mortal en el baño, o un súbito ataque al corazón. “No quiero que me den vuelta como a un bicho gigante.” Observa el caparazón duro, grandes surcos lo atraviesan de lado a lado. Fue un bicho poderoso en sus días. Verlo en movimiento seguramente causaba terror. Suelta una carcajada al observar la analogía. No era terror lo que causaba, pero sí respeto. Limpia el bastón en la hierba que crece a los lados del camino empedrado. Al principio, cuando aun creía engañar al observador incauto, utilizaba un paraguas negro y elegante que en su mente era el indicado para ser usado por un lord inglés. Siempre tan cuidadoso de su aspecto. Y tan orgulloso. Un día aceptó que a nadie engañaba y compró el bastón. No podía ser cualquiera, por su puesto, debía ser un digno sucesor de su elegante paraguas. Estuvo una semana sin salir a la calle, caminaba por toda la casa, de arriba a abajo, de la entrada al patio, aprendiendo el complicado arte de dominar su bastón y enloqueciendo a su esposa con su caminadera. Ahora, domina como el mejor el arte de caminar en tres piernas, siempre derecho, encorvarse es una concesión que no está dispuesto a hacer, aunque se le canse la espalda y le pese la cabeza.  De un puntapié saca la cucaracha del camino y continúa su paseo, le gusta salir de la ciudad, por el cambio de clima, aunque no está dispuesto a reconocer que el frío lo afecta cada vez más. Y por las estrellas. En la ciudad no es fácil verlas. Le gusta caminar hasta lo más alto del camino empedrado, levantar la cabeza y emocionarse con un cielo estrellado que quiere aprender de memoria. Detiene su paseo una vez más, levanta la cabeza, el cielo está despejado, en un rato tendrá una vista magnífica. Da media vuelta, ya es hora de regresar. Antes de entrar a su casa de veraneo, se las ingeniará para bajar un mango del árbol que sembró cuarenta y siete años atrás y que aun da los mejores mangos que ha probado en su vida. Y los favoritos de su esposa. La hará muy feliz.

Mientras suena: