Mierda fresca en las manos

“Es como cuando David usaba pañales. La misma vaina.” Repite esa frase una y otra vez, como si se tratara de un mantra; busca escapar al mal olor, al asco, a la sensación de que llegar a viejo es una porquería absoluta y con todas sus letras. Mira sus manos untadas de la mierda fresca de su padre, obliga a su mente a ir más allá del color marrón, de la sensación cálida, del olor que lleva el vómito una y otra vez a golpear las puertas de su boca. Se concentra en las arrugas de sus manos, en las venas brotadas “iguales a las del viejo” piensa. El viejo. Se pregunta si sus hijos se referirán a él del mismo modo. Levanta la mirada, se encuentra con los ojos de su padre, a sus noventa y ocho años ya no lo reconoce, no reconoce a ninguno de sus hijos, a veces pregunta por su difunta esposa,  ha olvidado que hace trece años murió. Se queda mirando a su padre a los ojos, espera ver una chispa de reconocimiento, una sonrisa desdentada y fugaz, algo que le permita, así sea por un momento, volver a ver a su viejo. Nada. Solo encuentra tristeza y vergüenza. Esa  mirada de vergüenza es un buen indicio, aun es consciente de que ya no puede levantarse de su cama, ni limpiar su propio culo. Aun hay orgullo en ese cuerpo. Algo es algo. Una vez escuchó a una anciana decir que quería vivir mientras pudiera limpiarse su propio culo. Recuerda el tono de voz crudo de la anciana y le da la razón. A pesar de todo, le alegra ver a su padre aun vivo, sus domingos serían peores si fuera a visitar una tumba. Es más fácil pensar en su muerte que en la de su padre. Tal vez cuando lleguen los primeros síntomas del olvido y la confusión haga algo. Algo radical, debe pensarlo con calma y elaborar un plan. Tiene sesenta y ocho años y no soporta la idea de estar observando un espejo que le muestra el futuro dentro de treinta años. Termina de lavar a su padre, lo envuelve en una toalla y lo lleva a su cuarto; con paciencia lo viste y lo observa hasta que se queda dormido. Sin hacer ruido sale del cuarto, se encierra en el baño y no hace ningún esfuerzo por detener las lágrimas que empiezan a caer.

Mientras suena: 

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8 comentarios to “Mierda fresca en las manos”

  1. Aldana Says:

    Qué duro este escrito, pero cuán real. Qué duro es pensar en la vejez, sobre todo en la propia. Hasta dónde se puede tener un plan? Me dejaste pensando, como siempre.
    Un beso, A.

    • Danilo Says:

      Hola Aldi.

      Es muy duro pensar en la vejez, ver espejos cercanos. Una de las cosas que más temo es llegar a viejo y quedarme sin fuerzas. El plan hay que considerarlo en esos casos.

      Gracias por pasar y leer siempre.

      Un beso.

  2. Astrid Says:

    muy bonito.

  3. fuckingfrye Says:

    ¡Bestial!

  4. Pau Says:


    La vejez. La he visto tan de cerca…
    y la sigo viendo, pero a través de otro par de ojos compañeros de viaje.

    (creo que me entiendes)

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