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Un par de pinzas que secretan veneno

noviembre 28, 2012

En cuanto escucha que el motor se detiene, sale a recibirla. Hace mucho dejó de sentir afecto por ella. No puede explicar bien el por qué de ese cambio ni cuando inició; su memoria empieza a fallar, afortunadamente nadie lo ha notado. En cuanto la ve entrar pone en práctica la rutina que tan bien ha aprendido a realizar con los años: demuestra alegría, grita en cuanto la ve, sale a su encuentro y la abraza. Ella interpreta su parte de la rutina: le grita que se calme, que deje la bulla, que se calle que tiene que hablar por celular.

Sube al sofá y cierra los ojos, a ella nunca le ha preocupado hablar en su presencia, frente a él no disimula. La escucha hablar con su hija; le recuerda, como todos los días, que ella le advirtió que no se casara con ese tipo, que mire todo lo que le ha hecho, que vea cómo sacó las uñas. La hace llorar una vez más. Sabe que el miedo a la soledad total paraliza a su hija, que solo cuenta con ella. Él se levanta, camina hasta la ventana; los múltiples olores que llegan de la calle alivian sus ganas de vomitar, cada día le cuesta más aguantarlas. Ya se ha vomitado un par de veces en lo corrido de la semana. Cuando regresa al sofá la escucha hablar con su hijo, vive en otro país. Hablan a diario. Con él es la anciana frágil y desvalida, la que puede morir en cualquier momento, le reprocha a su hijo el haberla abandonado, le recuerda lo enferma que está, le dice que cuando venga a visitarla la va a encontrar en cama.

Cuelga. La observa acercarse hasta dónde está él. La ve levantar su mano, quiere acariciarle la cabeza. Él sabe que es su mano, pero por más que parpadee y apriete los ojos sigue viendo la pata negra y peluda de una araña. Ve que de su boca, conformada por un par de pinzas que secretan veneno al hablar,  sale una carcajada. Quisiera evitarlo pero no puede, se baja del sofá de un salto y vomita junto al sofá. Su memoria falla y no recuerda en qué momento empezó a verla como a una araña gigante. Ya no recuerda su cara. Levanta la cabeza avergonzado, no puede evitar que sus orejas caigan en una demostración de tristeza, quisiera volver a ser joven y escapar, vivir en las calles. “Perro malo” dice ella mientras levanta un periódico. El castigo será largo y cruel.

 

Mientras suena:

Me pareció escuchar pasos

noviembre 7, 2012

A continuación transcribo el texto que encontré en un cajón en mi nuevo hogar. La hoja está rota así que no está completo:

“…y todo desaparece al cerrar los ojos, como cuando éramos niños y veíamos algo que nos daba miedo; dirás que estoy exagerando, que la soledad y el cambio de ciudad me están afectando (extraño mucho el mar, aunque los cerros también son una vista hermosa), pero no Negra, nada de eso, te juro que todo lo que te he contado es verdad. Ayer pasé la peor noche hasta ahora, lo cual me preocupa porque noche a noche empeora todo, no sé qué pase hoy, te voy a llamar y hablaré contigo toda la noche, no apagaré la luz, ni dormiré, ni siquiera me voy a meter bajo las cobijas. Anoche, en cuanto apagué la luz escuché los pasos, subieron las escaleras y caminaron por el corredor hasta mi puerta. La abrió Negra ¡la abrió! Y ya no tengo la estampita de Santa Laura, ¿te acuerdas que un día la encontré rota? De un manotazo encendí la lámpara y corrí al baño, me encerré y pegué el oído a la puerta. La cosa giró el picaporte y empujó la puerta…”

Hasta ahí llega el fragmento que encontré. Supongo que era una carta. Si la tengo en mi poder es porque nunca fue enviada.  ¿Quién vivió antes en esta casa? ¿Por qué no la envió? Sin duda, la carta es producto de una mente enferma por la soledad y por el cambio de ciudad. Sin embargo, anoche me pareció escuchar pasos.

Mientras suena: