Un par de pinzas que secretan veneno

En cuanto escucha que el motor se detiene, sale a recibirla. Hace mucho dejó de sentir afecto por ella. No puede explicar bien el por qué de ese cambio ni cuando inició; su memoria empieza a fallar, afortunadamente nadie lo ha notado. En cuanto la ve entrar pone en práctica la rutina que tan bien ha aprendido a realizar con los años: demuestra alegría, grita en cuanto la ve, sale a su encuentro y la abraza. Ella interpreta su parte de la rutina: le grita que se calme, que deje la bulla, que se calle que tiene que hablar por celular.

Sube al sofá y cierra los ojos, a ella nunca le ha preocupado hablar en su presencia, frente a él no disimula. La escucha hablar con su hija; le recuerda, como todos los días, que ella le advirtió que no se casara con ese tipo, que mire todo lo que le ha hecho, que vea cómo sacó las uñas. La hace llorar una vez más. Sabe que el miedo a la soledad total paraliza a su hija, que solo cuenta con ella. Él se levanta, camina hasta la ventana; los múltiples olores que llegan de la calle alivian sus ganas de vomitar, cada día le cuesta más aguantarlas. Ya se ha vomitado un par de veces en lo corrido de la semana. Cuando regresa al sofá la escucha hablar con su hijo, vive en otro país. Hablan a diario. Con él es la anciana frágil y desvalida, la que puede morir en cualquier momento, le reprocha a su hijo el haberla abandonado, le recuerda lo enferma que está, le dice que cuando venga a visitarla la va a encontrar en cama.

Cuelga. La observa acercarse hasta dónde está él. La ve levantar su mano, quiere acariciarle la cabeza. Él sabe que es su mano, pero por más que parpadee y apriete los ojos sigue viendo la pata negra y peluda de una araña. Ve que de su boca, conformada por un par de pinzas que secretan veneno al hablar,  sale una carcajada. Quisiera evitarlo pero no puede, se baja del sofá de un salto y vomita junto al sofá. Su memoria falla y no recuerda en qué momento empezó a verla como a una araña gigante. Ya no recuerda su cara. Levanta la cabeza avergonzado, no puede evitar que sus orejas caigan en una demostración de tristeza, quisiera volver a ser joven y escapar, vivir en las calles. “Perro malo” dice ella mientras levanta un periódico. El castigo será largo y cruel.

 

Mientras suena:

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5 comentarios to “Un par de pinzas que secretan veneno”

  1. Lalu Says:

    Dani, me preocupé. ¿Será que Aurora va a dejar un día de querernos?
    Paco, un perro que mis papás tuvieron desde antes que yo naciera hasta que yo tenía como 11 años, se fue un día detrás de una perrita en calor que pasó por la casa y nunca lo volvimos a encontrar, aunque lo buscamos por meses y ofrecimos recompensas. Paco se estaba quedando ciego y creo que mis hermanos y yo no éramos suficientemente considerados con él, aunque lo adorábamos, hasta hace poquito, se me aguaban los ojos de solo pensar en él. Es que los niños pueden ser injustos con los animales sin querer. Pobre Paco. ¿Será que no quiso volver?

    • Danilo Says:

      Lalu, después de ver lo querida, lo consentida, lo bien que está Aurora dudo muchísimo que deje de quererlos. Aurora los ama.
      He visto que algunos perros tienen vejez difícil, como los humanos. De pronto Paco tenía algún tipo de crisis de mediana edad, tal vez sintió que sus años pesaban y quiso jugársela toda por una última aventura. Yo creo que Paco escogió vivir su propia road movie.

      Abrazos.

  2. Pau Says:


    Sigue relatando D.
    ¿Qué tal una bonita historia la próxima?

  3. Pau Says:


    me refiero con final feliz (no me malinterpretes), sin crueldades ni castigos 🙂

    • Danilo Says:

      Pau:

      No hay lío, no te malinterpreto. Vamos a ver por dónde nos lleva la página en blanco. Ahora que lo pienso, son pocos los finales felices que he escrito. Eso da para pensar.

      Un abrazo.

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