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El gallo que vivió en casa de mi abuelo

diciembre 14, 2012

Una paloma vive en promedio entre nueve y once años. Su esperanza de vida depende de las condiciones de su hábitat. Anoche la tía N llamó a mi papá a contarle que la paloma que vivía en la casa de mi abuelo había amanecido ahogada dentro de la alberca.

-¿Dónde está el gallo?- preguntaba mi abuelo a diario. Así se refería a la paloma. “El gallo”. Todos aprendimos a llamarla así. El gallo era el último sobreviviente de una bandada de palomas que mi abuelo crió y mantuvo en su casa.

Los últimos ocho días de su vida mi abuelo los pasó acostado sobre el lado izquierdo de su cuerpo. Las enfermeras  no le permitían subir su mano izquierda hasta la cara, en su posición tradicional para dormir, porque el suero dejaba de gotear. En parte, también, porque mientras estuvo consciente, con disimulo se arrancaba la máscara de oxígeno. Los médicos dijeron que con su cuadro clínico no iba a durar más de dos días. Mi abuelo siempre fue un hombre recio y voluntarioso; decidió llevarles la contraria y vivir ocho días. El abuelo tenía sus razones para hacer eso.

Mi abuela murió un nueve de diciembre cuatro años atrás. Ver a mi abuelo estirar sus fuerzas durante ocho días nos convenció que estaba esperando a que llegara el nueve de diciembre para morir el mismo día que su esposa. Le faltaron cuarenta minutos. Esa es una de las cosas de la vida que solo puedo interpretar a partir del amor. Es tan escaso y escurridizo el amor. En ocasiones pensé que al amor se lo gastaron todo los abuelos, a las generaciones venideras nos dejaron el anhelo de encontrarlo. Vi la lucha de mi abuelo y me di cuenta de mi error, solo hace falta paciencia, convicción y una voluntad de hierro, como la del abuelo.

Ver la muerte del abuelo lleva a pensar en la muerte del padre. Y ningún hijo quiere pensar en eso. Mucho menos ver al padre con la cara alargada de tristeza. Hijos y nietos admiramos el tesón demostrado por el abuelo hasta el final. Ser testigos de eso, en medio de la tristeza del adiós, reconforta. Y observar que el abuelo descansó y se reunió con su esposa, incluso llega a aligerar el ánimo.

La tía N le dijo a mi papá que estaba consternada. ¿Pueden suicidarse los animales? ¿Qué tanto entienden los animales? ¿Qué tanto se compenetran con sus amos? El gallo sintió la ausencia del abuelo y vivió tres días más que él. El gallo vivió veintidós años, desafiando a los expertos, mostró fuerza y voluntad, como su amo, como el abuelo. En una semana y media fui testigo de actos hermosos y maravillosos, y solo puedo pensar en que estoy agradecido por eso, en que ojalá tenga una vida larga como mi abuelo, quisiera ver más cosas hermosas y maravillosas.

En el cerro

diciembre 7, 2012

Tenía mucho miedo de ir. Confieso que lo hice obligado, era un requisito para aprobar una materia de la universidad. Y ahí estaba, en un bus verde que nunca antes había tomado, dirigiéndome a un sitio al que en teoría no se debe ir. No es fácil ir a una de las zonas más peligrosas de Bogotá.

Recuerdo que no pude despegar los ojos de la ventana durante el recorrido. Al parecer el ascenso no terminaba nunca, mientras más subía el bus más y más cambiaba el paisaje. Metro a metro aparecían casas más pobres. Me sentí mal, muy mal. Me di cuenta que vivía en una burbuja, que no conocía mi ciudad y que no sabía cómo es la vida de millones de personas. Me sentí ignorante y superficial.

La última parada del bus era mi destino. La cima del cerro. El viento corría loco, con fuerza, helado, como solo he sentido cuando he ido a caminatas por el páramo. Seguí las indicaciones que habían llegado a mi correo y busqué la casa. Toqué el timbré, me presenté, entré. Cinco niños entre los cuatro y los ocho años corrieron a abrazarme. Había llegado a la Fundación Bella Flor.

Ese recibimiento, ese abrazo comunal, dado por niños que nunca me habían visto (ni yo a ellos),  me cambió la vida. De eso han pasado siete años y ya no imagino mi vida sin ser voluntario de la Fundación Bella Flor. A partir de ese día me convertí en “el profe Danilo”, así me han llamado cientos de niños y con seguridad serán más.

En todos estos años los he visto crecer, madurar, convertirse en adolescentes y adultos. Los he visto convertirse en personas maravillosas, me han enseñado que sí podemos hacer una diferencia, que sí se pueden cambiar vidas. El mundo es una mierda en muchas ocasiones, sin embargo recuerdo a mis niños, las ganas que le ponen a todo, su curiosidad infinita, su bondad, su entereza, su alegría a pesar del entorno tan difícil en el que les tocó nacer; y me doy cuenta que, a riesgo de caer en el lugar común, el que ha aprendido todos estos años soy yo. Y bueno, tengo muchas ganas de seguir aprendiendo. No se sabe todo lo que un niño puede enseñar. Y lo mejor: todo vale la pena.

Así será nuestra celebración de navidad: El paseo de olla

Esta es la Fundación Bella Flor.