No recordaba tener una alfombra

Como todos los días, Antonio se levantó a las cinco y treinta de la mañana. Su rutina empezaba con tres series de veinticinco abdominales, seguidas por tres series de treinta flexiones de brazos. Tuvo que esforzarse para ignorar el pelo negro y largo que reposaba sobre una de las baldosas blancas y brillantes del piso de su loft. En cuando terminó se apuró a la cocina, tomó la escoba y el recogedor, mientras limpiaba recordó a Daniela.

Dani. Daniela. Sin duda ese pelo era de ella. Desde que la vio se propuso conquistarla y llevarla a su cama. No fue fácil. “Es de las que toca enamorar”, se dijo a la segunda salida. Lo que más le costó fue abrazarla durante la noche y soportar las ganas de echarla de su apartamento. Inspeccionó el piso, inmaculado. Debía inventar una excusa creíble. En teoría irían a cine el próximo fin de semana.

Estuvo a punto de devolverse, miró el reloj y se dio cuenta que tenía el tiempo justo, en la noche barrería de nuevo, barrería a conciencia. No entendía cómo se le habían escapado otros tres pelos largos y negros. Imposible no haberlos visto, estaban a tres baldosas del pelo que casi interrumpe su rutina de ejercicios.

Consideró la posibilidad de almorzar algo ligero y pasar por su apartamento y limpiarlo. No se sentía en paz. Como cuando intentaba dormir y un cajón de la cocina había quedado abierto. Una llamada de Daniela lo obligó a cambiar de planes. No, este fin de semana no podía, no se acordaba que se iba a encontrar con unos amigos que no veía hace años. De pronto el siguiente. “Que tengas buen día, amor” se despidió Daniela. Antonio no disimuló la carcajada al escuchar su despedida.

“Debo pedir cita al oftalmólogo” pensó al entrar a su apartamento. No veía bien, era eso. No eran tres pelos largos y negros los que había dejado de barrer. Eran por lo menos diez o doce. Incluso podrían ser quince. Barrió, pasó el trapero y aspiró. No le importaron las quejas de los vecinos, su apartamento debía estar impecable.

Antonio amaba la sensación de poner los pies descalzos sobre el piso frío, miró extrañado hacia abajo. No recordaba tener una alfombra, las alfombras se llenan de polvo, no las soportaba. Encendió la lámpara y sintió su corazón acelerarse al ver el piso lleno de pelos largos y negros. Subió de nuevo a su cama y comprobó horrorizado que su colcha de plumas estaba cubierta de pelos largos y negros, quiso llevarse las manos a la cabeza y no pudo, una maraña de pelos largos y negros enredaba con lentitud sus brazos, tampoco pudo gritar, en cuanto abrió la boca una serpenteante masa de pelos largos y negros se introdujo hasta su garganta, hacia sus pulmones.

Mientras suena: 

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2 comentarios to “No recordaba tener una alfombra”

  1. Pau Says:


    Genial-genial 🙂

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