Ahí, entre el cactus y el portarretratos

Envuelta en la toalla camina con lentitud desde el baño hasta su cuarto. Sabe que el vecino del sexto piso la mira. De reojo alcanza a verlo con su taza de café.  Levanta unos centímetros la toalla y le muestra sus nalgas. “Ojalá la esposa lo descubra”, lo imagina con la respiración acelerada, tal vez escupa el café y mire a los lados nervioso.

Sobre su cama está extendido su uniforme, falda de cuadros, saco rojo, medias blancas. Deja caer la toalla y se examina en el espejo colgado detrás de la puerta de su cuarto. Tuerce la boca y arruga la nariz al ver sus pezones endurecidos. Sin mirar su reflejo de nuevo envuelve sus senos en una tela elástica, aprieta con fuerza la faja improvisada. La ha utilizado desde hace cinco meses. Una mañana un hombre de traje, corbata y maletín la siguió las tres cuadras que separan el edificio en el que vive del sitio en el que la recoge el bus del colegio. Durante esas tres cuadras el hombre le explicó con detalles todo lo que le haría. Puso un énfasis especial en todo lo que quería hacer con sus senos. Ese día no entró a la primera clase, se quedó en el baño parada frente al espejo sin parpadear hasta que dominó las lágrimas.

Al lado del computador, entre un cactus y un portarretratos hay una imagen de la virgen. La toma en su mano y la acerca a sus ojos. Hace muchos años dejó de sentir el escalofrío que recorría todo su cuerpo cada vez que veía a la virgen. Estaba convencida de que ese estremecimiento era una clara señal de su vocación religiosa. Los viernes, a la hora de la salida, sor Teresa la llevaba aparte y le enumeraba las cualidades por las que ella sobresalía y que sin duda alguna presagiaban que ella estaba llamada a unirse a la comunidad. La euforia de sentirse diferente a sus compañeras, especial, elegida entre muchas, le duraba hasta que se quedaba dormida. Las pesadillas sobre su vida como monja no le permitían descansar durante todo el fin de semana. Un viernes se puso a llorar frente a sor Teresa, le contó sobre las pesadillas y le confesó que no quería ser monja. Todas las cualidades que la hacían tan especial, tan sobresaliente, de una semana a otra se convirtieron en defectos con los que daba un pésimo ejemplo a sus compañeras.

Amarra fuerte sus zapatos y peina su pelo aun húmedo. Por el reflejo del espejo ve la avenida. Un taxi pasa veloz y toma la vía que sale de la ciudad. Dos meses atrás convenció a sus amigas de no ir al colegio, tomar ese mismo desvío y pasar el viernes en el pueblo de casas de techos rojos y puertas de madera pintada de verde. Tomaron aguardiente desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde. Le gustó el aguardiente, le gustó la sensación de cercanía con sus amigas producida por la borrachera. Prometió a su papá que se portaría bien, que sería “una buena hija de María”, aunque al decir eso tuvo que morderse la lengua y mirar al suelo. Recuerda a su vecino, ojalá la esposa lo descubra, tal vez mañana camine más despacio y deje caer la toalla.

Mientras suena:

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4 comentarios to “Ahí, entre el cactus y el portarretratos”

  1. Juliana (@JuliOspiA) Says:

    Excelente este cuento. Y muy buena elección de la canción!
    Pero confesame, ¿fuiste alguna vez mujer? (y de casualidad ¿estudiaste en mi colegio? jaja) Te metés en la piel de los personajes y eso lo hace totalmente verosímil. Me encanta.
    Un abrazo Dani.

    • Danilo Says:

      Carajo, Juli, qué piropazo lo que me dices. Cumplí entonces mi objetivo de mostrar lo que pasa por la cabeza del personaje, me alegra montones saber eso.

      Qué maravilla ver tu visita, más que bienvenida eres.

      Black Keys tiene ese sonido crudo que tanto me gusta, y bueno esa canción en particular es perfecta.

      Abrazo de vuelta.

  2. Pau Says:

    El espejo, siempre frente al espejo. Gran revelador de los instintos animales.
    Entre el cactus y el portarretratos te dejo un abrazo D.

    The Black Keys geniales. Adivina quién puedo disfrutarlos en directo el pasado mes de noviembre 😀

    • Danilo Says:

      Es imposible resistirse a la reflexión frente al espejo. Una vez leí que un amplio número de suicidios tienen lugar frente al espejo.

      Acá recibo tu abrazo y te envío otro.

      Un concierto de The Black Keys debe ser la locura. Ojalá pueda verlos.

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