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La mano izquierda de Mauro

marzo 1, 2013

La luz cae débil y amarillenta sobre el escenario en un intento por realzar el sonido sobre la imagen, al fin y al cabo se trata de un bar de rock y blues en el que jueves y viernes se presenta la banda residente y los sábados bandas o solistas invitados. Junto a la banda residente, claro.

Los meseros se mueven apurados entre las mesas de madera y las sillas rústicas, cerveza fría, hamburguesas y papas fritas componen la única opción del menú. Han desarrollado la capacidad de ignorar el sonido de las bandas para escuchar a los clientes y sus pedidos. Luisa ha llevado la habilidad de ignorar la banda residente al nivel de la total indiferencia, no los escucha, no los ve. En especial no ve a Mauricio. Se hizo invisible después de tres semanas de ignorar las claras señales de interés que Luisa le envió un día y otro también.

Sobre el escenario Mauricio mira hacia la puerta del bar. Tampoco ve a Luisa, aunque la mira de reojo y una voz en su cabeza lo trata de idiota. Otra voz, que también lo trata de idiota, insiste en que una mujer de veintidós años, al menos no una como Luisa, jamás se interesaría en un guitarrista de cuarenta y siete que, admítelo ya Mauro, jamás va a llegar a las grandes ligas.

“Así que no fuiste capaz, ni siquiera, de apartarle el pelo de la cara esa noche esperando el bus”, dice una tercera voz que Mauro jamás había escuchado. Debido a la momentánea interrupción en el diálogo ya habitual Mauricio abre sus ojos y mira a su alrededor en un fugaz momento de desconcierto. “¿Hace cuánto no tocas, ni siquiera el pelo de una mujer? No hablemos de la piel.” Por un momento Mauricio pierde el compás por lo que se gana las miradas interrogantes de Antonio, el bajista, y de Pablo, el baterista. “Ni imaginas lo que me gustaría tocar el pelo de Luisa. Lo único que he tocado últimamente han sido los trastes y a ti Mauricio, y lo haces con desgano, como si fuera un deber. Pues me voy a quedar quieta”.

Frente al escenario, los asistentes del bar dejan de masticar sus hamburguesas, miran a la banda, en especial al guitarrista, ha dejado de tocar y sacude la guitarra con la mano izquierda. “No puedo hermano, está tiesa”, dice el guitarrista a los demás miembros de la banda. Llamen una ambulancia, camine hermano al hospital, debe ser un calambre, relajado que eso no es nada, venga le ayudo a soltarla; dicen los músicos mientras caminan entre la gente y dirigen a Mauricio hacia la salida.

Junto a la entrada del bar hay un banco de madera, Mauricio, sentado, espera a la hora del cierre. Desde el bar llega el rumor apagado de las voces y la música, busca en vano rastros de la voz de Luisa. Quiere encender un cigarrillo pero no puede, en parte porque dejó de fumar hace cinco años, pero sobre todo por la guitarra que su mano izquierda no suelta; por lo tanto, no puede hacer nada distinto a esperar a que sean las cinco de la madrugada, hora en la que salen los trabajadores del bar.

Mientras suena: