Que el mundo pare

No ha dicho una palabra en toda la noche y sin embargo todas las historias que se han contado en la mesa van dirigidas a usted. Siempre logra ser el centro de atención, el de la última palabra, al que todos le consultan sobre qué se va a hacer el viernes por la noche; otro trago de cerveza y no puede evitar apretar los ojos, como si le ardieran, es un tic contra el que ha luchado, no le gusta se siente débil cada vez que lo hace. Sabe que si usara las gafas que le recetaron cuando tenía doce años, no tendría ese tic, pero prefiere no usarlas, su vanidad no se lo permite. Hace un tiempo intentó usar lentes de contacto, pero esa sensación de algo entre los ojos lo desesperó y lo hizo querer rascárselos, arrancarlos, lo que sea menos eso. Así que ni gafas, ni lentes, solo ese ardor que le hace apretar los ojos cada tanto, cree que nadie lo ha notado, pero no es así, no se lo dicen porque saben del tamaño gigante de su ego. Ríe a carcajadas y su risa dura más que la de los otros, así asegura tener la palabra cuando se hace el silencio. Mientras escucha la historia de la impulsadora que Esteban se comió, juega con el piercing de la lengua; fue el primero en hacerse uno, después se hizo el tatuaje del brazo derecho; pronto Antonio y Felipe lo copiaron. Como todo lo que usted hace. También se cortaron el pelo cuando usted lo hizo. E igual a cómo usted lo hizo. Hoy estrena una perforación en la oreja derecha, tal vez sea demasiado si le sumamos el piercing de la ceja izquierda, aunque sabemos que en los próximos días sus compañeros de mesa lo imitarán una vez más. Nadie entiende cómo usted, que es un crack y que estuvo a prueba en Argentinos Juniors, decidió no jugar fútbol nunca más, cuando se le pregunta dice que “el fútbol es una chimba” pero que le da mucha pereza jugarlo. Esteban nunca lo reconoce pero la envidia, las ganas de jugar al menos la mitad de lo que usted juega, lo tienen mal y por eso le echa los perros a su novia. Lorena es la quinta este año. Para usted es tan fácil cambiar de novia, comerse a sus amigas, comerse a las novias de sus amigos; lo peor fue la vez que se comió a la novia de Antonio y usted logró convencerlo de que era para demostrarle a él, su mejor amigo, que estaba enamorado de una perra. Y ahí está Antonio contando un chiste lleno de madrazos esperando su carcajada con ansiedad. Nadie conoce a su mamá, ¿dónde está? Nadie la culpa por haber abandonado a su papá, da cagada es con usted, con su viejo no. Tanta plata que tiene y nadie lo ve trabajar nunca, “es ganadero” responde usted y pasa a contar la historia de cuando su papá le dio chirrinchi en la finca, para que aprendiera a ser macho. Una vez, solo una, habló de su mamá. Dijo que estaba mamada del viejo y que le dio un tiro en la pierna derecha, por eso su papá cojea y lleva bastón. Otra versión dice que en una pelea en el pueblo a su papá le dieron una puñalada en la pierna, el que cuenta eso, y lo cuenta muchas veces es Román, el escolta de su papá, el que se come a Lady, su madrastra, claro que usted le ha chupado las tetas, o al menos eso dice. ¿Qué va a pasar cuando su papá se entere? A usted no le va a pasar casi nada, de pronto otra vez un ojo morado, como la vez que su papá lo descubrió sacándole la plata y se la apostó a una pelea a puños, como varones, usted ganó y su papá le dobló la mesada. ¿Y Román? ¿Qué pasará con Román? Román es del mismo pueblo que usted y su papá, pero usted lo oculta y dice que nació en Villavicencio, le da pena decir que nació en un pueblo perdido en Arauca, ignora que a sus compañeros de mesa les importa un pito dónde nació, lo que les importa es que se ría de sus chistes y los llame con ese chiflido especial que usted se inventó para reunirlos a todos en el parque. Sin embargo,  usted niega su pueblo, le gustaría decir que nació en Bogotá o en Medellín, como los que “tienen las relucas”, así dice usted cada vez que se acuerda de su primo Jonathan, el que trabajó con un duro y que murió en un accidente de tránsito cuando trataba de esquivar una moto que lo perseguía. Jonathan no quiso terminar el colegio, estudiaban juntos y usted le decía que no fuera bruto, que terminara, que después se largaba. Nunca le hizo caso. Usted sí acabó y para sorpresa de sus compañeros y profesores tuvo el Icfes más alto de su generación, así fue como pasó sin problemas a la universidad a estudiar derecho, no porque sea su vocación si no porque su papá se le dijo, porque necesita un abogado, uno de confianza, no ya, pero algún día. Lleva dos semestres estudiando derecho y ha perdido cinco materias, lo conocen más los meseros de los bares que los profesores. Si estudiara no tendría problemas con ninguna materia, usted entiende más rápido y más fácil que el resto de la gente, pero le da pereza, todo le da una pereza infinita. Cuando se queda en silencio su mente viaja y recuerda unas vacaciones en la finca, su mamá todavía no se había ido, recuerda que se levantaba a ayudarle a Raúl, que tomaba leche tibia, recién ordeñada, que su mamá le daba pan con colombiana y lo peinaba después de la ducha, que su papá se sentaba a mirar a lo lejos; eso es lo que quisiera hacer el resto de su vida. Levantarse a tomar leche recién ordeñada, que una mujer lo cuide y a mirar ese punto lejano en el que río se confunde con el cielo, que nadie lo joda, que nadie le diga nada. Dejarse llevar por la lentitud de los días en el llano, no hablar con nadie, no hacer más que lo necesario, un día a la vez, sin pensar en qué pasará el día siguiente. Vuelve al aquí y al ahora y se da cuenta que no sabe de qué hablan, no le importa en realidad así que se ríe solo y dice que si ya les contó de la tortuga que su papá le llevó un diciembre, esa historia no la conocen, lo escuchan con atención porque usted sabe contar historias, mantiene el ritmo, crea misterio, hace voces y gestos sin caer en la payasada. Dicen que su estilo para contar historias es el mismo de su tío, su papá habla mucho de él, Marco, el papá de Jonathan; dice que usted y el tío Marco se parecen mucho. Marco y su abuelo peleaban mucho, por todo, como usted y su papá, pero se querían con locura, como usted y su papá. Marco era el orgullo de su abuelo, el más “avispado” de la familia, el que terminó el colegio y se fue a Bogotá a estudiar en la Distrital. Nunca volvieron a saber de él hasta el día que les avisaron que se había ahorcado y que había dejado un niño. Usted no conoció al tío Marco, pero le atrae y le asusta a la vez que le digan que se parece a un suicida, cada vez que se emborracha con su papá aprovecha y le pregunta por el tío. Pensando en su tío Marco fue que un día se subió a la terraza del edificio de la esquina, dijo que quería ver de cerca a las lechuzas pero en realidad quería sentarse un rato en el borde de la azotea y fantasear con la caída. Antonio y Felipe lo agarraron y a la fuerza lo bajaron. Usted escupió a Felipe y le dio una patada a Antonio y les dijo que no fueran sapos. Nunca hablaron de eso. Y ahí están a su lado, pendientes de cada cosa que usted dice, buscando su aprobación y sus risas. Y usted acaba la quinta cerveza y se pierde de nuevo, piensa ahora en el apartamento del centro, el primero del que se acuerda, su mamá todavía estaba pero ya peleaba mucho con su papá, se acuerda que esa navidad su papá le regaló una bicicleta y que los ñeros de las cruces se la robaron, ese año nuevo fue cuando les avisaron que Marco se había ahorcado y tuvieron que pasar el primero de enero en una funeraria. Cada año nuevo usted se encierra en el baño y ahoga las ganas de llorar, le da puños a la pared porque no sabe por qué quiere llorar. Vuelve al presente, a la mesa y así de la nada le dice a Esteban que deje de meterse con Lorena, que si salen y arreglan todo. Esteban no dice nada y usted se ríe, “no mentiras, todo bien” le dice pero su mirada muestra otra cosa, otra cosa que Esteban entiende muy bien; Esteban no volverá a reír en toda la noche y se irá más temprano y solo a su casa. Usted se levanta y va al baño, se mira en el espejo, se mira con atención a los ojos, quiere entender, quiere saber cómo quitarse esa pereza, esas ganas de no hacer nada, esas ganas de largarse muy lejos donde nadie lo conozca, donde pueda decir que nació en Bogotá o en Medellín, donde pueda decir que sus viejos viven en la finca con el tío Marco, donde lo inviten a ronda tras ronda de cerveza hasta que el mundo pare y lo dejen en paz.

 

Mientras suena:

Anuncios

6 comentarios to “Que el mundo pare”

  1. Lalu Says:

    Qué pesar de todos.
    ¿Cómo hará uno para quitarse esa pereza?

  2. Pink·Inspiration Says:

    Hola jugodemaracuyá, otra vez emigré ahora a tu WordPress… estoy en http://pinkspiration.wordpress.com/ eres mi único fiel seguidor así que no podía dejar de avisarte jajaja!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: