Sarmiento nunca ha estado ahí

-De rodillas. Lo vi.

Sarmiento mira pasar el hueco negro del cañón de la pistola que el hombre flaco levanta hasta ponerla en su frente, gira los ojos y mira la cara del hombre. El flaco mira a través de él, como si estuviera frente a alguien invisible, sabe que está apuntándole a alguien pero no mira a Sarmiento. Sarmiento nunca ha estado ahí.

-Rozo, me voy a quedar hasta tarde, me avisa cuando vaya a cerrar.

Esa fue la única frase que cruzó con alguien en todo el día. Desde que se levantó, se duchó, preparó el café, salió de la casa donde rentaba una pieza, llegó a su oficina, se sentó frente al computador hasta cuando le pidió al celador que le avisara antes de cerrar, no dijo una sola palabra.

Rozo gruñó y Sarmiento no supo si le decía que sí, que claro, cómo no o si le decía cállese que no me deja escuchar el partido. No quiso asegurarse, Sarmiento no era dado a hacer preguntas. Una vez a los cuatro años preguntó tantas veces por qué que su papá le reventó la nariz.

Sarmiento empieza a doblar las rodillas y a dejarse caer, no puede pasar de un ángulo de veinte grados, queda ahí a mitad de camino, suspendido en el aire, casi congelado, como una escena a la que le pusieron pausa mientras se responde una llamada.

Rozo no le avisó. Sarmiento apagó la luz de su cubículo, caminó hasta la puerta doble fabricada en vidrio y la encontró cerrada con candado desde afuera. Recordó la vez que el jefe gastó empanadas para todos los que se habían quedado hasta tarde y olvidó contarlo. Ninguno de sus cinco compañeros de trasnocho se dio cuenta que para él no hubo empanada. O la vez que el jefe felicitó a Ramos por un trabajo que Sarmiento había hecho. Ramos no se molestó en corregir al jefe.

El flaco apoya una mano huesuda en el hombro de Sarmiento y lo empuja hacia abajo. Las piernas de Sarmiento vuelven a funcionar y se doblan hasta un ángulo de treinta grados. Detrás del flaco las luces del metro se reflejan en los mosaicos que decoran la entrada a la estación. El arquitecto los puso para alegrar la vista bajo la tierra, pero treinta y tres años de humo, de sudor, de mantenimiento mediocre los han dejado opacos y cubiertos por una lama que solo brilla de cuando en cuando.

Sarmiento contempló la idea de romper las puertas de  vidrio con la caneca metálica de la recepción. Continuó fantaseando con la idea de salir a la fuerza, como un hombre de acción incluso mientras se raspaba las costillas al pasar a la fuerza por una pequeña ventana que estaba en el costado izquierdo de la recepción y que daba a un callejón que hedía a orines.

Sarmiento empuja al flaco bajo el metro que aunque disminuye la velocidad aun va tan rápido como para aplastar a un hombre bajo sus ruedas. Los servicios de emergencia de la estación reaccionan con diligencia a pesar de la hora. Acordonan el lugar, interrogan testigos que dan versiones contradictorias acerca de quien empujó al flaco, cubren el cuerpo con una sábana blanca, avisan a las autoridades competentes. Sarmiento se abre paso hasta la calle por en medio de los pocos curiosos que a esa hora aun esperan el metro para volver a su casa. Camina hasta su pieza, cuando llega ya ha amanecido, prepara café, se sienta. Espera, no hace más.

Mientras suena:

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2 comentarios to “Sarmiento nunca ha estado ahí”

  1. Pau Says:


    ¡Venganza! Brutal, total con Morrissey.

    Saludos D.

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