La tienda en el pueblo

Luz Marina se limpia con la punta del delantal la gota de sudor que resbala por su frente. Levanta la mirada, la oscuridad del cuarto donde almacena las cervezas le impide ver con claridad lo que sucede afuera. Una carcajada larga, que termina en una tos de fumador anuncia la llegada del mayor de sus primos. No pudo librarse de ellos. Tal vez no debió contarles sus planes.

No necesita ayuda, puede levantar sin ningún problema dos petacos de cerveza llenos. Sin embargo, su prima insistió en que viajaría tan pronto como pudiera para ayudarle con la tienda. No le aclaró que viajaría con sus dos hijos y con sus tres hermanos. Ahora, los cuatro, están sentados en la mesa que debería ser de los clientes, bebiendo la cerveza que se suponía sería para los clientes. Se abanican con los restos en los que venían los paquetes de papas fritas, que no le ayudaron a poner sobre los estantes a la vista de los clientes, y sin embargo no tuvieron ningún problema en destrozar la caja y tomar dos paquetes de papas cada uno. Los niños, los dos hijos de su prima, corren desnudos por la tienda. Orinan y cagan donde la naturaleza los llama. La mamá los mira sin decir nada, espera a que Luz Marina limpie, al fin y al cabo es su tienda, los niños, son solo niños, y ella le ayuda sin cobrar si quiera.

Luz Marina pasó veintiocho de sus cuarenta y cinco años lavando ropas ajenas, limpiando de arriba a abajo casas ajenas, cuidando hijos ajenos, incluidos los de su prima. Nunca tuvo hijos propios. Ya no pasará, no por falta de ganas, pero su cuerpo ya no puede. Veintiocho años de ahorros invertidos en comprar una casa en su pueblo en el llano, lejos, muy lejos de Bogotá; acondicionar un local, surtirlo. El sueño de las tardes de domingo en las que los cerros le hacían extrañar la vista eterna y amplia de su pueblo en el llano.

Camina hasta la puerta. Sus cuatro primos han bebido dieciséis cervezas. Las suma en la cuenta, les ha cobrado y se niegan a pagar. Dicen que le pagan con trabajo. También se niegan a barrer, a recoger las botellas, a atender a los clientes, a bajarle a la música, a recibir las entregas de mercancía. La cuenta va en tres millones veintitrés mil pesos. Otra gota de sudor cae desde su frente, no la limpia, cae directo sobre el número dos de la suma que acaba de hacer, lo hace borroso, el papel absorbe el sudor y el número total se hace ilegible.

Destapa una cerveza, paga de su bolsillo el valor, toma un sorbo y saca el lote de empanadas que dejó separado desde la noche anterior. Lo deja sobre el mostrador, su prima no tardará en entrar a buscar algo para picar con las cervezas. Pone el ají al lado de las empanadas, corta un limón y pone las rodajas en un plato. Se equivoca, es el menor de sus primos el que entra buscando algo de comer. Toma la canasta con las empanadas, el ají y el limón. Luz Marina se sienta en un petaco a beber su cerveza, toma tragos largos cada cierto tiempo, observa a sus primos comer. Las empanadas son de papa criolla, carne y cianuro. Luz Marina entra un momento por otra cerveza, se sienta de nuevo en el petaco a observar la agonía de sus primos, esta cerveza no la paga.

 

Mientras suena:

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4 comentarios to “La tienda en el pueblo”

  1. Lalu Says:

    Toda la historia me acordó de los pueblos de los que habló Em a Reyes.
    Esta vez el final no me gustó, me pareció predecible y hasta perezoso.

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