Arnoldo y la oveja amarrada

Arnoldo fue el último que vivió en el Portachuelo. Ahora, la casa, minúscula y oscura, que construyeron los bisabuelos está abandonada. Sigue en pie porque las cosas antes se hacían para durar. La última vez que vi a Arnoldo ya estaba muy flaco. Tenía un saco verde de lana que parecía haber sido un uniforme de colegio, un pantalón de pana lleno de manchas de pasto, su tradicional sombrero y botas pantaneras negras. Arnoldo flotaba entre la ropa. Al verlo correr, como un espantapájaros que de repente cobra vida, me pregunté si alguna vez esa ropa fue de su talla.

En esa época todavía se cultivaba en Toca. Los terrenos aledaños al Portachuelo estaban sembrados de cebada. Había una franja de hierba que rodeaba la casa, e iba hasta los muros que quedaban en pie de la casa vieja. En esa franja verde pastaban las ovejas, un perro criollo de color amarillo dormía en el pasto, a veces se ponía panza arriba para que Arnoldo le rascara la barriga. Una de las ovejas estaba amarrada a una estaca clavada en la tierra. La soga le daba un campo de acción de unos dos metros a la redonda. Alrededor de esa oveja se reunían las demás, incluidas las crías. Era la única amarrada. Supuse que era el macho dominante del rebaño y que próximas a él se ubicaban las demás. No me convenció mi teoría, la oveja amarrada carecía de cuernos; en cualquier caso, era solo una idea, la única que se le ocurrió a un tipo llegado de la ciudad que solo conoce de animales por documentales que ha visto en tv.

Busqué a Arnoldo para preguntarle por qué esa oveja en particular estaba amarrada. Lo encontré en la cocina, soplaba con cuidado el carbón de la estufa para calentar un tinto. “Porque así se hace”, me respondió y soltó una carcajada. Cada vez que decía algo, Arnoldo reía. Nunca miraba a los ojos, parecía incomodarlo la cercanía de la gente, nunca hacía preguntas ni iniciaba conversaciones, siempre respondía al saludo y, a su modo, contestaba  las preguntas que se le hacían. Después me explicó que así le había enseñado su abuelo a trabajar los animales y así lo había hecho toda la vida. No sabía la razón, nunca se la había preguntado.

Mi papá cuenta que Arnoldo, su primo, fue un niño normal hasta la caída. Después de eso nunca volvió a encajar. Vivió hasta los cuarenta y siete años solo, en esa casa minúscula, oscura, solitaria en medio de las lomas que rodean a Toca. La última vez que fui ya no habían cultivos de cebada, ahora todo se importa; tampoco había rebaño de ovejas, mucho menos estaba Arnoldo. La casa sigue ahí, cada vez más minúscula y oscura como si la lluvia y el viento helado la encogieran año tras año. Llegará el día en que empiece a desmoronarse, los bisabuelos serán un recuerdo borroso en la mente de otros ancianos y Arnoldo una cara borrosa bajo un sombrero. Todavía no sé por qué se amarra solo una oveja, me gustaría mucho saberlo.

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