Archive for 21 enero 2014

Mi abuela

enero 21, 2014

Tengo la imagen de mi abuela sentada en el comedor de su casa, rodeada de hijos y nietos, la escuchamos divertidos. Mi abuela es una de las mejores narradoras que conozco. Tiene una gracia natural para contar que le fluye sin darse cuenta. Logra captar la atención de quién la escucha, imita tonos de voz, parafrasea con agudeza y justo en la frase final de sus historias logra dar el giro que provoca las carcajadas de quienes la escuchan. 

Mi abuela debe estar conectada a un tanque de oxígeno mínimo durante doce horas. La abuela es orgullosa y dice que no lo necesita aunque obedece a la recomendación del médico y “se enchufa” a diario, como ella misma dice. Es raro verla caminar despacio, hasta hace poco tiempo caminaba más rápido que sus nietos.

Con mis primos y hermanos coincidimos en que la abuela nos ha legado un lenguaje poderoso, lleno de dichos cargados de imágenes precisas aunque vengan de otro tiempo. Para mi abuela alguien prepotente se cree la vaca que más caga. Negar las bestialidades hechas en la infancia y la juventud es una clara muestra de que ninguna vaca se acuerda de cuando fue ternera. Alguna vez tuve el pelo largo y me veía fatal, según mi abuela parecía una gallina matada a escobazos. Mi prima menor es de muy corta estatura, lo cual es una fortuna ya que eso le asegura una juventud casi eterna porque vaca chiquita siempre será ternera.

El mundo en el que creció mi abuela ya no existe. Sin embargo puedo imaginarla en una Bogotá rural muy distinta a la que me tocó a mí. Mi abuela se volaba por el techo de su casa porque se aburría encerrada, montaba en carro esferado con los demás niños del barrio, se peleaba a puños con el que se metiera con sus hermanos. Ya no se escapa, ni pelea, ni maneja carro esferado; sigue contando historias, a pesar de sus años y limitaciones físicas sigue llena de berraquera y vitalidad. Si llego a viejo quiero ser como mi abuela.

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Lucila ya no es mi amiga

enero 8, 2014

Al principio Lucila y yo éramos las mejores amigas. Íbamos juntas a todas partes, al parque, a la casa de la abuela, a jugar con Natalia, a la casa de mi prima; una vez hasta me acompañó al médico, la abracé y no me dolió tanto la inyección.

No quiero que seamos amigas. No me gusta lo que me dice. No quiero responder a sus preguntas. No quiero que me acompañe a ninguna parte. A Lucila no le importa que ya no la quiera, se ríe cuando se lo digo y me obliga a llevarla a todas partes.

Antonio, el amigo de papá que trata de abrazar a mamá cuando la ve, trajo a Lucila cuando cumplí cinco años. Ese día papá y mamá hicieron una piñata a la que invitaron a todos mis amigos del colegio y a sus papás. Antonio no tiene hijos, antes tenía una esposa pero ya no. Papá lo invitó porque le da pesar verlo sin esposa. A mamá y a mí nos cae mal pero si le decimos eso a papá se va a poner muy triste.

Al final de la fiesta Antonio me entregó una bolsa de regalo de payasos. La rompí y saqué la muñeca más bonita del mundo. Antonio me dijo que se llamaba Lucila. Le dije que le quería cambiar el nombre por uno más bonito y me dijo que no se podía. No me importó. Lucila era hermosa, más bonita que cualquier muñeca de Natalia. Se iba a poner muy brava cuando se la mostrara. Por fin me caía bien Antonio, volvió a caerme mal cuando agarró a mamá de la cintura y trató de darle un beso.

Esa noche le dije a Lucila “hasta mañana” y ella cerró los ojos. Al día siguiente le conté a papá y a mamá y se rieron mucho. No me gusta que se rían cuando hablo en serio. Al principio Lucila decía poquitas cosas. Abrázame, dame un beso, te quiero. Cosas así. Era linda y cariñosa y yo la quería mucho. Después empezó a pedirme cosas y la quise más porque eran cosas divertidas. Robarnos el helado de la nevera de la abuela, echarle agua al gato de Natalia, quitarle la silla a papá antes de que se sentara. ¡Me hacía reír tanto! Aunque a papá y a mamá no les daba risa.

Empecé a dejar de quererla el día que me dijo que rayara las paredes del cuarto de Natalia. Le dije que no. El cuarto de Natalia tenía un circo pintado en las paredes. Era hermoso, me encantaba quedarme a dormir y contar los elefantes, los monos, al león, al domador, y a los trapecistas.

Lucila me dijo que si no rayaba las paredes mataba al gato de Natalia. Quise sacar a Tobías del cuarto pero pesaba mucho. Lucila corrió hacia la puerta y la cerró con seguro. Me puse a llorar cuando vi sus piernitas moverse a toda velocidad. Tobías gruñó cuando la vio correr y empezó a rasguñar la puerta. Lucila lo agarró del cuello y empezó a apretarlo. Yo lloraba y le decía que parara pero Lucila siguió apretando hasta que Tobías quedó quieto sobre la alfombra.

Natalia me dijo que ya no podíamos ser amigas. Me dijo bruja por haber matado a su mejor amigo. No me creyó que había sido Lucila. La mamá de Natalia tampoco me creyó. Papá y mamá menos. Ahora me llevan todos los viernes después del colegio a donde una señora que me pone a dibujar y me pregunta muchas cosas. Quisiera hablarle sobre Lucila pero no puedo. Debo llevarla a donde la señora, cuando abro la boca para contarle la verdad la miro y la veo sonreír con sus dientes pequeñitos y blancos y me dan ganas de llorar y de ir al baño. Dice que si no la llevo mata a la abuela.

He tratado de perderla cuando salimos a comer hamburguseas pero cuando volvemos al carro la veo acostada en el piso mirándome sonriente. Me queda poco tiempo para perderla. Ayer me preguntó que si quería más a papá o a mamá. Le dije que a los dos por igual. Me dijo que debo escoger. O mato a mamá o ella mata a papá.