Archive for 30 abril 2014

El sofá contra la ventana

abril 30, 2014

Nunca nos habíamos quedado a dormir en casa de los primos. Mi hermano no rió en todo el fin de semana y no entiendo por qué. Comimos pizza y jugamos en el parque. Ni siquiera sonrió. Tampoco me respondió cuando le pregunté si estaba bravo conmigo.

Salimos de casa de los primos directo al colegio, siempre nos llevaba papá y esta vez fue la tía Beatriz. Ya nos habíamos bajado del carro cuando nos llamó y nos apretó a cada uno con un brazo. Al soltarnos vi que se restregaba los ojos y le temblaba la boca. A veces mamá se ve como ella.

En el recreo busqué a mi hermano y no lo encontré en la cancha de fútbol, tampoco estaba en la cafetería ni en la biblioteca. No podía perderme el partido contra los de Primero C, ya lo vería a la salida. Mamá no fue a recogernos. Otra vez fue la tía Beatriz. Nos llevó a su casa, almorzamos con los primos e hicimos las tareas, después vimos una película, yo quería ver Los Increíbles otra vez, pero mis primos pusieron una de zombies, me gustan mucho, pero me dan pesadillas. No puedo decirles eso, no quiero que se burlen.

Después de comer, la tía Beatriz y el tío Jorge nos llevaron a casa. Mi hermano no quería entrar, no sé por qué. Yo sí entré corriendo, quería jugar con mis carros y con Buzz. Mamá estaba en pijama tomando tinto. Parecía enferma y se lo pregunté. No respondió nada, solo sonrió, me abrazó y me peinó el pelo que me caía en la frente.

El cuarto de mamá estaba revolcado, la cama sin tender y el armario casi desocupado. La biblioteca también tenía espacios vacíos donde antes había libros, fui a la sala, faltaban muchos cds. Mi hermano me vio y no me dijo nada, siguió derecho y se acostó. Me acosté en el sofá que da contra la ventana, así vería las luces del carro cuando fuera a entrar al garaje. Mamá me llamó para que me acostara. No quiero. Voy a esperar hasta que llegue.

 

 

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La mañana que conocí el hielo

abril 21, 2014

A los trece años había leído casi toda la biblioteca de mis abuelos a excepción de unos pocos libros eróticos, escondidos por mi abuelo, que poco tiempo después también leí. En esos años me parecía una biblioteca gigante y muy bien formada, parte de entrar de lleno a la adolescencia fue descubrir que esa biblioteca no era tan grande.

Las vacaciones de colegio las pasaba sentado de espaldas a una ventana, emocionado con Miguel Strogoff, Robinson Crusoe y las hermanas March. Una mañana de diciembre, ahogado entre el polvo que recogen los libros, comprobé que me quedaban muy pocos libros por leer en la casa de mi abuela. Uno de esos que me faltaban era gordo, más gordo que cualquier otro que hubiera leído antes. En la portada tenía el dibujo de una anciana sentada en una silla tosca de madera. No tenía lomo, así que para saber el título tuve que abrirlo. Cien años de soledad. Lo miré por un lado y otro, medí su peso en mi mano. Miré los libros que ya había leído, no quería releer. Decidí empezarlo a ver qué, si no me gustaba lo dejaría y listo.

“Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía…” el inicio fue un golpe justo en el pecho. Ninguno de los libros que había leído empezaba así (y ninguno de los posteriores), más adelante decía que el mundo era tan nuevo que muchas cosas aún no tenían nombre. Ese fragmento me emocionó, me sentí feliz, no sabía por qué pero ese libro me hablaba a mí, un niño de trece años. No pude soltar el libro hasta terminarlo.

Esa mañana de diciembre me marcó. Ese libro significó el paso de los libros infantiles y de aventuras a los libros de “adultos” (que también son de aventuras pero de otro tipo), ya no hubo vuelta atrás en mi fascinación por el ritmo de las frases de García Márquez. Algunos años después leí El amor en los tiempos del cólera y reí hasta las lágrimas, que es la mejor forma de reír, y descubrí a quien es mi personaje favorito: Juvenal Urbino.

Desde estos párrafos no aporto nada a la leyenda de García Márquez (nunca le dije, ni le diré Gabo, me parece un exceso de confianza), nada de lo que pueda decir o escribir es nuevo o no ha sido dicho antes. Estoy acá sentado escribiendo esto y lo único que quiero es decir lo feliz que soy al leer a García Márquez, lo mucho que me cuesta volver a ver el mundo con los mismos ojos después de sumergirme en el ritmo embriagante de su prosa; con él aprendí que el colombiano también es un idioma y es un idioma universal. Por último, digo al aire y a quien quiera escuchar: gracias Gabriel García Márquez.

 

Apuntes varios en el agua

abril 11, 2014

I.

Después de diecisiete años volví a una piscina. Algunas de mis articulaciones desean retirarse del fútbol antes que yo. Estoy acostumbrado a hacer deporte así que no iba a caer en el sedentarismo. Hice un trato con mis huesos y volví al agua. Dicen que nadie se olvida de cómo nadar o de cómo montar en bicicleta. Bueno, comprobé por el camino largo que de nadar sí se olvida. Al menos a mí me pasó. Visualizo los movimientos, cuando los ejecuto me siento torpe, como un pollo que aletea para no hundirse. Paciencia, me digo, pronto recordaré cómo se nada. Tiempo tengo.

II.

Son varios los amigos que me cuentan que empezaron a correr por salud. Me dicen que no solo se sienten mejor físicamente sino que mentalmente también. Hablan de cómo su mente se va vaciando de malas ideas, de mierda que tienen guardada y que los jode, y así paso a paso van eliminando lo que no les ayuda en nada hasta que su mente en pone en blanco y están tranquilos.

III.

Cuando estoy en el agua me siento ligero y libre a pesar de la torpeza de mis movimientos. Por momentos siento como brazos, piernas y respiración se coordinan en movimientos fluidos, esos momentos pasan pronto y vuelvo a sentirme como un pollo. Lentamente voy mejorando, muy lentamente. Poco a poco se hacen más frecuentes esos momentos en los que no pienso en lo que hago, sino que lo hago, mi cuerpo lo hace, mientras mi cabeza está en otro lado.

IV.

No todas las toxinas vienen de alimentos o bebidas. Muchas vienen de adentro. No todo lo bello y bueno es benéfico. No todos los dolores son negativos. Los dolores llegan, se instalan y se van.