La mañana que conocí el hielo

A los trece años había leído casi toda la biblioteca de mis abuelos a excepción de unos pocos libros eróticos, escondidos por mi abuelo, que poco tiempo después también leí. En esos años me parecía una biblioteca gigante y muy bien formada, parte de entrar de lleno a la adolescencia fue descubrir que esa biblioteca no era tan grande.

Las vacaciones de colegio las pasaba sentado de espaldas a una ventana, emocionado con Miguel Strogoff, Robinson Crusoe y las hermanas March. Una mañana de diciembre, ahogado entre el polvo que recogen los libros, comprobé que me quedaban muy pocos libros por leer en la casa de mi abuela. Uno de esos que me faltaban era gordo, más gordo que cualquier otro que hubiera leído antes. En la portada tenía el dibujo de una anciana sentada en una silla tosca de madera. No tenía lomo, así que para saber el título tuve que abrirlo. Cien años de soledad. Lo miré por un lado y otro, medí su peso en mi mano. Miré los libros que ya había leído, no quería releer. Decidí empezarlo a ver qué, si no me gustaba lo dejaría y listo.

“Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía…” el inicio fue un golpe justo en el pecho. Ninguno de los libros que había leído empezaba así (y ninguno de los posteriores), más adelante decía que el mundo era tan nuevo que muchas cosas aún no tenían nombre. Ese fragmento me emocionó, me sentí feliz, no sabía por qué pero ese libro me hablaba a mí, un niño de trece años. No pude soltar el libro hasta terminarlo.

Esa mañana de diciembre me marcó. Ese libro significó el paso de los libros infantiles y de aventuras a los libros de “adultos” (que también son de aventuras pero de otro tipo), ya no hubo vuelta atrás en mi fascinación por el ritmo de las frases de García Márquez. Algunos años después leí El amor en los tiempos del cólera y reí hasta las lágrimas, que es la mejor forma de reír, y descubrí a quien es mi personaje favorito: Juvenal Urbino.

Desde estos párrafos no aporto nada a la leyenda de García Márquez (nunca le dije, ni le diré Gabo, me parece un exceso de confianza), nada de lo que pueda decir o escribir es nuevo o no ha sido dicho antes. Estoy acá sentado escribiendo esto y lo único que quiero es decir lo feliz que soy al leer a García Márquez, lo mucho que me cuesta volver a ver el mundo con los mismos ojos después de sumergirme en el ritmo embriagante de su prosa; con él aprendí que el colombiano también es un idioma y es un idioma universal. Por último, digo al aire y a quien quiera escuchar: gracias Gabriel García Márquez.

 

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