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El Gobernador de los tejados y el guardián

julio 25, 2014

No es fácil mi oficio. Soy el gobernador de los tejados de este barrio. Muchos desean mi puesto, algún día lo perderé. Cuando ese día llegue me retiraré a la manga que queda a tres calles. Tiene un cerezo a un costado, cuando el sol cae en la tarde la sombra del cerezo se extiende por toda la manga. Es el sitio perfecto para dormir mi últimos días. Mientras tanto, mientras tenga fuerza y agilidad seguiré gobernando desde las alturas. Por ahora, dormiré un rato al sol, tal vez en la tarde baje y hable con Paco, lo he visto pensativo estos días.

Los humanos ignoran muchas cosas de nosotros, apenas les dejamos saber unas cuantas. No saben, por ejemplo, que  al dormitar en realidad reflexionamos. A veces soñamos, como todo el mundo, sin embargo no es lo usual, por lo general nos abandonamos a profundas discusiones filosóficas. Hace un rato, mientras cabeceaba bajo el sol del medio día, concluí que Paco sería un gran sucesor, solo que él no eligió este camino. Su oficio es aun más complejo que el mío. Los humanos tampoco saben que nosotros escogemos nuestro oficio poco tiempo después de abrir los ojos. Algunos escogen ser cazadores, otros desean ser gigolós, otros desean ser ladrones, algunos son sanadores. Yo escogí el poder, no ha sido fácil llegar hasta este tejado. Paco, por su parte, escogió un oficio que requiere mucha paciencia y abnegación, es en realidad un apostolado, Paco escogió ser guardián de humanos.

La humana que Paco cuida es una chica dulce y silenciosa. Muchas veces la he visto leer bajo el sol mientras escucha música. Por lo general, sale muy temprano en la mañana, le gustan los vestidos con flores; esto lo sé porque Paco me lo ha contado. El oficio de Paco inicia desde muy temprano, antes de que salga el sol debe asegurarse de que su humana despierte, después la acompaña en todo el proceso de alistarse para salir, desayunar y la deja en la puerta. Sin que ella lo note la observa por la ventana hasta que la pierde de vista. Los guardianes de humanos, además de pacientes, deben ser grandes actores, deben fingir indiferencia y displicencia, su talento es tal que los humanos están convencidos de ser ellos quienes cuidan a su guardián. Pobres, si supieran.

Ayer estuvo merodeando por acá un candidato a gobernador joven y fuerte, está interesado en estos tejados. Apenas lo vi desde las alturas, no se atrevió a subir. Paco lo vio desde su ventana. Estaba ahí parado esperando a su humana cuando lo vio atravesar la calle y sentarse bajo la sombra del edificio. Paco lo observó durante el ritual de asearse, esperó a que estuviera presentable para hablarle. Es una de las peores groserías interrumpir el ritual de aseo de alguno de nosotros. Paco le habló de mí, describió mis fuerzas y le contó mis hazañas como señor de estos tejados. Gracias a sus palabras ese joven no volverá por acá en mucho tiempo. Por mi parte, sé como retribuir el favor que me ha hecho Paco. Su humana lleva ausente algunos días, por eso Paco ha estado pensativo. Ya hice gestiones con mi gente, logré averiguar con algunos sanadores sobre su estado. Tanto ellos como los humanos están muy optimistas, dicen que pronto se recuperará y regresará a casa. Voy a filosofar al sol un rato, hay un par de cuestiones éticas que debo resolver, cuando despierte bajaré y le daré la buena noticia a Paco, es un buen chico y un gran guardián de humanos.

Los muchachos

julio 7, 2014

I.

Uno de los primeros recuerdos de infancia que tengo es ver a mi papá saltar y romper una lámpara de techo. Estaba celebrando un gol de Colombia. En aquellos años no ganábamos nunca. Crecí viendo a mi papá sufrir y gozar por el fútbol.

Para el mundial del 94 mi papá fue a Sanandresito y compró el televisor más grande y moderno de la época. Quería ver los goles de la selección de la mejor manera posible. El amor de mi papá por el fútbol murió, ya venía herido, la madrugada en que asesinaron a Andrés Escobar.

II.

En junio de 2014 mi hermano y yo, herederos de la pasión futbolística de mi padre, creíamos. Con cautela, pero creíamos. Mi papá observaba desde lejos, sin involucrarse. Y entonces sucedió. Los muchachos jugaron y ganaron. Y ganaron bien.

III.

El profe Pékerman da una instrucción y Faryd se quita el peto. Faryd a sus cuarenta y tres años va a jugar los últimos minutos de un partido que los muchachos ganan. Faryd y el profe se abrazan y es demasiado para mí. Empiezo a llorar y no pararé hasta cuando se acabe el partido. Mi hermana llora emocionada, mi papá nos mira, parece que va a decir algo, se arrepiente y sigue mirando el partido.

IV.

James la para de pecho, gira y hace el gol más bonito que yo haya visto en un mundial. Grito hasta que me duele la garganta. En medio de la locura alcanzo a ver a mi papá celebrando. Ha vuelto el brillo a su mirada después de dieciséis años.

V.

Esperamos a que pase el bus de la selección. Hay tanto ruido de cornetas, vuvuzelas y cantos que es casi imposible hablar entre nosotros.  Ahí vienen, grita alguien. Veo al profe Pékerman agitar una bandera de Colombia y lloro de nuevo. Mi primo no puede parar de llorar, por fin se libera de cosas que un niño de catorce años no debería haber vivido. Gracias a los muchachos puede desahogarse.

El bus se aleja, miro a mi hermana y a mis primos. Tenemos los ojos rojos y la sonrisa gigante.

VI.

Durante veinte días vivimos un carnaval. Algo que nunca había visto y que deseo repetir. Los muchachos lograron eso. Jugaron con ganas, convencidos de lo que hacían. Cada vez que hacían un gol celebraban juntos, con alegría. Jugaron como amigos y qué difícil es ganarle a un equipo de amigos.

Estos veinte días vi enamorarse de la selección a personas que nunca antes se habían interesado por el fútbol. Nos regalaron veinte días en los que creímos, nos tuvimos fe, nos unimos.

Gracias por tanto, ojalá pudiera abrazarlos a todos, en especial al profe Pékerman, el papá de esa banda de muchachos sonrientes que nos hicieron tan felices.