Tomás y la memoria del anciano

El sol de las tres de la tarde se cuela entre las ramas del árbol del patio y caen directo sobre el lomo de Tomás. Bosteza y gira para quedar de cara al sol. El sonido de la silla de ruedas rozando contra la hierba lo obliga a abrir un ojo. La gigante venida del campo empuja desde la oscuridad de la casa la silla del anciano que mira maravillado las flores del jardín. Tomás bosteza y estira todo su cuerpo, se sienta sobre sus patas traseras y acicala sus orejas, le gusta estar presentable cuando habla con el anciano.

Hoy está en uno de sus buenos días, lo nota por la mirada de asombro. Esta ha sido la semana de las primeras veces. Observa cada rincón del patio como si lo viera por primera vez, no recuerda que fue él quién plantó las flores y el mango. Tres días antes interrogó con educación a la señora que fue a visitarlo, no recordó que era su hija mayor. En este momento se quita el sombrero que lo protege del sol, lo examina confundido, aprieta la boca y trata de meter su brazo en el sombrero. La mujer gigante se lo quita con suavidad y vuelve a ponérselo sobre la cabeza.

Por fin lo ve. Sonríe y levanta un brazo tembloroso. La mujer gigante entiende y ubica la silla debajo del árbol de mango junto a Tomás que los mira con indiferencia. Dentro de la casa suena el teléfono que está pegado a la pared junto a la nevera. Con dificultad la mujer gigante corre hacia el sonido haciendo temblar el suelo. En cuanto la oscuridad de la casa se traga a la gigante, Tomás salta sobre las piernas heladas e inservibles del anciano. El viejo sonríe y lo reconoce, Tommy, Tommyboy, gato vagabundo, dice en un susurro lleno de saliva. Tomás apoya las patas delanteras en el pecho del anciano y pega su nariz a la del anciano.

Tomás escucha y asiente. Se restriega contra el anciano y permite que le ponga su temblorosa y pesada mano derecha sobre su lomo. Ese es el contacto necesario. Tomás ronronea con suavidad al principio, aumenta la frecuencia, el anciano cierra los ojos y siente la vibración bajo su mano. Desde la punta de sus dedos siente cómo ascienden las imágenes que llenarán su memoria durante veinte minutos, el tiempo máximo que su cerebro cansado logra retener. Tomás le muestra cómo trabajó en el jardín, cómo jugaba con sus hijos, cómo acariciaba las piernas de su esposa por debajo de la mesa en las cenas familiares. Tomás cambia el tipo de ronroneo y le muestra fragmentos de su propia vida, una rata gorda que huye, una gata bella y ruidosa, un salta de dos metros perfecto. El anciano ríe, su corazón se acelera y por unos segundos siente su cuerpo lleno de vida una vez más. Tomás disminuye el ronroneo, el anciano abre los ojos reconoce su casa, recuerda su vida, llora en parte de felicidad de poder recordar, en parte de rabia. Los ojos del anciano se nublan y se fijan en el vacío, se ha ido de nuevo. Tomás restriega su nariz contra la del anciano, esta vez duró menos la memoria. Tomás suspira y se prepara para la despedida, pronto llegará la hora. Por ahora debe ocuparse de una familia de ratones que acaba de instalarse en el desván.

 

 

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