Las palabras en el tren

La neblina cubre la parte oriental de la estación, los cerros desaparecen casi hasta su cima, el tren se adivina por su continuo tractrac como si fuera el tren fantasma que sube en las noches sin Luna a la Sierra. Rojo, salpicado de gotas de rocío y de neblina condensada aparece frente a la estación. La fila que los ordenados habitantes de la ciudad de los cerros forma se rompe en cuanto el tren se detiene. La mujer que vende fracciones de tiempo a ejecutivos muy ocupados empuja sin fijarse a quién, debe ingresar en este tren, el próximo llega en dos minutos y treinta y un segundos, conocedora de su producto sabe que cada segundo perdido es dinero que deja de recibir. Un hombre que carga un cachorro de cerbero gira y la observa con frialdad, las tres cabezas del cachorro bostezan a la vez y cierran los ojos. Un guardia se acerca corriendo mientras sostiene su sombrero, quiere saber dónde puede conseguir un perro igual, quiere saber si es bueno con los niños. La vendedora de tiempo pasa en medio del hombre del cachorro y del guardia y empuja a una anciana millonaria que aburrida en su casa llena de sirvientes viaja una y otras vez en esa línea pidiendo limosna. “Una limonista para la viejita”, le dice la anciana a la mujer que la ha empujado, sin mirarla la mujer saca un bono de treinta segundos y lo arroja en la mano estirada de la anciana. La anciana lo mira desconsolada, el tiempo ya es una carga para ella. Dos ladrones aprovechan el desorden y la algarabía para revisar los bolsillos de los pasajeros, el guardia los observa sin poder llegar a ellos, encoge los hombros y continua acariciando las tres cabezas del cachorro. Las puertas del tren se cierran y se reanuda el tractrac invisible bajo la niebla. Dentro del vagón caen gotas de agua mezclada con sudor del techo, una ordenanza del gobierno municipal impide que las ventanas se puedan abrir, en parte para proteger los elaborados peinados de los habitantes de la ciudad de los cerros, en parte para evitar que los ciudadanos en sus prisas incesantes se lancen por las ventanas en cuanto se acercan a su destino. Un hombre excéntrico viaja con su orquesta personal, incomoda a los pasajeros pero parece no importarle, encoge los hombros con desdén cuando una mujer le pide que por favor silencie a la sección de percusión al menos por diez minutos. Un silencio cae como lluvia sobre los pasajeros del tren, sin saber por qué ni cómo uno a uno, orquesta incluida, los pasajeros se quedan callados. Miran a su alrededor tratando de entender. Al fin lo ubican. Un hombre ha sacado de su gabán una carta, del papel brotan palabras moradas perfumadas, cada palabra salta del papel y corre entre los pasajeros, el hombre sonríe al leer la carta, pronto los pasajeros se unen a su sonrisa, observan como en sueños a las palabras que corren acariciadoras frente a sus ojos. El hombre dobla con cuidado la carta y la guarda en el bolsillo interior del pecho. Como si despertaran, las conversaciones, los gritos, los reclamos, la orquesta vuelven a su algarabía habitual, saben que algo ha sucedido, se miran con estupor unos a otros. Solo el hombre del gabán y la anciana millonaria, que ha guardado una de las palabras en su corpiño, saben lo que ha sucedido. Solo ellos sonríen en silencio en medio de la algarabía y la lluvia de sudor del tren.

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