Archive for 31 marzo 2015

El sabor de la felicidad

marzo 31, 2015

El gato abre un ojo, afuera aun está oscuro pero él sabe que ya es hora. Se estira sobre la cama, abre las fauces, una lengua rosada y rasposa se asoma entre sus colmillos. Camina con suavidad hacia la cabecera de la cama, con suavidad pero con insistencia mordisquea la negra melena que asoma bajo la colcha y cubre la almohada. La mujer abre los ojos, acaricia el cuello del gato y se levanta a darle de comer. En su vida anterior nunca se levantaba tan rápido, de hecho alargaba hasta cuando le era posible el momento de abandonar la cama.

Mira comer al gato mientras prepara café con leche, huevos con jamón y cilantro, pan francés y jugo de mango y guayaba. En la comida estaba la respuesta, siempre lo supo aunque decidió ignorarlo mucho tiempo. Toma una ducha larga y caliente, en su vida anterior pasaba corriendo bajo el chorro de agua, corría hasta la estación y se abría paso a codazos para embutirse en un vagón lleno de oficinistas y estudiantes, corría hasta el edificio de 36 pisos para sentarse frente a una pantalla de excel durante ocho horas, al final de las cuales repetía la entrada a codazos a un vagón atestado y de vuelta a la cama a dormir para no pensar.

Mira por la ventana de su cuarto mientras se viste, jean, camiseta y tenis. No más tacones ni trajes. En la distancia las montañas parecen azules apenas más oscuras que el cielo de una mañana que será soleada. Camina por el camino de piedra que une la carretera con su casa, abre la verja, hoy es lunes de recibir proveedores y pronto el primero entra ondeando una gorra a manera de saludo.

Pasa la mañana recibiendo frutas, verduras, cereales, aceite, carnes, pescados, aves, leche, queso, mantequilla; todo fresco, sin químicos, como le gusta, como debe ser. Un día de su vida anterior se levantó, miró por la ventana y decidió que no correría más en esa ciudad gris, guardó su diploma y desempolvó su amor por la cocina.

Segunda ducha del día, esta vez es más corta y fría, la necesita para refrescarse y reactivar sus músculos adoloridos después de clasificar y almacenar los ingredientes que utilizará durante esta semana. Atraviesa el césped mientras piensa en el postre que planea preparar, entra en la cocina que conforma el núcleo de su nueva vida, selecciona los frutos rojos que va a emplear, sabe que será delicioso y que en dos semanas será la nueva estrella del menú, a ese debe saber la felicidad.

No se equivoque, viejito

marzo 5, 2015

El teniente Andrade se rascó la cabeza sudorosa bajo el casco en el que se leía su número de identificación como agente. Nunca hay noches tranquilas en esta ciudad, pensó mientras miraba al hombre borracho amenazar a la vendedora ambulante.

Andrade estaba recorriendo la zona de bares de la ciudad, gringos buscando mujeres de faldas cortas y tarifas largas, jóvenes locales reuniendo dinero para “seguirla”, borrachos abrazados, parejas demasiado cariñosas, lo usual en cada noche de sábado. Tuvo que dar un giro de 180° al escuchar los gritos.

Fue la vendedora ambulante quién lo alertó con sus gritos. El hombre, borracho casi a punto de caer, golpeaba con el índice la frente de la diminuta vendedora, dieciocho máximo veinte años, calculó Andrade al acercarse. Cobarde, pensó, y lo tomó del brazo para alejarlo de la mujer que lloraba y recogía dulces, chocolates, cigarrillos y lo metía todo de manera desordenada en un cajón de madera.

-Suélteme, no sea sapo.

Andrade giró al hombre y por primera vez lo vio a los ojos. La mirada del hombre era burlona en medio de su borrachera. Miró a Andrade de arriba a abajo y soltó una carcajada.

-Pobretón igualado. Asalariado.

Andrade cerró los ojos y contó hasta diez. Estaba cansado, muy cansado. Cada noche en esa zona era lo mismo. Políticos, empresarios, famosos que creían estar por encima de las leyes. Aunque eran peores sus hijos, niñitos malcriados a quienes sus padres habían dado gusto en todo y no conocían una voluntad distinta a la propia. Masajeó sus sienes y le pidió la identificación al hombre.

– No se equivoque, viejito. ¿Usted no sabe quién soy yo?

A partir de ese momento para Andrade la noche se convirtió en una mancha borrosa en su mente. Hay una gran laguna entre esa pregunta y este instante. Andrade observa a un hombre aterrado, sin dientes, sin dedos. No sabe cómo llegó ese cuchillo ensangrentado a sus manos, no recuerda nada de lo anterior. Solo sabe que debe terminar el trabajo. Debe cortarle la lengua, desaparecer la evidencia y abandonar al ricachón lejos, muy lejos de la ciudad.

-No, viejito, no sé quién es usted. Lo bueno es que después de hoy nadie va a saber. Más bien saque esa lengua y estírela, colabore que ya casi acabamos.

El cuaderno que me regaló mi hermano

marzo 4, 2015

Mi hermano me regaló un cuaderno. Lo trajo de un viaje en el que se fue a mochilear en un país en los que cae nieve. Es muy jodido cargar cosas adicionales a las necesarias cuando uno está mochileando y peor si toca caminar con temperaturas bajo cero.

La tapa del cuaderno es una foto de un cielo azul, hay una nube blanca y pequeña perdida en ese cielo. El cuaderno tiene nombre, se llama Skywritting. Por dentro es una extensión de la tapa, cielos azules acompañados de unas cuantas nubes blancas. El tipo de cielo que uno imagina cuando piensa en un día ideal para salir a caminar.

He tenido muchos cuadernos a lo largo de mi vida, no me refiero a los cuadernos del colegio ni a los de la universidad, me refiero a varios cuadernos en los que he escrito con libertad, lo que que se me daba. Solo que nunca había tenido un cuaderno tan bonito y tan importante.

Durante un buen tiempo el cuaderno estuvo sobre mi escritorio, por las noches, al llegar de trabajar, lo miraba, pasaba las hojas y volvía a dejarlo en su sitio. Saqué el esfero más bonito que tengo y lo puse sobre la tapa del cuaderno. El esfero es rojo brillante; a la luz de las tardes de los días de sol, el azul del cuaderno y el rojo del esfero hacen un contraste como para tomarle foto, subirla a red social y posar de interesante.

Una tarde de diciembre vi una señora embarazada cruzar caminando una de las carrileras por las que todavía pasa el tren. La señora acariciaba su barriga, sonreía y le hablaba a su bebé. A la señora le importaba un carajo si alguien la estaba viendo, en ese instante en todo el mundo solo existieron ella y su bebé. Continué mi camino, aflojé el paso y repasé la escena. En ese momento entendí que el cuaderno había hecho ese viaje hasta mi escritorio para ser llenado con escenas de ese tipo. Ahora, estoy en pleno entrenamiento, busco escenas para mi cuaderno. No es un cuaderno cualquiera, además de ser muy bonito es un regalo de mi hermano.