No se equivoque, viejito

El teniente Andrade se rascó la cabeza sudorosa bajo el casco en el que se leía su número de identificación como agente. Nunca hay noches tranquilas en esta ciudad, pensó mientras miraba al hombre borracho amenazar a la vendedora ambulante.

Andrade estaba recorriendo la zona de bares de la ciudad, gringos buscando mujeres de faldas cortas y tarifas largas, jóvenes locales reuniendo dinero para “seguirla”, borrachos abrazados, parejas demasiado cariñosas, lo usual en cada noche de sábado. Tuvo que dar un giro de 180° al escuchar los gritos.

Fue la vendedora ambulante quién lo alertó con sus gritos. El hombre, borracho casi a punto de caer, golpeaba con el índice la frente de la diminuta vendedora, dieciocho máximo veinte años, calculó Andrade al acercarse. Cobarde, pensó, y lo tomó del brazo para alejarlo de la mujer que lloraba y recogía dulces, chocolates, cigarrillos y lo metía todo de manera desordenada en un cajón de madera.

-Suélteme, no sea sapo.

Andrade giró al hombre y por primera vez lo vio a los ojos. La mirada del hombre era burlona en medio de su borrachera. Miró a Andrade de arriba a abajo y soltó una carcajada.

-Pobretón igualado. Asalariado.

Andrade cerró los ojos y contó hasta diez. Estaba cansado, muy cansado. Cada noche en esa zona era lo mismo. Políticos, empresarios, famosos que creían estar por encima de las leyes. Aunque eran peores sus hijos, niñitos malcriados a quienes sus padres habían dado gusto en todo y no conocían una voluntad distinta a la propia. Masajeó sus sienes y le pidió la identificación al hombre.

– No se equivoque, viejito. ¿Usted no sabe quién soy yo?

A partir de ese momento para Andrade la noche se convirtió en una mancha borrosa en su mente. Hay una gran laguna entre esa pregunta y este instante. Andrade observa a un hombre aterrado, sin dientes, sin dedos. No sabe cómo llegó ese cuchillo ensangrentado a sus manos, no recuerda nada de lo anterior. Solo sabe que debe terminar el trabajo. Debe cortarle la lengua, desaparecer la evidencia y abandonar al ricachón lejos, muy lejos de la ciudad.

-No, viejito, no sé quién es usted. Lo bueno es que después de hoy nadie va a saber. Más bien saque esa lengua y estírela, colabore que ya casi acabamos.

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4 comentarios to “No se equivoque, viejito”

  1. No importa Says:

    Que buena historia… apenas para lo que se ve cada fin de semana

  2. Daniela Says:

    Uff… qué final fuerte.

    Qué asco esa gente que busca prostitutas y los ricachones sobradores que se creen impunes.

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