Archive for 29 mayo 2015

Los 327

mayo 29, 2015

Los vendedores de tinto y los fotógrafos lo observaron de reojo, era uno más de los que a diario se ven deambular por la plaza de Bolívar. Descalzo, con el pelo largo y desordenado, pantalones rotos, camiseta que hace mucho tiempo fue blanca, manos grandes, de uñas sucias y rotas, mirada esquiva que se brincaba de un objeto a otro como mosca buscando dulce. Lo que lo diferenciaba de otros visitantes de su mismo estilo era el cartel que sostenía. “Solo 327”, decía.

Durante toda la mañana agitó el cartel, corrió de un lado a otro de la plaza, interceptó a una niña que corría apurada a clase y a un paseador de perros, les aseguró que eran parte de los 327, que lo sabía porque el espíritu se lo estaba diciendo en este momento. La niña corrió asustada y se perdió por una calle detrás de la Alcaldía, el paseador de perros rió y le dijo “bacano, hermano” y siguió su camino.

Lo observé desde las escaleras de la Catedral, ahí debía encontrarme con un secretario de un asistente del ex presi antes de medio día para resolver unos asuntos que ya no importan, así como ya nada importa. Después del encuentro con el tipo, en medio de la euforia por el bussines ganado, me acerqué al hombre del cartel. Le ofrecí lo que quedaba de mi gaseosa y le pregunté si yo era uno de los 327. Se rió y en su carcajada echó en mi cara el aliento de no conocer un cepillo de dientes en mucho tiempo.

-El espíritu me avisa quién sí, y usted nada de nada.

Se sentó a mi lado y me contó que una mañana estaba tomando tinto en su oficina, era contador en una ferretería del centro, cuando una voz le ordenó quedarse quieto. La voz lo durmió y le mostró el futuro. Caos, muerte y destrucción, lo usual en esos casos. Su misión era reunir a los 327 que se iban a salvar en la ciudad y llevarlos a los cerros del sur y allá los recogerían en los platillos. Pero había fallado. Solo uno le había creído de los 53 que había encontrado, contando a los dos de la mañana, ya no alcanzaba a encontrar el resto. Y eso que había dedicado siete meses a recorrer la ciudad buscando a los 327. Lo tranquilicé diciendo que aún tenía tiempo.

-¿Cuáles, hermano? Mañana es el día.

Empezó como un terremoto en California, el movimiento activó el súper volcán de Yellowstone, y de ahí en adelante fue una reacción en cadena que recorrió el planeta en catorce horas. Hace tres días estoy encerrado, la vela está casi consumida, el sol no se ha vuelto a ver por las cenizas y el polvo. Lo último que supe, antes de que la señal se apagara, es que el mar se había tragado medio país. Afuera no se oyen voces humanas, solo los aullidos de la manada de perros callejeros que buscan comida en medio de los escombros. Supongo que ya me olieron. La última vez que salí fue la noche que empezó todo, en el noticiero informaron de extrañas luces voladoras en los cerros del sur.

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Los gigantes y las palabras

mayo 13, 2015

El viento corre caliente a esa hora de la tarde, arrastra minúsculas partículas de polvo que insisten en entrar a los ojos aun cuando estén entrecerrados y solo sean una rendija. Arriba de su cabeza el hombre viejo y flaco discute con el hombre bajito y barrigón. Una vez más el bajito y barrigón busca detener al anciano.

El hombre bajo se desespera, abre los ojos y agita los brazos, señala hacia el horizonte, una vena se brota en su frente, frustrado lleva sus manos a los ojos y desde ahí las desliza por su barba descuidada y llena de polvo. El anciano se estira y hace sonar sus coyunturas, ajusta la celada y toma con firmeza la lanza.

Antes de partir al galope, el anciano gira la cabeza y sonríe al ver la expresión del bajito y barrigón. El burro mira de reojo a su jinete, y sonríe a su vez, no puede evitarlo al ver la cara de espanto y confusión que trata de disimular entrecerrando los ojos y analizando los molinos que el anciano se dispone atacar.

-Son gigantes -dice el anciano y le guiña un ojo al burro. Su jinete es caso perdido, no entiende y no puede ver.

“Son gigantes” repite para sí el burro y al hacerlo los ve. Cuatro metros de alto, brazos largos y poderosos, voces rugientes que el viento arrastra. El burro comprende. El anciano no está loco, está creando su propio mundo. Dice gigantes y la palabra toma forma y consistencia, son gigantes.

El burro observa a su jinete, el hombre bajito y barrigón, un profundo sentimiento de lástima lo invade, el jinete nunca comprenderá el poder de las palabras, nunca podrá entrar al mundo que el anciano está creando, quiere creer, se esfuerza por hacerlo, pero sus palabras no tienen la fuerza necesaria. El burro suspira, arranca un mordisco de hierba amarillenta y seca, mastica con lentitud la deliciosa y fresca hierba que acaba de arrancar y observa como el anciano se enfrenta a los malvados gigantes.