Los 327

Los vendedores de tinto y los fotógrafos lo observaron de reojo, era uno más de los que a diario se ven deambular por la plaza de Bolívar. Descalzo, con el pelo largo y desordenado, pantalones rotos, camiseta que hace mucho tiempo fue blanca, manos grandes, de uñas sucias y rotas, mirada esquiva que se brincaba de un objeto a otro como mosca buscando dulce. Lo que lo diferenciaba de otros visitantes de su mismo estilo era el cartel que sostenía. “Solo 327”, decía.

Durante toda la mañana agitó el cartel, corrió de un lado a otro de la plaza, interceptó a una niña que corría apurada a clase y a un paseador de perros, les aseguró que eran parte de los 327, que lo sabía porque el espíritu se lo estaba diciendo en este momento. La niña corrió asustada y se perdió por una calle detrás de la Alcaldía, el paseador de perros rió y le dijo “bacano, hermano” y siguió su camino.

Lo observé desde las escaleras de la Catedral, ahí debía encontrarme con un secretario de un asistente del ex presi antes de medio día para resolver unos asuntos que ya no importan, así como ya nada importa. Después del encuentro con el tipo, en medio de la euforia por el bussines ganado, me acerqué al hombre del cartel. Le ofrecí lo que quedaba de mi gaseosa y le pregunté si yo era uno de los 327. Se rió y en su carcajada echó en mi cara el aliento de no conocer un cepillo de dientes en mucho tiempo.

-El espíritu me avisa quién sí, y usted nada de nada.

Se sentó a mi lado y me contó que una mañana estaba tomando tinto en su oficina, era contador en una ferretería del centro, cuando una voz le ordenó quedarse quieto. La voz lo durmió y le mostró el futuro. Caos, muerte y destrucción, lo usual en esos casos. Su misión era reunir a los 327 que se iban a salvar en la ciudad y llevarlos a los cerros del sur y allá los recogerían en los platillos. Pero había fallado. Solo uno le había creído de los 53 que había encontrado, contando a los dos de la mañana, ya no alcanzaba a encontrar el resto. Y eso que había dedicado siete meses a recorrer la ciudad buscando a los 327. Lo tranquilicé diciendo que aún tenía tiempo.

-¿Cuáles, hermano? Mañana es el día.

Empezó como un terremoto en California, el movimiento activó el súper volcán de Yellowstone, y de ahí en adelante fue una reacción en cadena que recorrió el planeta en catorce horas. Hace tres días estoy encerrado, la vela está casi consumida, el sol no se ha vuelto a ver por las cenizas y el polvo. Lo último que supe, antes de que la señal se apagara, es que el mar se había tragado medio país. Afuera no se oyen voces humanas, solo los aullidos de la manada de perros callejeros que buscan comida en medio de los escombros. Supongo que ya me olieron. La última vez que salí fue la noche que empezó todo, en el noticiero informaron de extrañas luces voladoras en los cerros del sur.

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2 comentarios to “Los 327”

  1. Augusto Jamal Says:

    Es bueno.

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