Archive for 15 septiembre 2015

La pelota que se aburrió de la física

septiembre 15, 2015

A esa hora de la tarde la luz del sol entra oblicua por la ventana, las sombras empiezan a estirarse y pronto crecerán hasta cubrir todo el cuarto. Bajo la cama hace mucho frío y no hay con quién hablar, junto a la pata de la cabecera el cadáver de una cucaracha descansa boca arriba, unos centímetros a su izquierda una media  suspira por su compañera perdida hace mucho tiempo, el brazo de una muñeca le da palmaditas reconfortantes y con voz ahogada, por sus propias penas, trata de darle ánimo. A unos centímetros del cubrecama, la pelota de caucho observa cómo las sombras le ganan la partida a la luz y reflexiona sobre su vida.

Hace muchos años llegó a su cuarto, era reluciente, lisa y hermosa, la pelota más redonda que había sido fabricada por Rubber Toys Inc en la lejana Louisiana. No recuerda nada del viaje que la llevó hasta ese bello cuarto del barrio La Soledad porque una vez terminada fue inducida a un sueño artificial y sin sueños en una cámara de conservación plástica.

Los primeros días fueron maravillosos. La niña la llevaba a todos lados. Dormían juntas, tomaban el desayuno juntas y hasta a la tina la llevaba, donde estaba una de ellas estaba la otra. Fueron días soleados, como una tarde eterna de verano en la que corría una brisa refrescante. Todavía recuerda los veranos ardientes de Lousiana. Por un momento piensa en su amigo Ignatius, una pelota loca con serios problemas de adaptación, espera que haya tenido una vida mejor que la suya.

Todo empezó a rodar cuesta abajo el día que en medio de una pataleta la niña la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared. A pesar del dolor del golpe no pudo detener su viaje y regresó mansa a las manos de la niña. Durante un tiempo volvieron a ser las mejores amigas, la niña hasta le pidió perdón por sus impulsos, debes entenderme, así soy, le dijo. Pero volvió a pasar, una y otra y otra vez.

La pelota observa su silueta en la luz ya escasa del atardecer. Ya no queda rastro de su redondez perfecta, está llena de marcas de golpes. Cierra los ojos con fuerza, frustrada por volver a las manos de la niña una y otra vez en contra de su voluntad. Ya no quiere seguir con esa vida, merece algo más, un mejor trato, alguien que sí la aprecie. No más, decide. Ese rebote que la llevó bajo la cama fue el último.

Unas manos pequeñas, untadas de arequipe palpan bajo la cama, la pelota rueda a su encuentro, la niña la levanta, da un grito mitad furia histérica, mitad euforia y la lanza con todas sus fuerzas contra la pared. La pelota, concentra toda su voluntad en ese instante definitivo de su vida, lucha contra su naturaleza y en un esfuerzo que casi la consume se endurece y atraviesa la pared. Afuera, vuela sobre el patio, sobre las calles, sobre el parque. Sonríe, es un día de verano en el lejano sur y la brisa la alcanza.

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El cazador de palomas

septiembre 8, 2015

A esa hora de la mañana los cerros son una sombra detrás de las nubes, aun no hay cielo. Las calles se llenan poco a poco, un estudiante corre apurado en dirección a la carrera Séptima, una mujer madura muy abrigada ofrece café y agua aromática, la dueña de la cafetería trapea el piso y alista todo para el desayuno de sus primeros clientes.

Caminamos en silencio hacia el parque. Al llegar me inclino con cuidado, sin hacer ningún movimiento brusco y suelto la hebilla de la correa, al sentirse libre Moncho corre con torpeza y espanta a las palomas que picotean entre la hierba. Día a día Moncho intenta cazar una paloma y no lo consigue, está muy lejos de conseguirlo.

Moncho llegó a mi vida hace un mes. Es un criollo de cinco meses, negro con el pecho blanco, patas largas y finas, ojos vivaces y orejas a medio camino entre caídas y levantadas. Es, tal y como yo lo veo, un perro hermoso y elegante.

Los primeros días, como en toda relación de cualquier índole, fueron los de acople. Charcos y otras sorpresas en sitios insospechados, muebles mordisqueados, medias desaparecidas, zapatos que no serán usados otra vez. También lametazos en la cara y en las manos, una cola que se agita a tal velocidad que pareciera capaz de hacer volar a su dueño.

Apenas un mes, muy poco para una vida humana, mucho para un perro y mucho más para un cachorro. Para él ha sido tanto el tiempo que ha sido capaz de enseñarme que la paciencia, la dulzura y el amor son las mejores herramientas de educación, que la alegría del ya, del ahora se compone de cosas sencillas: comida, un techo, una cama, un paseo por el parque, una caricia inesperada, que por lo general viene seguida de un lametazo también inesperado. También me ha enseñado que la felicidad es ver a la gente que uno quiere y demostrárselo.

En solo un mes Moncho ha sido una descarga de energía y felicidad, de algún modo hace que madrugar sea más fácil, no es un deber, es el inicio de otro día feliz, como Moncho que recibe cada día batiendo su cola, no le importa si es lunes o sábado, si llueve o si hace sol, a él le alegra despertar y es inevitable contagiarse de su alegría.

 

Acá estamos Moncho y yo en su primera visita a la veterinaria.Moncho