La pelota que se aburrió de la física

A esa hora de la tarde la luz del sol entra oblicua por la ventana, las sombras empiezan a estirarse y pronto crecerán hasta cubrir todo el cuarto. Bajo la cama hace mucho frío y no hay con quién hablar, junto a la pata de la cabecera el cadáver de una cucaracha descansa boca arriba, unos centímetros a su izquierda una media  suspira por su compañera perdida hace mucho tiempo, el brazo de una muñeca le da palmaditas reconfortantes y con voz ahogada, por sus propias penas, trata de darle ánimo. A unos centímetros del cubrecama, la pelota de caucho observa cómo las sombras le ganan la partida a la luz y reflexiona sobre su vida.

Hace muchos años llegó a su cuarto, era reluciente, lisa y hermosa, la pelota más redonda que había sido fabricada por Rubber Toys Inc en la lejana Louisiana. No recuerda nada del viaje que la llevó hasta ese bello cuarto del barrio La Soledad porque una vez terminada fue inducida a un sueño artificial y sin sueños en una cámara de conservación plástica.

Los primeros días fueron maravillosos. La niña la llevaba a todos lados. Dormían juntas, tomaban el desayuno juntas y hasta a la tina la llevaba, donde estaba una de ellas estaba la otra. Fueron días soleados, como una tarde eterna de verano en la que corría una brisa refrescante. Todavía recuerda los veranos ardientes de Lousiana. Por un momento piensa en su amigo Ignatius, una pelota loca con serios problemas de adaptación, espera que haya tenido una vida mejor que la suya.

Todo empezó a rodar cuesta abajo el día que en medio de una pataleta la niña la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared. A pesar del dolor del golpe no pudo detener su viaje y regresó mansa a las manos de la niña. Durante un tiempo volvieron a ser las mejores amigas, la niña hasta le pidió perdón por sus impulsos, debes entenderme, así soy, le dijo. Pero volvió a pasar, una y otra y otra vez.

La pelota observa su silueta en la luz ya escasa del atardecer. Ya no queda rastro de su redondez perfecta, está llena de marcas de golpes. Cierra los ojos con fuerza, frustrada por volver a las manos de la niña una y otra vez en contra de su voluntad. Ya no quiere seguir con esa vida, merece algo más, un mejor trato, alguien que sí la aprecie. No más, decide. Ese rebote que la llevó bajo la cama fue el último.

Unas manos pequeñas, untadas de arequipe palpan bajo la cama, la pelota rueda a su encuentro, la niña la levanta, da un grito mitad furia histérica, mitad euforia y la lanza con todas sus fuerzas contra la pared. La pelota, concentra toda su voluntad en ese instante definitivo de su vida, lucha contra su naturaleza y en un esfuerzo que casi la consume se endurece y atraviesa la pared. Afuera, vuela sobre el patio, sobre las calles, sobre el parque. Sonríe, es un día de verano en el lejano sur y la brisa la alcanza.

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