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Mi niña no duerme

octubre 23, 2015

-Mi niña no duerme, doctor. Camina desde la puerta hasta el patio, se sienta al lado del perro, lo acaricia y le habla al oído hasta que el pobre animalito se va a un rincón y cae profundo, sube a la terraza y se sienta en el muro, la primera vez que la vimos casi nos un soponcio, dijo que estaba hablando con una estrella, ahora nos toca echarle candado a la puerta, pero no le hace, abre las ventanas y saca medio cuerpo, cuando las noches están nubladas y no puede ver las estrellas se va al jardín a correr con las luciérnagas, también le hablan, doctor, me toca entrarla de un brazo y acostarla en mi cama, en medio del papá y yo, pero es peor el remedio que la enfermedad porque empieza a hablar con nosotros, nos cuenta lo que le dicen las estrellas y las luciérnagas, no nos deja pegar ojo en toda la noche, mi pobre marido está a esto de ser despedido, no rinde en el trabajo, y si al menos durmiera durante el día, pero tampoco, se sienta en el jardín a mirar la forma de las nubes, habla con las flores, lee, dibuja, cuando no sabe qué más hacer, vuelve y me busca y habla y habla y habla, no sé qué hacer, doctor, estoy desesperada, dice que cuando cierra los ojos el mundo desaparece, le he explicado que al abrirlos el mundo estará ahí, tal y como lo dejó la noche anterior, pero no hay caso, dice que no, no duerme y no deja dormir, me voy a enloquecer.

El doctor observa en silencio a la niña que mira por la ventana, sigue su mirada hacia las nubes que se juntan en los cerros, la niña mueve los labios en silencio, se queda callada, inclina la cabeza como si escuchara una respuesta dicha en voz muy baja, asiente y gira la cabeza hacia el doctor que le sonríe y le indica una silla de tamaño adecuado a una niña de su edad. El doctor se dirige a un archivador ubicado al lado de su escritorio, saca de uno de los cajones un ringlete de colores conectado a una batería, lo acomoda sobre una mesita frente a la niña, se sienta y habla con voz calmada y suave, le dice a la niña que se relaje, que mire el ringlete, mira cómo gira, mira sus colores, siente cómo te pesa el cuerpo, cómo te pesan los párpados, tienes sueño, mucho sueño.

La niña lucha contra el sueño, con esfuerzo abre sus ojos mientras niega moviendo la cabeza, se clava las uñas en las palma de las manos, una gota de sangre escurre entre sus pequeños dedos, sus ojos llenos de lágrimas se dirigen a su mamá, lentamente se cierran y deja caer la cabeza contra el pecho.

Una sensación de desvanecimiento atrapa al doctor y a la mamá, pero es más que eso, es como si sus huesos empezaran a asimilarse con la carne que los cubre, como si la carne a su vez se fundiera con la silla, la silla con el piso del consultorio, como si el mundo entero empezara a desvanecer, a fundirse en una sola masa de materia que decrece mientras se funde en sí misma, el doctor comprende que ha cometido un error, con las escasas fuerzas que le quedan a algo que fueron sus dedos apaga el ringlete, una voz que es un graznido grita sin parar ¡despierta, despierta, despierta…!

El último acto

octubre 1, 2015

Baja la ventana con la esperanza de que entre algo de brisa, las calles están cubiertas de polvo, una mínima sombra se forma bajo los árboles, se seca las gotas que se forman sobre el labio superior y retoma su labor.Cuenta en voz baja, apenas mueve los labios, mueve las agujas con lentitud, está aprendiendo. Acaricia su voluminosa barriga e imagina a su bebé con los patines verdes que está tejiendo.

Una familia aparece en la esquina, sube la ventana cubierta de polvo, el aire caliente del carro le corta la respiración. Los observa de reojo, una madre voluminosa que camina bamboleante de la mano de una niña de unos tres años, la niña llora y estira los brazos a su padre que camina dos pasos más atrás y se abanica con un papel doblado. Van hacia el banco. A esa hora nadie va al banco, no deberían ir al banco. La niña grita histérica y la mamá cruza la calle con la majestuosidad de una elefanta que protege a su cría, el papá las mira, duda, consulta su reloj, se encoge de hombros y cruza la calle, entran a una frutería. La mujer del carro suspira y retoma la labor. No vuelve a abrir la ventana.

Cierra los ojos, solo será un momento, siente la cabeza pesada, no debería estar ahí, se dejó convencer de las ventajas que podría sacar de su condición en caso de que algo salga mal. Deja que su imaginación vague, una cuna con tigres sobre plataformas y un domador, papel tapiz de circo, móvil de payasos. Sí, quiere una habitación temática para su bebé, nada de paredes peladas, ni caja de fruta mal pintada. Que valga la pena.

Ruido de cristales rotos, gritos de furia y de miedo mezclados, un payaso corre desde el banco, en medio de la carrera cae su peluca verde y descubre una cabeza casi pelada, el payaso no está en buena forma física y el calor no le ayuda en su carrera. El anciano guardia del banco logra disparar su arma de dotación una vez, dos veces, tres veces. El payaso cojea, le falta poca distancia y mucha sangre. Logra abrir la puerta del carro, lanza un bulto hacia el asiento de atrás, antes de que pueda sentarse la mujer le entierra las agujas de tejer en el ojo izquierdo. No va a complicarse con un moribundo, nadie la vio, el carro es robado, además, las madres solteras abundan.