El último acto

Baja la ventana con la esperanza de que entre algo de brisa, las calles están cubiertas de polvo, una mínima sombra se forma bajo los árboles, se seca las gotas que se forman sobre el labio superior y retoma su labor.Cuenta en voz baja, apenas mueve los labios, mueve las agujas con lentitud, está aprendiendo. Acaricia su voluminosa barriga e imagina a su bebé con los patines verdes que está tejiendo.

Una familia aparece en la esquina, sube la ventana cubierta de polvo, el aire caliente del carro le corta la respiración. Los observa de reojo, una madre voluminosa que camina bamboleante de la mano de una niña de unos tres años, la niña llora y estira los brazos a su padre que camina dos pasos más atrás y se abanica con un papel doblado. Van hacia el banco. A esa hora nadie va al banco, no deberían ir al banco. La niña grita histérica y la mamá cruza la calle con la majestuosidad de una elefanta que protege a su cría, el papá las mira, duda, consulta su reloj, se encoge de hombros y cruza la calle, entran a una frutería. La mujer del carro suspira y retoma la labor. No vuelve a abrir la ventana.

Cierra los ojos, solo será un momento, siente la cabeza pesada, no debería estar ahí, se dejó convencer de las ventajas que podría sacar de su condición en caso de que algo salga mal. Deja que su imaginación vague, una cuna con tigres sobre plataformas y un domador, papel tapiz de circo, móvil de payasos. Sí, quiere una habitación temática para su bebé, nada de paredes peladas, ni caja de fruta mal pintada. Que valga la pena.

Ruido de cristales rotos, gritos de furia y de miedo mezclados, un payaso corre desde el banco, en medio de la carrera cae su peluca verde y descubre una cabeza casi pelada, el payaso no está en buena forma física y el calor no le ayuda en su carrera. El anciano guardia del banco logra disparar su arma de dotación una vez, dos veces, tres veces. El payaso cojea, le falta poca distancia y mucha sangre. Logra abrir la puerta del carro, lanza un bulto hacia el asiento de atrás, antes de que pueda sentarse la mujer le entierra las agujas de tejer en el ojo izquierdo. No va a complicarse con un moribundo, nadie la vio, el carro es robado, además, las madres solteras abundan.

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