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Otra vez he caminado en sueños

noviembre 11, 2015

De nuevo ese trozo de papel arrancado de afán, esa caligrafía ya familiar a fuerza de encontrarla. “Otra vez he caminado en sueños”. El inspector Allende se rascó la cabeza sudorosa, el cuarto cerrado en pleno verano era demasiado para sus cincuenta y tres años y su sobrepeso. Hizo a un lado una pila de crucigramas resueltos casi en su totalidad y se sentó sobre una cama revuelta que indicaba una salida apresurada. De nuevo un papel blanco de esos que se encuentran en cualquier bloc, una pista que no conducía a ninguna parte. La caligrafía elegante, en tinta azul, también común. La letra nunca cambiaba aunque su autor fuera otra persona.

A veces era una mujer joven, ingenua, proveniente del sur, otras veces era una mujer madura, sofisticada y elegante, en otras ocasiones era una estudiante de enfermería, de derecho, publicista, fotógrafa, escritora de crónicas de viajes, profesora de idiomas, paseadora de perros, secretaria ejecutiva…lo único que se mantenía era la denuncia de desaparición puesta por novios abandonados, jefes preocupados, vecinas que se habían vuelto la mejor amiga, dueños de apartamentos a los que le debía varios meses de renta y una nota que decía “otra vez he caminado en sueños”.

Allende sabía que la mujer era todas esas mujeres, así como cada persona es un mar de posibilidades de ser que pocas se desarrollan por completo. Se preguntaba si los sueños en los que la mujer caminaba eran esas vidas disímiles que podían durar semanas, meses, una vez dos años y siete meses, y que un buen día sin previo aviso, “despertaba” y emprendía una nueva vida “real” que al cabo de un tiempo demostraba no ser otra cosa que un sueño. Allende no estaba habituado a ese tipo de reflexiones, para él las cosas eran o no eran, no había más vueltas, enfrentar una posibilidad de vida que se salía de sus esquemas mentales lo llenaba de algo a medio camino entre la furia y el horror.

“La tenemos, Allende”, bramó su superior en el celular. Allende se dejó caer al suelo. No puede ser, no puede ser, no puede ser. ¿Cómo sería? ¿Y su voz? ¿Tendría los ojos fríos que algunas descripciones habían dibujado? ¿O serían cálidos y soñadores, como habían establecido otras? Once años y tres meses de persecución a un fantasma habían terminado. ¿Y ahora? ¿Qué historia se iba a contar en las noches de insomnio? Allende sacudió la cabeza, como si despertara de un sueño pesado de media mañana. Allende lanzó su celular al suelo y lo destrozó de un golpe con el tacón. Tal vez era eso. Estaba soñando. Él no era el inspector Allende, era un tranquilo comerciante de arte menor, sí eso era, tan solo había estado caminando en sueños.

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