El llamado del mar

La visión del vaivén de las olas llega una vez más a su mente. En los últimos días ha sido una imagen recurrente que se presenta con mayor asiduidad, sacude la cabeza para despejarla, cierra los ojos para recordar qué estaba haciendo, a veces se pierde durante varios minutos en la visión. Se levanta del sofá amarillento y raído, al lado del sofá en una mesa de madera burda, hecha por él mismo una mañana de domingo, está la estufa eléctrica de un fogón.  Retira el agua hirviendo de la estufa, la vierte con lentitud en un pocillo desportillado y amarillento, gira y toma una bolsita de té de una caja que reposa sobre la mesa de noche al otro lado del sofá.

Enciende el televisor, una imagen azulada muestra a un político gordo y de bigote arengar en el Congreso. Destapa una lata de maíz tierno y una de salchichas vienesas, come de las latas con un tenedor de plástico, entre mordisco y mordisco pasa sorbitos de té. Afuera se apagan las luces del alumbrado público, la sombra que la luna proyecta sobre las torres de libros de segunda mano simulan un pequeño castillo digno de un rey gnomo.

Vacía los bolsillos sobre el sofá, un billete y tres monedas. Hoy solo vendió un libro, una edición vieja y maltrecha de Mujercitas a una madre joven con una niña pequeña en sus brazos. Tal vez debería buscar a su nieta y regalarle un libro similar pero en mejor estado, tal vez su hija llore al verlo al creerlo muerto después de tantos años, tal vez le cierre la puerta en la cara.

Escucha el sonido del mar junto a su puerta. Cierra los ojos y enciende el radio de pilas para ahuyentar el sonido, no hay playa en la ciudad construida a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. El aire huele a sal, extrañado mira por la única ventana libre de torres de libros, la luna se refleja sobre la superficie de un océano negro y tranquilo. Se asoma y respira el aire cálido de la playa.

Sale a la calle cubierta de arena suave y caliente, se quita las pantuflas y las medias de lana. Sonríe al sentir la arena caliente entre sus dedos, camina por la playa al lado del mar, recuerda cuando su hija, niña por aquel entonces, creía que la Luna la seguía, recuerda esa mañana en la que algo se le quebró por dentro, salió de su apartamento y volvió a saber de sí en ese cuarto minúsculo lleno de libros usados en el que llevaba cincuenta y tres años.

Con esfuerzo y varias paradas sube una pendiente, al final encuentra un risco en el que el viento ruge salvaje, abajo el mar de su niñez lo llama por su nombre , sonríe feliz y tranquilo, por fin ha llegado. Toma impulso y se lanza al negro océano, el olor a sal se hace más fuerte a medida que cae, se prepara para el golpe del agua helada y se estrella de cara en el asfalto de una de las avenidas que llevan al centro de la ciudad.

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