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El apetito

febrero 29, 2016

Las nubes grises tapan el sol , levanta la cabeza al cielo, piensa “si llueve no voy”. Cuenta en silencio hasta trescientos sesenta, se muerde el nudillo del índice derecho, tiene tan arraigado ese tic que la piel ya no crece , es un muñón amoratado e insensible.

Camina hasta la parada de buses, se sube en el primero que pasa sin mirar hacia donde va, lo que importa es moverse, salir de ahí, escapar de los pensamientos, ser más rápido que ellos, que no lo vean, que no lo alcancen, que no lo sientan porque llegan todos en manada, lo rodean y lo consumen.

Abre la ventana y respira el aire lleno de humo que deja el bus en cada aceleración. Se seca el sudor que cae desde el pelo negro descuidado, no ha tenido mucho tiempo en los últimos días, los pensamientos no lo han dejado. Todo iba bien, se levantaba temprano, salía a trabajar y volvía cansado, con ganas de comer y dormir. La rutina hizo su trabajo con paciencia, día a día. Un día no llegó cansado, ni con ganas de comer. Se acostó y miró el techo, sintió como esa parte de su mente despertaba, bostezaba y miraba hacia los lados. Tenía hambre. Se había despertado el apetito.

Durante algunos días corrió en el parque después de llegar del trabajo, el apetito se iba al fondo de su mente y lo dejaba en paz. Por unos días, un día, un rato. Nunca. En este momento es su dueño, no hay pensamiento, idea, sensación que no provenga del apetito. No quiere alimentarlo, no más, nunca más.

El bus gira, las calles son conocidas, hace mucho tiempo no las veía, pero sí, esas son. El cielo sigue gris, casi negro, pero no llueve, el bus lo lleva a donde no debería ir. Ya son dos señales le grita esa parte de su mente que ahora lo controla. Cuenta las cuadras, una, dos…seis, siete, acá es. Se baja, busca la casa, toca la puerta, entra llorando de rabia y felicidad, saca el manojo de billetes arrugados y compra lo que no iba a comprar nunca más, lo que con seguridad está comprando por última vez.

 

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