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La mansión al final del camino

abril 19, 2016

Esta vez pudo acercarse más. Un par de pasos más que la noche anterior, no es mucho, pero sí ayuda a definir un poco más el contorno de su cara y sobre todo la textura de su pelo. Tuvo la sensación de que ella se sintió observada y en cuanto se agitó, el escenario cambió y se la llevó, como si el equilibrio del momento dependiera de la tranquilidad de la mujer.

Ni siquiera desayunó ni se duchó, subió corriendo las escaleras, destapó el cuadro y trabajó hasta que pudo incorporar los detalles que había visto la noche anterior. Se alejó, observó la pintura desde varios ángulos, hizo unos cuantos retoques a los trazos que conformaban la melena crespa cogida en un moño alto, y volvió a cubrirla. No podría agregar nada más durante ese día, tendría que esperar al día siguiente.

Sus días eran largos, como si transcurrieran en una sala de espera víctima de un dolor insoportable, en cierta medida así era, durante el día lo atacaba un dolor indefinido en todo el cuerpo lo bastante suave como para no quejarse y lo bastante fuerte como para impedirle concentrarse en sus quehaceres habituales. El dolor remitía con la llegada de la oscuridad y desaparecía al empezar a soñar.

El sueño siempre era el mismo. Un jardín enorme, de mansión aristocrática, venados bebían de espejos de agua ubicados en distintos puntos del jardín, rosales de flores azules, estatuas de ninfas que huían graciosas de faunos lujuriosos, un camino recubierto de baldosas de mármol y al final del camino la mansión de paredes blancas y amarillas. Ya había recorrido la mansión en sueños anteriores, conocía de memoria los salones decorados con elegancia y sencillez, la biblioteca enorme cuyo final no se veía a simple vista, era necesario recorrerla con atención por su construcción tipo laberinto, los cuartos y estancias en los que cabían varias veces su pequeña casa de dos pisos y altillo, el salón comedor con mesa para cincuenta y dos personas, la sala en la que estaba la chimenea decorada con cuadros de Pan, Afrodita, y Eros.

El cuarto que le interesaba estaba ubicado en la sala este de la mansión, lo descubrió en la segunda semana de sueños, cuando ya empezaba a aburrirse de soñar cada noche lo mismo. Lo atrajo el sonido de una risa, abrió la puerta con la confianza ciega experimentada en los sueños recurrentes y la vio. Su cuello largo y elegante lo dejó paralizado con la mano en el pomo de la puerta sin fuerzas para entrar. Su turbación fue el elemento que cambió la escena y se vio en otro sueño, uno corriente y sin importancia. En cuanto despertó empezó a dar pinceladas, no quería olvidar a la mujer del sueño. Así noche tras noche, durante un año y tres meses, buscó el mismo cuarto, experimentó la misma turbación y con paciencia y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad y autodominio paso a paso empezó a acercarse a la mujer hasta que algo perturbaba la atmósfera tranquila y el sueño se desvanecía en otro cualquiera.

Esa noche durmió a la misma hora acostumbrada, el sueño transcurrió igual que las noches anteriores, salvo que solo pudo llegar al mismo punto de la noche anterior antes de que el sueño se convirtiera en otro. Al despertar corrió al altillo y mejoró un par de detalles que se le habían pasado por alto. La noche siguiente sucedió lo mismo, la siguiente, igual. No podría acercarse más a la mujer a la que visitaba cada noche desde hacía un año y tres meses y de la que solo conocía una risa a través de una puerta, una melena crespa cogida en un moño alto, un cuello largo y elegante, una oreja pequeña, una bella nariz en la que le parecía ver unas cuantas pecas, y unas pestañas oscuras y enormes. Su cuadro nunca estaría completo, suspiró y se sentó en el suelo del cuarto de la mansión dispuesto a permanecer en el sueño y si era posible no despertar nunca.

 

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