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Burbuja

mayo 20, 2016

El sol de las cinco de la tarde entra por las persianas de madera, minúsculas partículas de polvo vuelan a contraluz, un murmullo de voces llena el espacio sobre su cabeza, alrededor no, el silencio lo envuelve en una capa protectora. Una burbuja de silencio lo rodea desde hace tres semanas.

Esa madrugada, tres semanas atrás, se levantó plácido y descansado, una sensación que recordaba de las mañanas de vacaciones de su niñez cuando dormía doce horas seguidas. El reloj de números rojos y brillantes le confirmó que en efecto había descansado durante once horas y cuarenta y tres minutos. Corrió a la ducha, aplastó el pelo marcado por la almohada, se puso una camisa cualquiera-sin corbata, no había tiempo- y el mismo traje del día anterior. No escuchó el saludo del vigilante del edificio, ni la frenada en seco del camión de mudanzas que arrancaba, tampoco escuchó las preguntas de su secretaria preocupada por su tardanza.

Apenas en la tarde notó la burbuja de silencio que lo rodeaba, en principio pensó que se había quedado sordo, se preguntó si era posible perder el oído sin previo aviso, sin síntomas en apenas una noche. Soltó un gemido seguido de un monólogo de groserías, insultos y maldiciones, al universo, al sistema, a sus padres, al tipo que le robó las onces cuando tenía siete años, estaba maldiciendo a su ex esposa cuando se detuvo en seco al notar que se oía perfectamente. Aplaudió, tronó sus dedos, zapateó. Todo lo oía. Todo, menos lo que fuera producido en un radio de cincuenta centímetros alrededor de su cuerpo.

Tres semanas de arduo estudio para aprender a leer los labios le habían demostrado que no era tan fácil como había visto en películas. No tuvo cómo saber que sus compañeros de trabajo y sus superiores preocupados por su salud mental preparaban su ingreso a una institución en la que se recuperaría del estrés y cansancio que lo aquejaba, sin duda era esa la causa de que llevara tres semanas ignorándolos, respondiendo cosas que no habían preguntado, riendo cuando no era, y diciendo sí cuando debía decir no.

Una corriente de aire lo saca de sus recuerdos, dos hombres vestidos de blanco lo toman de los brazos, a uno le da un cabezazo, a otro una patada en la espinilla, corre sin saber si lo persiguen, si lo llaman, solo escucha su respiración agitada y el sonido de sus pasos contra el piso de madera, sale a la calle, cruza la avenida,  serpentea por las calles, llega a un parque. Agitado se sienta en una banca, pone la cabeza entre las rodillas hasta que recupera el ritmo normal de la respiración. Levanta la cabeza, el sol se oculta detrás de los cerros, nota que es el primer atardecer que ve desde que empezó a trabajar a los veinticuatro años, hace veintiséis años. Un perro lo observa y ladra. Escucha el ladrido como si estuviera a kilómetros, es el primer sonido externo que penetra la burbuja en tres semanas. Acaricia al perro y le susurra las gracias con cariño, mira hacia el edificio donde pasó encerrado los últimos veintiséis años de su vida, se aleja de la mole que lo mira con sus ventanas que son ojos vacíos, se aleja paso a paso mientras nota que la burbuja se disipa con lentitud, se dirige hacia el norte, hacia las playas, le tomará varios días, cuando llegue la burbuja habrá desparecido.