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En una isla muy al norte

octubre 11, 2016

Rodea la casa, espera a que el sol salga desde el otro lado del mar, lo saluda con un silbido y charlan un momento mientras termina de salir. Domina su fortaleza y con delicadeza entra por debajo de la puerta. Recorre la sala, la cocina, sube por la escalera, pasa con lentitud por el estudio y observa el trabajo de la noche anterior. Cada día mejor, piensa y sigue hacia el cuarto.

Entra al cuarto, la luz del sol entra libre por la ventana que da hacia la playa, pasa por debajo de la cama y sube por la cabecera, acaricia su pelo negro revuelto sobre la almohada, la frente tibia y la boca entreabierta, el cuello largo, pasa por encima de la colcha y se enreda entre sus dedos. Sube por la pared, se queda un momento en el techo, ya no puede esperar más, debe salir, la va a esperar en la playa.

Sale por la puerta de la cocina, recorre la playa de sur a norte, se eleva hacia las nubes. Hace mucho no se interesaba por una humana. Recuerda a la bella princesa que raptó cuando era conocido como Bóreas. Ese nombre, y todos los demás, han sido olvidados. Los humanos lo han olvidado y él altivo decidió ignorarlos. Hasta esa mañana en la que la vio caminar por la playa. No se protegía de él, como los demás habitantes de la isla, y eso fue lo que lo atrajo. La sintió caminar por medio de sí con los brazos estirados, el pelo suelto y la cara vuelta hacia el cielo, tocó su boca, y ella no la escondió, por el contrario sonrió y elevó más la cara.

Desde esa mañana la acompaña desde que despierta hasta que agotada se va a dormir. La acompaña en su caminata diaria por la playa, va a su alrededor cuando se sube a la bicicleta y visita el pueblo. En la tarde entra por la ventana del estudio y la mira dibujar. Es ilustradora de libros infantiles, a veces, juguetón, revuelca sus papeles, eleva su libreta de bosquejos y vuelve a poner todo en su sitio. Menos esa vez que la vio dibujarlo como un anciano cascarrabias, una y otra vez tomó el papel y lo llevó hasta el mar hasta que ella entendió y lo dibujó como era debido.

Los pescadores de las islas vecinas se preguntan dónde ha ido, lo extrañan y lo necesitan pero han olvidado cómo hablarle. Los pájaros esperan en tierra a que él los recuerde y los ayude a llegar al sur, los niños hablan con sus cometas y tratan de convencerlas de volar, no saben que ellas también lo esperan aburridas de no pasear entre las nubes. Él, ajeno a todo, menos a su puerta, espera en las alturas a que se abra y salga la dueña de esa cabellera salvaje que cada mañana lo espera gozosa en la expectativa del encuentro.

 

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