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El cric crac de los pasos

noviembre 15, 2016

Papá me despertó hablándome muy suave al oído como si fuera parte de un sueño. Dijo que en la nueva casa tendría mi propio cuarto. Esa mañana nos levantamos todos muy temprano. Mis hermanos estaban muy emocionados porque íbamos a conocer la casa, decían que si era tan grande como parecía por fin podríamos tener perro. Papá y mamá no decían nada, solo reían y no respondían las preguntas que hacíamos, trataban de distraernos al decir los nombres de las calles por las que pasábamos mientras el bus subía y bajaba lomas.

Mis hermanos entraron en una carrera hasta el patio, dieron la vuelta por la casa y subieron hacia el segundo piso. Desde el jardín, de prado sin recortar y lleno de libélulas, escuché cómo se apropiaban de un cuarto y dejaban para mí el más pequeño. Ojalá papá me dejara dormir en el jardín, era tan bonito, el prado era suave y muy verde. Tardé mucho rato en entrar a la casa, no quería hacerlo. Tuve la rara sensación de que las ventanas del segundo piso eran ojos que me miraban. Papá dice que desde que me descubrió hablando con la luna supo que tengo mucha imaginación.

Al principio, mientras arreglaban el segundo piso, tuvimos que dormir en la sala. Pusimos los colchones en el piso unos junto a otros, mis hermanos pasaban saltando de colchón a colchón mientras yo escuchaba las historias que papá contaba sobre los vecinos con los que se cruzaba por las mañanas cuando salía a trabajar.

Esos días fueron mis favoritos, estábamos juntos todo el tiempo y las risas y gritos de mis hermanos no permitían descubrir los ruidos que la casa guardaba. Ahora, en mi cuarto siempre silencioso, los cric cracs del piso de madera suenan como pasos cortos que se acercan a mi puerta. Mis hermanos también los han escuchado pero se burlan de mí, y eso que no les he contado que duermo con la cabeza tapada para no ver a la niña que cada noche llega a la puerta de mi cuarto y me invita a jugar.

Hoy cometí un error. Salí a tomar agua, cuando regresé no cerré la puerta de mi cuarto. Cuando quise salir de la seguridad de mi cama y cerrar ya era muy tarde. Escuché el sonido de los pasos cortos de la niña ya junto a mi cama. Levanté el cobertor lo suficiente para mirar con un ojo. Unos pies pequeños y blancos, un vestido a los tobillos y una bolsa llena de canicas fue todo lo que alcancé a ver. Cerré los ojos y me apreté contra la almohada cuando sentí cómo la niña se subía a mi cama y se acercaba gateando a la cabecera. Quiero gritar pero la voz me ha abandonado, solo puedo pensar en las manos blancas y delgadas que tratan de quitarme el cobertor.