La pregunta

Ni siquiera en la noche se retira los protectores oculares, si lo hace el polvo que el viento arrastra secaría sus ojos y pasaría a engrosar las filas de aquellos que no pueden defenderse y por lo tanto se convierten en alimento de los otros.

La nube de polvo no se ha asentado, uno de los oráculos que aún sobreviven dijo que tardaría doscientos veinte años en hacerlo. Hace cuatro años lo dijo, así que nunca más verá la Luna con el ojo desnudo. Ojalá el oráculo siga vivo, de lo contrario el viaje habrá sido en vano.

Todo empezó en el tercer año del reinado de D. Wig I. Los primeros en desaparecer fueron quienes lo subieron al trono. Murieron de hambre. Los siguientes fueron quienes se atrevieron a denunciar las muertes por hambre. En el tercer año presionó, dicen que por accidente, el botón rojo y a partir de ese momento fue imposible llevar un registro de los muertos. Algunos, impulsados por el hambre que los carcomía se abalanzaron sobre los muertos. Murieron con las entrañas licuadas por la carne envenenada. Ahora el polvo rodea al planeta, los otros merodean durante el día y él viaja en la noche, debe ver al oráculo, solo tiene una pregunta.

El polvo empieza a tomar una coloración violeta, va a amanecer, debe buscar refugio. Aun cuando hace tres semanas no se cruza con ninguno de los otros, su cuerpo, humano todavía, no está adaptado para soportar la radiación del nuevo sol. Mira por última vez el disco redondo color crema del cielo y se interna en un bosque de árboles secos. Una camioneta con dos esqueletos en su interior se convierte en su refugio por ese día. En una mano empuña el revólver, en la otra el hacha y duerme veinte minutos por hora hasta que oscurece.

La Luna llena ilumina el pozo y a la figura que está sentada en su borde. Todavía vive. Observa al oráculo durante un rato. No se acerca, desde esa distancia sus ojos podrían engañarlo. No importa, pronto va a amanecer y debe hacerle la pregunta. El felino de seis patas que acompaña al oráculo salta de entre las sombras y lo atrapa contra el piso. Alista la zarpa y lo huele. Lo reconoce, da un bufido de advertencia y vuelve a las sombras.

El oráculo lo invita a sentarse a su lado en el pozo. Su pelo antes rubio ya es cenizo y le llega a la cintura atado en una trenza. Su boca rodeada de arrugas tiene la misma forma que él recordaba. La mira hacia donde deben estar sus ojos cubiertos por los protectores. Abre la boca para empezar y antes de poder decir algo, ella, el oráculo asiente.

El polvo toma el color violeta que anuncia el amanecer. La Luna brilla y se prepara para cederle su lugar al nuevo sol. Se retiran los protectores y miran la Luna hasta que sus ojos se secan y el mundo se vuelve un borrón gris. Ella, el oráculo, se recuesta en su hombro y se sientan a esperar que el nuevo sol los seque del todo.

 

 

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