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El león en el desierto

febrero 22, 2017

El león bosteza, se estira, un suave crujido en la zona lumbar le recuerda los veranos que ha visto pasar. Olisquea el viento, huele a lluvia del norte. Hace tanto que no se aventura por la frontera norte, la última vez que lo hizo el desierto empezaba a adentrarse en sus dominios.

Avanza al trote, hace tiempo dejó de correr a todo lo que dan sus músculos. Es un paso cómodo que le permite cubrir varios kilómetros sin notarlos siquiera. Sigue en forma a pesar de los kilos de carne que ha consumido y los muchos hijos que ha concebido. Se detiene detrás de un arbusto. Además del olor de la lluvia del norte hay otro aroma.

Avanza con precaución. Se acuesta a la sombra de un árbol que resiste los avances del desierto. Justo después de la frontera, donde la arena amarilla es dueña y señora dos figuras caminan una al lado de la otra. Está acostumbrado a acechar, así que se acomoda y deja que el viento traiga sus palabras.

El hombre delgado y de barba gesticula con elocuencia y seguridad, el otro, cuyo aroma no logra identificar y por lo tanto lo descarta como presa, escucha y asiente. La brisa, como empujada por una mano certera, lleva sus palabras nítidas. El hombre delgado hace un recuento alucinado de cuarenta días en el desierto, habla de agua, vino, pan, peces. Sin duda desvaría por el sol. La otra figura lo abraza y desaparece en el aire. Un hombre solo es más fácil de matar. Tensa los músculos, se prepara para el ataque, el hombre delgado trastabilla con sus propios pies débiles y cae, se levanta con dificultad y sigue su camino. Una ráfaga de viento trae de nuevo su aroma, huele a muerte. El león da media vuelta y regresa, se siente bien saber que lo esperan; al hombre delgado, barbado y alucinante parece que nadie lo extraña.

 

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